Atrapados en el ascensor

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Un tío entra en una farmacia llevando un bebé en brazos:
– “Buenos días, ¿tiene pomada para el culito del bebé?”
– “Sí. ¿Se la envuelvo?”
– “No, no hace falta… si me lo voy a follar aquí mismo…”.

Me encanta este chiste. Siempre me ha hecho reir muchísimo. Me gustan los chistes rápidos, que sacan el mejor partido a la economía de medios y que utilizan el lenguaje de manera certera, como parte de la gracia. En este caso, lo que me parece brillante es el súbito salvajismo de la “punchline”, un cambio de tono tan bestia respecto a las primeras dos frases de diálogo que es prácticamente imposible verlo venir la primera vez que te lo cuentan. ¿Es una burrada amoral y ofensiva? Sin la menor duda. Pero eso tiene poco o nada que ver con su eficacia a la hora de lograr que la audiencia suelte una carcajada por puros reflejos, antes de que le de tiempo a reflexionar y guardar las apariencias. Te pilla tan por sorpresa como un sartenazo en la cara.

El humor no tiene que ser ofensivo para ser divertido, pero del mismo modo puede afirmarse que el humor puede ser divertido precisamente porque es ofensivo, porque traspasa límites (y al hacerlo, nos explica cosas sobre nosotros mismos). Uno de los tebeos más descacharrantes que he leído jamás es Hitler = SS, de Vuillemin y Gourio, que según dicen se burla del holocausto. A mí, en cambio, siempre me pareció que (ya desde el título), lo que hicieron los dos autores fue experimentar usando los tópicos culturales y la cotidianeidad descontextualizada para poner a prueba los límites del humor y la libertad de expresión, cuando ambas nociones entran en conflicto con un “tótem moral” (y en nuestra sociedad sigue sin haber mayor tótem moral que el holocausto judío). En este sentido, Hitler = SS cabe en la misma categoría que películas como Funny Games (salvajada meta-lingüística de Michael Haneke), o ensayos satíricos como Una modesta proposición (donde Jonathan Swift apuntaba que la solución para acabar con la hambruna en Irlanda era que los pobres les vendiesen sus hijos a los terratenientes, para que éstos se los comieran). En realidad Hitler = SS ni siquiera se burlaba de nadie en particular, por la sencilla razón de que trataba de idiotas por igual a todos los personajes que aparecían en sus páginas, ya fuesen judíos o nazis.

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Sea como sea, mi intención hoy no era hablar sobre si el humor tiene límites, un tema que últimamente está muy de moda pero sobre el que no soy capaz de aportar nada más lúcido que lo que se dice, sin ir más lejos, en este acojonante cómic de John Tones y Guitián. No, mi intención con esta entrada de blog es dejar patente mi pereza. La pereza que me ha dado estos días ver a Manuela Carmena echar a los pies de los caballos a Guillermo Zapata, edil de Ganemos Madrid que tuvo que acabar dimitiendo como recién nombrado concejal de cultura de la ciudad, porque hace cuatro años (cuatro-putos-años) se le ocurrió compartir en Twitter un par de chistes a mala gaita. Chiste número 1: “¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero”. Chiste número 2: “Han tenido que cerrar el cementerio de Alcásser para que Irene Villa no vaya a por repuestos”. Lo peor que puedo decir es que ambos chistes son bastante viejos y no demasiado buenos. Yo mismo he contado algunos igual de bestias pero claramente más divertidos (“Mamá, mamá, ¿por qué estamos montando el pesebre de Navidad en septiembre?” “Hija, porque tal como estás de la leucemia no llegas a diciembre ni loca.”). Cuando explico un chiste, sea del color que sea, mi preocupación exclusiva es que el remate sea chisposo, no si tal o cual colectivo puede llegar a molestarse. A la mayoría de cómicos de stand-up que me gustan les ocurre lo mismo.

Pero estaba hablando sobre la pereza, sí. Me dio pereza que Manuela fuese tan cobardica como para establecer comparaciones mochales con Charlie Hebdo, diciendo que se siente “muy distanciada del humor cuando provoca que maten a alguien”. ¿Perdón? Decir que el humor provoca que maten a la gente es igual de gili-tonto que decir que El guardián entre el centeno provocó el asesinato de John Lennon. No, a John Lennon lo mató Mark David Chapman, que era un psicópata; y la masacre de Charlie Hebdo la causaron unos extremistas islámicos con AK-47, no una colección de caricaturas.

Me dio casi la misma pereza que a continuación Guillermo Zapata reculara y se disculpara por su gracieta. Con eso, dejó en mal lugar a todos los que entendemos que contar chistes (aunque sean tan negros como por ejemplo los del dibujante Ivan Brunetti) o disfrazarse de emperador romano en una fiesta de carnaval no tiene nada que ver con enaltecer la pedofilia, el genocidio, la xenofobia, el totalitarismo ni ninguna otra mandanga. Lo que tendría que haber hecho Zapata era demostrar coherencia, clavar los pies en el suelo y cortar de raiz el tema, dejando claro que cualquiera que, a partir de dos chuscadas en Twitter, infiera que eres antisemita o pro-etarra, es que es tonto de baba. Cuando hasta Irene Villa, la “víctima” de uno de los chistes de marras, sale diciendo que se la rempampinfla el asunto, que le preocupan mucho más los ataques contra políticos que ni siquiera han empezado a gobernar, y que de hecho su chascarrillo favorito sobre ella es el que la define como “la mujer explosiva”, sería para que más de uno se tapara.

(Nota mental: la dimisión de Zapata me pareció acertada, pero no por los chistes propiamente dichos sino por haberse revelado como un merluzo. Alguien con tan pocos dedos de frente como para aspirar a un cargo político manteniendo una cuenta de Twitter por la que sus oponentes lo pueden despedazar, demuestra no estar lo bastante maduro como para ser concejal de cultura de Madrid. Selección natural. Un zote menos gestionando fondos públicos. Congratulémonos…)

Al final, las reacciones de Carmena y Zapata son un simple derivado de su falta de experiencia y de la premura en responder LO QUE FUESE ante la presión de la opinión pública para que dieran explicaciones; y eso es lo que me da más pereza de todo. Disculparse por unos chistes es un error, porque con ello están dando por bueno un estándar muy cateto de listón moral para los que vengan detrás; de algún modo legitimizan que PP y PSOE les sigan lanzando durante toda la legislatura este nivel de ataques; y por “nivel” me refiero tanto a la cantidad como a la calidad. Suele hablarse a menudo de los 100 días de confianza que merece todo político nuevo en el cargo. A estos no les van a dejar trabajar tranquilos ni 24 horas. Es tan apabullante como ridículo.

Esta misma semana, los NOTICIONES sobre Podemos han sido que Manuela Carmena ha “renunciado a sus principios” y va a usar el coche oficial en vez del metro para acudir a actos consistoriales a lo largo del día (por lo que se ve, algunos preferirían que en pos de la coherencia extrema perdiese horas de curro haciendo transbordos), que un concejal de Alcobendas está incitando al odio y a la violencia con las letras de las canciones de su banda de punk Kaos Urbano (cuando uno está en política al parecer no puede cantar nada que sea más abrasivo que Georgie Dan), o que Ada Colau y Pablo Iglesias se han quedado atrapados en un ascensor del ayuntamiento de Barcelona, y han pasado el rato hasta que los han sacado de allí haciéndose selfies y soltando coñetas tuiteras (los que dicen que un político debe dar permanente imagen de formalidad no deben estar al tanto de la afición que tenía Abraham Lincoln por hacer bromas para rebajar tensión, incluso en los momentos de mayor crisis…).

Nunca he sido particularmente fan de Pablo Iglesias (físicamente me recuerda de manera inquietante al músico electrónico Aphex Twin, y su discurso mesiánico y completamente desprovisto de humor me resulta más bien cargante), pero cada vez que la rama más encorbatada y cariacontecida de la opinología política me intenta comparar a los cargos de su partido con los protagonistas de la serie de TV The Young Ones, lo único que consigue es acercarme un pasito más a él y los suyos. Porque al fin y al cabo me siento infinitamente más conectado a una freak que practica el activismo político disfrazándose de Super-abeja Maya, que a alguien que se presenta a unas elecciones vendiéndose como la versión 2.0 de Moises.

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Para mí, lo más interesante del actual momento político es algo que parecía impensable hace sólo dos años: que hayan aparecido nuevas caras y nuevas formaciones con opciones de desalojar a los de toda la vida; y como ya dije en una entrada anterior de este mismo blog, no me importa demasiado que esos recién llegados se equivoquen, se contradigan o incluso se vean obligados a matizar sus promesas electorales, una vez comprobado que es mucho más jodido ejecutar un plan que diseñarlo. No me importa nada de eso, porque no albergo la pretensión de que los políticos que me representan sean seres de luz infalibles, llegados hasta nuestra realidad desde una dimensión alternativa. Tengo bastante claro que son personas igual que yo, y que por tanto van a cagarla igual que la cago yo. Muchas veces, además. Ayer mismo compré mantequilla en el supermercado (Central Lechera Asturiana Ligera, con un 50% menos de grasa pero todo el sabor) y al llegar a casa descubrí que tenía otros dos tarros por estrenar en la nevera. Shit happens. Así pues, con que se esfuercen todo lo que puedan tengo suficiente. Al menos de momento.

Pero anda que como luego resulte que las Colaus, las Carmenas y los Pablemos lo hacen bien una vez que empiecen a tomar decisiones… Anda que como resulte que, dentro de sus posibilidades, regeneran el ámbito político, consiguen abrir vías de diálogo en asuntos que parecían estar en dinámicas de no retorno y aplican leyes que, una vez rebajadas las expectativas y aparcado el tremendismo, funcionan (imaginemos la posibilidad; ¡sería de locos!)… Si algo de eso pasa, todo este microanalizar gestos, tweets, entrevistas, chascarrillos, selfies y cambios de coche que domina ahora los medios (a falta de poderles dar cera por cosas serias) va a cundir para publicar una divertidísima antología del disparate; y bueno, si resulta que todos los agoreros acaban teniendo razón y nos vamos de cabeza al barranco, pues habrá que plantearse en serio dedicar fondos públicos a financiar un estudio sobre la existencia de la precognición. Yo qué queréis que os diga.

Porque sea como sea, la sociedad española tampoco puede llegar a estar mucho más dividida y desilusionada de lo que la han dejado los partidos tradicionales. Es difícil que la cosa se denigre aún más (y si ocurre, ya lo dije: cuatro años de legislatura y a la puta calle). En efecto, España vive ahora mismo “atrapada en el ascensor”; y nos hemos tirado generaciones enteras pulsando el botón de alarma, y aquí no ha venido ni Dios a arreglar nada. Ahora falta ver lo que pasará cuando finalmente aparezca un operario que consiga abrir las puertas. Porque dentro del ascensor huele ya mucho a cuco, y hace un calor de la hostia, y la verdad es que nos sentimos todos bastante incómodos. No creo que quede demasiada gente interesada en llegar al piso de destino. Más bien, la mayoría de ocupantes estamos deseando salir de una puñetera vez y subir por las escaleras…

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2 pensamientos en “Atrapados en el ascensor

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