50 sombras de Grey: Sombra aquí y sombra allá

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El Superman que dirigió Richard Donner en 1978 sigue siendo, en líneas generales, la versión más satisfactoria del superhéroe estrella de DC Comics que jamás se haya visto en la gran pantalla. El motivo principal (aparte de la imagen icónica de Christopher Reeve, que pesa como una losa sobre cualquier actor posterior que intenta hacerse con dicho papel), es que esa película es la única que abraza sin complejos ni vergüenza la naturaleza del personaje: un supertipo volador que lleva una capa, un esquijama azul y unos calzoncillos rojos por fuera. Tanto en Superman Returns como en El hombre de acero, los guionistas decidieron oscurecer su personalidad y los colores de su uniforme, dándole un nivel adicional de “gravitas” dramática porque creían que, de lo contrario, el gran público lo encontraría desfasado y ridículo. O sea, en realidad eran ELLOS quienes encontraban desfasado y ridículo a Superman; y claro, si no crees en lo que estás haciendo, es difícil hacerlo bien.

¿A qué viene empezar una reseña de 50 sombras de Grey hablando sobre Superman? Pues a que Hollywood, salvo excepciones, parece tener la misma actitud hacia el hijo de Krypton que hacia cualquier forma de sexualidad alternativa. En una inmensa mayoría de títulos, todo personaje que “folle raro” necesita ser justificado mediante una personalidad peculiar, cuando no directamente mediante un cuadro de desorden mental. Incluso en títulos que reflejan con cierto rigor o conocimiento de causa el universo del BDSM (siglas de Bondage, Dominación, Sadismo y Masoquismo), como Portero de Noche o Secretary, los protagonistas siempre han sufrido algún tipo de abusos o maltratos psicológicos que los han convertido en poco menos que psicópatas o inadaptados sociales. 50 sombras de Grey no solo no elude dicho tópico sino que lo convierte en el motor principal de su trama. No habría ningún problema si ello diera lugar a una historia interesante, rica a nivel emocional o simplemente estimulante en el plano erótico (mira tú si tenía bajo mi nivel de exigencia), pero no estamos de suerte: 50 sombras de Grey mezcla un guión pobrísimo, una factura visual rutinaria, unas interpretaciones de culebrón y una visión del sexo de lo más ridícula. O sea, un gatillazo en toda regla.

Anastasia Steele (interpretada por una Dakota Johnson convincente, aún abusando de los tics y las mordeduras de labio) es una estudiante universitaria y dependienta a media jornada en una ferretería, que se ve metida en el brete de tener que entrevistar para el periódico universitario a Christian Grey (Jamie Dorman, justito tanto en carisma como en dotes interpretativas), un joven, apuesto, soltero y enigmático multimillonario que es el epítome del “hombre creado a sí mismo”. La muchacha, una auténtica pánfila en el sentido más amplio del término (incluyendo el típico “look patito feo”: sabemos que está buenorra aunque se vista como una nerd), se meará literalmente en las bragas ante el magnetismo cuasi animal del fulano (o eso le parece a ella, porque la imagen que transmite es la de un chulopiscinas con traje caro). A su vez, Christian se enchotará cosa mala con Anastasia y empezará a tirarle la caña. Con esa ecuación en marcha, está claro que ambos deberían ir de cabeza al catre más pronto que tarde, ¿no? Pues va a ser que agua, ya que Mr. Grey tiene unos gustos fuera de lo corriente a la hora de la coyunda: látigos, fustas, cuerdas, plugs anales y otros cachivaches no menos divertidos. Por lo tanto, ambos inician una relación que básicamente consiste en que Christian persigue a Anastasia para que le deje darle candela, y ella se arruga y sale corriendo, pero entonces él hace un truco de nuevo rico (le compra un coche o un ordenador, la pasea en helicóptero o en planeador…) y la vuelve a atraer hacia sí. Por el camino, de vez en cuando van follando (pero “follan atrevido”, ojo, que a veces él se arrebata y le ata las manos con una corbata o le da un cachetito en el pandero; una locura, vamos). En cierto modo el asunto es como Pretty Woman pero al revés: aquí el multimillonario no quiere retirar a la puta y convertirla en una mujer “decente”, sino que quiere ligarse a una mojigata virgen y hacer de ella un auténtico putón verbenero.

Y hay que decir que la historia que se nos narra, con todo lo vacía, postiza y tópica que es (un cuento de hadas picantón, y poco más), esconde cierta inteligencia como producto comercial, como largometraje BDSM dirigido al público “vainilla” (o sea, el que no folla raro). El uso de modelos y situaciones arquetípicas facilita que un amplio espectro de la audiencia femenina pueda identificarse con la protagonista y se pregunte qué haría en su situación. O sea, que es sencillo de entender el exitazo que han tenido los libros originales de E. L. James. Lo que ya resulta más incomprensible es que a todo eso no se le saque mayor partido en pantalla, que quede reducido a dos horas de sopor sin apenas chispa. Sorprende bastante que lo más criticable de 50 sombras de Grey no sean sus hipérboles dramáticas, sus personajes de una pieza ni sus clichés de novela rosa, sino el papanatismo del que hace gala a la hora de tratar sus temas troncales. Es una película de azotes en la que no asoma ni un culo rojo: tras una risible mini-sesión de spanking, la cámara se toma verdaderas molestias para que no veamos el trasero de Anastasia en ningún plano, un esfuerzo que recuerda a aquel gag de Austin Powers en el que se usaban todo tipo de implementos (un par de melones, unas jarritas de leche…) para impedir que las tetas de Liz Hurley salieran en pantalla. Se nos intenta calentar la bragueta con frases como “yo no hago el amor… yo follo duro” pero a la hora de la verdad la película carece de una sola imagen que pueda competir en torridez con, por ejemplo, Nueve semanas y media (por citar el icono más evidente del erotismo cinematográfico mainstream). La directora Sam Taylor-Johnson filma los polvos de manera aburrida y tópica (la pareja dándole al mete-saca reflejada en un espejo) y ni siquiera deja ver un solo orgasmo en pantalla. Es como si en Salvar al soldado Ryan todos los nazis muriesen fuera de cámara…

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50 sombras de Grey ni siquiera funciona como melodrama al uso, pues en realidad no muestra una historia romántica. Ni tan solo se interesa en reflexionar sobre los mecanismos de una relación malsana a nivel emocional y/o sexual, en el sentido en que lo hacen películas como Antichrist o La pianista. Esto tiene la profundidad de lo que es, un simple folletín, y su mensaje es el que es, una colección de lugares comunes retrógrados y miopes a cargo de una autora despistada, que parece haber aprendido lo que sabe de BDSM leyendo la revista Cosmopolitan (en teoría está todo: las dinámicas de poder de la relación, el concepto de entrega y de límites pactados, la ritualización del sexo visto como un juego de roles, etc; pero está todo malinterpretado o puesto fuera de sitio). Christian Grey es un prototipo de maltratador, en efecto, pero no porque le vayan los látigos y las cuerdas de cáñamo en el dormitorio (que ya ves tú qué cosa…), sino por cómo trata a Anastasia fuera de él. Sí, el sexo es consensuado, pero el resto de la relación no lo es: Mr. Grey pretende controlar con quién se relaciona Anastasia, cómo viste, qué come, qué coche conduce (le regala un deportivo de la hostia, no sin antes deshacerse sin su permiso del coche que ella ya tenía), e incluso llega al extremo de colarse en su casa cuando la chica decide tomarse un respiro en la relación. No voy a hacer “spoilers”, pero baste decir que en las dos entregas que aún faltan para completar esta trilogía, la cosa va a peor.

Christian Grey podría usarse sin problemas como ejemplo para una de esas campañas publicitarias que denuncian la violencia de género, si no fuera por el hecho de que Anastasia no es mucho mejor que él. Aparte de su comportamiento pasivo-agresivo y de que su única aspiración vital parezca ser encontrar a un chorbo que la cuide y la mantenga, siempre responde con los inputs emocionales equivocados: las ataduras y los fustazos le parecen una aberración (pese a ser de lo más inocentes; he visto mayor nivel de puteo físico en algunos concursos televisivos presentados por Ramón García), pero en cambio el hecho de ser acosada, espiada, manipulada y ninguneada la preocupa bastante menos. Grey es un troglodita que no da más de sí y confunde el BDSM con el maltrato psicológico y el abuso doméstico, pero en cierto modo es más honesto que ella: desde el primer momento le deja bien claras sus intenciones, incluyendo explicaciones detalladas, palabras de seguridad para cortar cualquier práctica que no le guste, e incluso un exhaustivo contrato de límites sexuales (cuya discusión cláusula por cláusula da lugar a la única escena de cierto voltaje y carisma del filme). Es comprensible que a ella no le vaya el mismo nivel de mambo que a él, pero los pollos y los arrebatos de llanto que le monta al respecto no proceden. ¿No te gusta? Pues puerta y que pase la siguiente (ya sé lo que me van a decir los fans: “es que ella está enamorada” y tal; mira, no me vengáis con rollos, si quiere que la traten como a una adulta, que madure un poco).

¿Es 50 sombras de Grey una película de influencia positiva o nociva? Ni una cosa ni otra. Por un lado, en una sociedad cateta que sigue considerando el sexo como algo vergonzante, tabú y banal, algo que es preferible mantener escondido en vez de celebrarlo, está bien que se reivindique un género de capa caída como la novela erótica. A mí al menos me hace gracia ver que las estanterías preferentes de las grandes superficies se llenan con trilogías sobre gente que se pasa el día de fornicio. El problema es que, como de costumbre con estas modas, la novela erótica que se está reivindicando no es Historia de O, La Venus de las pieles ni El amante de Lady Chatterley, sino subproductos de un valor literario dudoso y una vida editorial de lo más efímera (o sea, lo mismo que con la reciente fiebre por las novelas de zombis). También puede argumentarse que 50 sombras de Grey ha abonado algo de terreno a las causas feministas, aunque sólo sea por propiciar que muchas mujeres se hagan conscientes de su lado sexual, lo exploren y hablen de ello abiertamente con otras mujeres. Quizás sí, pero sería de agradecer que todo esto ocurriese a partir de planteamientos menos apolillados.

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Asimismo, es cierto que tanto los libros como la versión cinematográfica de esta historia están logrando convertir el BDSM (o más bien, su visión deformada, tontaina y un tanto folclórica del mismo) en trending topic, pero no estoy seguro de que al BDSM le haga falta tal cosa; siempre ha sido un estilo de vida privado y minoritario, practicado por quienes se lo creen de verdad. Es posible que necesite ser mejor explicado para normalizarse, pero desde luego lo que no necesita es exponerse a la luz ni convertirse en un nuevo sabor de helado. Por suerte, la fiebre pasará y todos volveremos a nuestras costumbres. El grueso de la población no se va a poner de pronto a practicar sadomaso light por las calles, del mismo modo que no se lanzó en tropel a visitar museos de arte tras leer El Código Da Vinci. Los policías de la moral y lo estándar pueden dormir tranquilos.

Por todo lo anterior, tomarse 50 sombras de Grey como una obra reivindicativa o metafórica, como una guía de iniciación carnal, un libelo o cualquier otra cosa que no sea una simple novela de ficción (no hay que olvidar que esta movida empezó como fan fiction de Crepúsculo), es perder el tiempo y la perspectiva. De hecho, lo único que cabría exigirle es que fuese un buen drama erótico; y ahí sí, no queda otra que reconocer que fracasa con estrépito. Decía Woody Allen que el sexo sólo es sucio cuando se hace bien. En 50 sombras de Grey todo está demasiado limpio, pulido y desinfectado.

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