Hazañas bélicas

Apocalypse Now17
– “¡Artie! Ven y aguanta esto un momento mientras yo sierro. ¿Por qué lloras, Artie? Sujeta mejor la madera.”
 “Me he caído y mis amigos se han ido patinando sin mí.”
Dejó de serrar.

 “¿Amigos? ¿Tus amigos? Enciérralos juntos en una habitación sin comida durante una semana… ¡y entonces entenderás qué son los amigos!”
del cómic Maus, de Art Spiegelman

 “Yo ordené un ataque, y sus tropas se negaron a atacar.”
 “Mis tropas atacaron señor, pero no pudieron avanzar.”

 “Porque no lo intentaron, yo mismo pude verlo. La mitad de los hombres no salieron de las trincheras.”
 “Una tercera parte quedaron inmovilizados por el fuego enemigo.”

 “Olvídese de las fracciones, coronel; el hecho es que una buena parte de sus hombres se quedaron en las trincheras. Coronel Dax, tengo intención de hacer procesar a diez hombres de cada compañía de su regimiento bajo pena de muerte por cobardía.”
(…)

 “¿Pero no ve señor que no son unos cobardes? Si algunos de ellos no salieron de las trincheras sin duda fue porque era imposible.”

 “Tenían la orden de atacar. Su obligación era obedecer la orden. Si era imposible, la única prueba válida serían sus cadáveres en el fondo de las trincheras. Son escoria.”
de la película Senderos de gloria, de Stanley Kubrick

Puedo resumir todo lo que he aprendido sobre los conflictos en unas pocas palabras; y pienso hacerlo: la civilización supone una enorme mejora sobre la carencia de ella (…). Todos los anarquistas de salón de las residencias universitarias deberían pasar una hora en Beirut (…). Somos unos estúpidos cuando renunciamos a defender la civilización. Es como si los romanos de la Antigüedad hubiesen dicho: “Bueno, la verdad es que las tribus germánicas tienen aspiraciones nacionalistas y culturales perfectamente válidas. Vamos a retirar las legiones del Rhin, discutiremos nuestras diferencias en una conferencia de paz multilateral presidida por el Imperio de los Patanes e instituiremos un programa de Estudios Vándalos en la Academia de Atenas”.
del libro Vacaciones en la guerra, de P. J. O’Rourke

 “¡Señor, la mayor parte de la compañía está desplegada! ¡El primer pelotón intenta rodear por el flanco pero está bloqueado bajo el fuego de un francotirador! ¡Está en el edificio del tejado hundido!”
 “¡Lancen granadas de mortero sobre esa casa hasta destruirla! ¡Después, que el primer pelotón entre por delante sin dar rodeos! ¡Los demás que me sigan!”
de la serie de TV Hermanos de sangre

Ahora pienso que estar aquí es lo correcto
Pero he de reconocer que esta noche estoy asustado
Agachado en este agujero con la boca llena de arena
Qué fue primero, el país o el hombre
Mira a esos ojos rasgados que vienen colina arriba, tomándonos por sorpresa
Llegó la hora de matar o morir
(…)
Nunca volví a casa, mi pelotón nunca fue rescatado
Aquel pequeño agujero se convirtió en mi tumba
de la canción Everywhere, de Billy Bragg

 “¿Como se llamaba aquel chico de Anzio? El que siempre iba a gatas y cantaba la canción del trapecio.”

 “Vecchio.”

(Risas)
 “Si, Vecchio. Era un alelao.”
 “Meaba en forma de “V” en las chaquetas de todos. Por Vecchio. Y por Victoria.”

(Risas)
 “Era muy bajito ¿No?”

 “Era un poco enano.”

 “Me pregunto como entraría en los Rangers.”

 “Le dispararon en un pie; por eso iba a gatas.”

 “A gatas iba más deprisa. Hasta corría más deprisa.”
(Risas)
 “Vecchio… Caparzo… Verá… cuando acabas matando a uno de tus hombres, te dices que ocurrió para salvar la vida de otros dos o tres, o de diez, o incluso de cien. ¿Sabe cuantos hombres han muerto bajo mi mando?”
 “¿Cuantos?”

 “94… Eso significa que he salvado la vida a diez veces más ¿No? Quizá a veinte. A veinte veces más. Y así de fácil, así es como racionalizas tener que elegir entre la misión y los hombres.”

 “Solo que esta vez la misión es un hombre.”

 “Ojalá ese tal Ryan lo merezca. Más vale que cure alguna enfermedad o invente una bombilla de larga duración… porque lo cierto es que no cambiaría a diez Ryans por un Vecchio o un Caparzo.”
de la película Salvar al soldado Ryan, de Steven Spielberg

Mis queridos niños, no olvidéis jamás esto: los lobos que llevaron a cabo estas atrocidades eran lobos normales, quiero decir lobos como los demás. No se dejaron llevar por la excitación de la batalla ni por el olor de la pólvora. No se vieron arrastrados por el hambre. No estaban allí para defenderse, ni para vengar a uno de los suyos. Simplemente, habían recibido la orden de matar. No creáis a aquellos que os cuenten que eran lobos de alguna secta especial. ¡Es falso! Creedme, mis niños, volveré a repetíroslo: no hay lobos malos y lobos buenos; sólo está la Barbarie, que es un todo, y que consta de una única raza de monstruos, de verdugos, de sádicos, de asesinos. Hay animales que nacen sin patas, o sin orejas, y nos parecen anormales. Pues bien, esta raza había nacido sin corazón. El más dulce y amable entre ellos hubiera sido capaz de abriros el vientre en canal con una sonrisa en los labios.
del cómic La Bete Est Morte!, de Calvo

Para el cabo Fife, de pie ahora en medio del silencioso grupo de mando de la compañía, la ausencia de gritos sólo servía para aumentar su impresión previa de que todo era como una empresa comercial. Como una aventura comercial normal, en vez de una guerra (…). Era como si una ecuación matemática se hubiera expresado como un riesgo calculado: había dos barcos grandes y caros y unos veinticinco aviones enviados a destruirlos. Estos habían sido protegidos, durante todo el tiempo posible, por aviones más pequeños, que eran menos caros que ellos, y luego habían seguido solos basándose en la teoría de que todos los aviones grandes, o parte de ellos, bien valían todo o parte de los dos grandes barcos. Los cazas defensores, que obedecían a los mismos principios, intentaban mantener el precio lo más alto posible, consistiendo su mayor esperanza en cazar a los veinticinco aviones grandes sin pagar todo o nada de ninguno de los dos barcos. Y el que hubiera hombres dentro de aquellas máquinas caras que contendían entre si no era importante, excepto en el sentido de que eran necesarios para manipular las máquinas. La idea en sí misma, y lo que implicaba, era como una hoja fría de terror clavada en las entrañas indefensas de Fife (…). No le importaba morir en la guerra, en una guerra de verdad -o, por lo menos, creía que no le importaba-, pero no quería morir en una aventura comercial.
de la novela La delgada línea roja, de James Jones

Luché en una guerra,
y dejé a mis amigos tras de mí,
para ir en busca del enemigo.
Y no pasó mucho tiempo,
antes de que me encontrase frente a frente con otro chico,
y con un cadáver que cayó justo sobre mi,
con las balas volando alrededor
.
Y recordé las cosas que me decías cuando salíamos
.
Y apuesto a que estás en casa,
haciendo un collar de conchas
,
para que otro chico honrado y trabajador lo lleve alrededor de su cuello.
Bueno, no me hará daño pensar sobre tí como si estuvieras esperando a que te llegara
[esta carta
.
Porque voy a estar aquí bastante tiempo.
de la canción I Fought In a War, de Belle and Sebastian

 “Hoy, es navidad. Habrá una sesión de magia a la 09:30. El capellán Charlie os va a decir como el mundo libre vencerá al comunismo, con la ayuda de Dios, y unos pocos marines. A Dios, se le pone dura con los marines, porque matamos a todo bicho viviente. El juega a lo suyo, nosotros a lo nuestro. Y para mostrarle nuestra gratitud por su inmenso poder ¡le llenamos el cielo de almas hasta los topes!. Dios ya existía antes que el cuerpo de marines, así que el corazón se lo podéis dar a Cristo, pero el culo pertenece al cuerpo. ¿Habéis entendido, nenas?”
 “¡Señor, si señor!”

 “¡No lo he oído!”

 “¡¡Señor, si señor!!”

de la película La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick

De pronto un rayo láser pasó por entre los taurinos, errado el blanco. Se oyó un grito espantoso que me hizo volver la cabeza. Alguien (creo que era Perry) se retorcía en el suelo con la mano derecha sobre el muñón marchito del brazo izquierdo, cercenado justo bajo el codo. La sangre manaba por entre sus dedos mientras el traje, confundidos los circuitos de camuflaje, pasaba del negro al blanco, al jungla, al desierto, al verde y al gris.
(…)
Aquello fue una carnicería, aunque el enemigo superaba en número a nuestro flanco por cinco a uno. Seguían avanzando sin vacilar, aunque debían pasar por encima de los cadáveres y miembros cercenados, en línea paralela a la nuestra. El suelo intermedio estaba rojo y viscoso por la sangre de los taurinos (todas las criaturas de Dios tienen hemoglobina); al igual que con los ositos de felpa, a mis ojos sin experiencia sus entrañas se parecían mucho a las de cualquier humano. Mi casco retumbaba con una risa histérica mientras los reducíamos a trozos ensangrentados.
de la novela La guerra interminable, de Joe Haldeman

 “¡Bien! ¡Las guapas poneros a la derecha, las feas a la izquierda! ¡Hey tu! ¿Que haces en la derecha? ¿Has tomado al Reich por idiota?”
 “Eur… sabe usted, soy muy bonita por dentro.
”
 “Bueno… la llevo a la enfermería para que la abran y asegurarme.
”
del cómic Hitler=SS, de Vuillemin y Gourio

 “Aristócratas prusianos ¡Valiente montón de mierda! (…) ¿Se marcha sin su cruz de hierro capitán? Es sólo cuestión de tiempo.”
 “¿Y el resto de su pelotón?… ¡He dicho “y el resto de su pelotón”, sargento Steiner!”
 “Usted, capitán Stransky, usted es el resto de mi pelotón.”
(Steiner le pasa a Stransky una metralleta)
 “¿Sabe manejarla?”
 “Naturalmente.”
 “Muy bien, acepto. Le enseñaré como lucha un oficial prusiano.”
 “Y yo le enseñaré donde crecen las cruces de hierro.”
de la película La Cruz de Hierro, de Sam Peckimpah

Y entonces hay como un trueno largo y sordo que retumba en el flanco derecho, y los doce escuadrones de caballería se extienden por la llanura mientras ganan velocidad, y los artilleros rusos que empiezan a espabilarse, Popof, mira lo que viene por ahí, esa sí que no me la esperaba, tovarich, la virgen santa, nunca imaginé que tantos caballos y jinetes y sables pudieran moverse juntos al mismo tiempo (…).
Total. Que los artilleros rusos cambian de objetivo y empiezan a arrimarle candela a Murat y sus muchachos, y el primer cañonazo va y arranca de su caballo al general Fuckermann y lo proyecta en cachitos rojos sobre sus húsares que van detrás, ahí nos las den todas, pero hay muchas más, raaas-zaca, raaas-zaca, y ya corren caballos sin jinete adelantándose a las filas cerradas de los escuadrones, bota con bota y el sable extendido al frente mientras suena el tararí tararí, y los húsares sujetan las riendas con los dientes y empuñan en la mano izquierda la pistola, y los coraceros con destellos metálicos en el pecho y la cabeza, con boquetes redondos que se abren de pronto en mitad de la coraza y todo se vuelve de repente kilos de chatarra que rueda por el suelo, tiznándose de hollín y barro mientras sigue el tararí tararí y Murat, ciego como un toro, sigue al frente del asunto y está casi a la altura del 326, húsares por la derecha, coraceros por la izquierda y allá en su frente Estambul, o sea, Moscú, o sea, Sbodonovo, o sea los cañones rusos que escupen metralla como por un grifo.
de la novela corta La sombra del Águila, de Arturo Perez-Reverte

 “Quiero que recordéis, que ningún bastardo ganó jamás una guerra muriendo por su patria. La ganó, haciendo que otros pobres estúpidos bastardos murieran por ella. Muchachos, todas esas historias de que América no quiere luchar, que pretende estar al margen de la guerra, son un montón de estiércol (…). Los americanos aman al ganador, no pueden soportar al que pierde. Todo americano juega siempre para ganar. Yo no apostaría el pellejo por un hombre que, estando perdiendo, se riera. Por eso los americanos nunca hemos perdido, ni perderemos, una guerra. Porque la sola idea de perder nos resulta odiosa (…). Todos sabéis, y es la verdad, que compadezco a esos pobres contra los que vamos a luchar, por Dios que así es. Ya que no solo vamos a disparar contra ellos. ¡Nuestra intención es arrancarles las entrañas y usarlas después para engrasar las ruedas de nuestros tanques! ¡Vamos a matar a esos miserables teutones por millares! Bien… Algunos de vosotros estáis dudando de si tendréis miedo bajo el fuego. Eso no debe preocuparos. Estoy convencido de que todos cumpliréis con vuestro deber. ¡Los nazis son el enemigo!. ¡Cargad contra ellos, derramad su sangre, disparadles en el vientre!. Cuando pongáis la mano sobre una masa informe que momentos antes era el rostro de vuestro mejor amigo, ya no dudaréis (…). Sin duda habrá algo que podréis contar cuando volváis a vuestras casas; y dar gracias a Dios por ello. Si dentro de treinta años, sentados junto al hogar, y con vuestro nieto sobre las rodillas, él os pregunta que es lo que hicisteis en la Segunda Guerra Mundial, no tendréis que contestarle “pues… acarreé estiércol en Louisiana”. Bien, ahora hijos de perra, ya sabéis como pienso.”
de la película Patton, de Franklin J. Schaffner

Con los corazones unidos en silencio… cargamos.
Hombro con hombro, escudo con escudo, con los ojos fijos en los de nuestros odiados enemigos, saboreando su incipiente terror… golpeamos.
Unidos… fundidos… una sola criatura, indivisible, impenetrable, imparable… empujamos.
Los persas jadean, y gimen, y juran, chillan y tropiezan y caen, estampando sus sesos en las piedras, sus pulmones ahogándose en las profundidades del mar salado. Los espartanos nos reímos como locos, y seguimos empujando.
Sin prisioneros. Sin piedad.
Hemos comenzado muy bien.
del cómic 300, de Frank Miller

Creo que puedo afirmar como hecho que ha dejado establecido la historia moderna que todo el mundo, o casi, en un conjunto de circunstancias determinado, hace lo que le dicen; y habréis de perdonarme, pero hay pocas probabilidades de que vosotros fuérais la excepción, como tampoco lo fui yo. Si habéis nacido en un país y en una época en que no sólo nadie viene a mataros a la mujer y a los hijos sino que, además, nadie viene a pediros que matéis a la mujer y a los hijos de otros, dadle gracias a Dios e id en paz. Pero no descartéis nunca el pensamiento de que a lo mejor tuvisteis más suerte que yo, pero que no sois mejores. Pues si tenéis la arrogancia de creer que lo sois, ahí empieza el peligro. Nos gusta eso de oponer el Estado, totalitario o no, al hombre vulgar, chinche o junco. Pero nos olvidamos entonces de que el Estado se compone de hombres, más o menos vulgares todos ellos, cada cual con su vida, su historia, la serie de casualidades que hicieron que un día se encontrara del lado bueno del fusil o de la hoja de papel, mientras que otros se encontraban del lado malo. Muy pocas veces ha escogido uno ese itinerario, ni siquiera hay una predisposición a seguirlo. A las víctimas, en la inmensa mayoría de los casos, nunca las torturaron o las mataron porque eran buenas, y sus verdugos no las torturaron porque fuesen malos. Pensar eso sería un tanto ingenuo, y basta con tratarse con cualquier burocracia, incluso la de la Cruz Roja, para convencerse de ello.
de la novela Las benévolas, de Jonathan Littell

 “Si ha oído de nosotros, probablemente sabrá que no estamos en el negocio de hacer prisioneros. Estamos en el negocio de matar nazis. Y amigo, el negocio va de puta madre.”
de la película Malditos bastardos, de Quentin Tarantino

Fue justo antes del amanecer,
una mañana miserable
en el negro ’44.

Cuando al comandante de la vanguardia
se le ordenó aguantar su posición,
tras pedir que le dejaran retirar a sus hombres.

Y los generales dieron las gracias,
al ver que las demás tropas,
lograban contener temporalmente a los tanques enemigos.

Y la cabeza de puente de Anzio
fue defendida a cambio
de unos pocos cientos de vidas corrientes.

Y el amable y viejo Rey Jorge,
le envió a mi madre una nota,
cuando se enteró de la muerte de mi padre.

Según recuerdo era en forma
de pergamino,
con membrete de oro y todo.

La encontré un día,
escondida,
en un cajón de viejas fotografías.

Y mis ojos aún se humedecen al recordar,
que su majestad la firmó,
con su propio sello de goma.

Estaba oscuro alrededor,
había escarcha en el suelo,
cuando los tigres fueron liberados.

Y no sobrevivió nadie,
de la Compañía C,
de Fusileros Reales.

Fueron todos dejados atrás,
la mayoría muertos,
el resto moribundos.

Y así fue como,
el alto mando
me arrebató a mi papá.
de la canción When the Tigers Broke Free, de Pink Floyd

 “Cuando vuelva a casa y la gente me pregunte: eh, Hoot ¿por qué lo haces tío? ¿Por qué? ¿Eres un yonqui de la guerra o qué?… no pienso decir ni una puta palabra. ¿Sabes por qué? Porque no me entenderían. No entienden por qué lo hacemos. No entenderían que es por el hombre que está a tu lado. Es por eso. No hay nada mas.”

de la película Black Hawk derribado, de Ridley Scott

Perplejo, hiciste lo posible por razonar conmigo. No más invasiones, dijiste, no más campañas, no más de nuestros chicos lanzándose contra las defensas niponas. Esos canallas se rendían. Se había acabado.
¿“Y qué vamos a hacer nosotros”, te grité? Si los japoneses iban a convertirse en nuestros aliados, ¿qué demonios se suponía que teníamos que hacer nosotros al respecto?
Y entonces lo dijiste.
Te grité al oirlo. Te insulté de manera horrible. Me gustaría poder decir que lo siento, pero no puedo. No puedo disculparme con alguien que dice tal cosa. No puedo afrontar un futuro en el que eso sea cierto.
Billy, para ti la guerra fue como un gigantesco partido de rugby, a pesar de todos los horrores que sufriste. Ellos nos golpeaban, así que nosotros les golpeábamos el doble de fuerte, hasta que el árbitro hizo sonar su silbato y fin del partido, con la satisfacción de saber que habías ganado y que les habías propinado unos cuantos codazos que no olvidarían. Con eso te bastaba.
A mí no me basta.
Nadie arreglará nunca lo que me hicieron.
Al final, eso es lo que me resulta insoportable. Se espera de mí que viva con ello y que perdone demasiado. Sus ciudades ya no arderán más. Sus hombres volverán a casa. Sus mujeres no tendrán que entonar más canciones fúnebres.
Billy, ¿recuerdas lo que dijiste en respuesta a mi pregunta? ¿Cuando sonreiste, desconcertado por mi furia, pensando que un poco de frivolidad me calmaría? ¿Dándote cuenta, demasiado tarde, de que de algún modo aquello nos estaba separando definitivamente?
“Ahora tendremos que aprender a quererles, Carrie”.
Eso fue lo que dijiste.
del cómic Battlefields: Dear Billy, de Garth Ennis y Peter Snejbjerg

 “¿Queréis ver una guillotina en Picadilly? ¿Queréis llamar rey a ese andrajoso de Napoleón? ¿Qué vuestros hijos canten la Marsellesa? Señor Mowett, señor Pullings, batería de estribor.”
de la película Master and Commander: Al otro lado del mundo, de Peter Weir

 “Ey, Walt, ¿puedes bajar la voz? No me dejas oir la artillería.”
de la serie de TV Generation Kill

“Vivimos en un mundo que tiene muros, y esos muros han de estar vigilados por hombres armados. ¿Quién va a hacerlo? ¿Tú? ¿Usted, teniente Weinberg?. Yo tengo una responsabilidad mayor de la que puedas calibrar jamás.
 Tú lloras por Santiago y maldices a los marines. Tienes ese lujo. Tienes el lujo de no saber lo que yo sé, que la muerte de Santiago, aunque trágica, seguramente salvó vidas; y que mi existencia, aunque grotesca e incomprensible para ti, salva vidas. Tú no quieres la verdad porque en zonas de tu interior de las que no charlas con los amiguetes me quieres en ese muro, me necesitas en ese muro.
 Nosotros usamos palabras como honor, código, lealtad… las usamos como columna vertebral de una vida dedicada a defender algo. Tú las usas como gag; y no tengo ni el tiempo, ni las más mínimas ganas, de explicarme ante un hombre que se levanta y se acuesta bajo la manta de la libertad que yo le proporciono, y después cuestiona el modo en que la proporciono. Preferiría que sólo dijeras gracias y siguieras tu camino. De lo contrario te sugiero que cojas un arma y defiendas un puesto. De todos modos, me importa un carajo a qué creas tú que tienes derecho.”
de la película Algunos hombres buenos, de Rob Reiner

La guerra es el infierno, pero eso no significa ni la mitad de lo que es, porque la guerra es también misterio y terror, y aventura y valor, y descubrimiento y santidad, y lástima y desesperación, y ansiedad y amor. La guerra es asquerosa; la guerra es divertida. La guerra es excitante; la guerra es monótona. La guerra te convierte en hombre; la guerra te convierte en muerto.
de la novela Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien

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