Vivir para jugar

Cuando me mudé a mi actual Batcueva en el barrio barcelonés de Gràcia, hace ya un par de años, lo primero que tuve claro tras firmar el contrato y recoger las llaves fue que quería disponer de una “sala de juegos”. Una habitación confortable, espaciosa, bien iluminada y con una mesa robusta y enorme sobre la que poder montar partidas de lo que me diera la santa gana, dejándolas ahí desplegadas durante días enteros si era necesario. Un lugar que, además, pudiese llenar de estanterías en las que guardar mi colección de juegos de manera que luciesen, en vez de tener que apilarlos dentro del canapé de la cama como si fuera un traficante de armas escondiendo sus Kalashnikovs. Me importaba tres pepinos no tener comedor y verme obligado a desayunar, comer y cenar en la cocina, pero quería tener una sala de juegos. No, rectifico, NECESITABA tener una sala de juegos.

Tras algunos birli-birloques a la hora de repartir el espacio del piso logré mi objetivo, cosechando un nivel de éxito incluso superior al que esperaba: con el tiempo, mi sala de juegos se ha acabado convirtiendo en una especie de improvisado club social en el que se juega a todo. Mis amigos se pasan por aquí prácticamente sin avisar, a que les monte partidas de lo que sea; y yo, claro, encantado. Nunca he jugado más que ahora, y sobre todo nunca he jugado mejor. Estas paredes han visto épicas campañas de rol, batallas tochísimas de Warhammer 40,000, sesiones de Sherlock Holmes Detective Asesor tan intensas como descacharrantes, macropartidas de Space Hulk para ocho personas y combates masivos de X-Wing a 500 puntos por bando. Sin embargo, los juegos en sí han sido lo de menos. Lo realmente importante, lo insustituible, han sido los jugadores. Porque incluso el juego más buñolero (el puto Risk, pongamos por caso) puede llegar a convertirse en una experiencia lúdica legendaria si tiene detrás un buen grupo de gente, que le eche película e intensidad a la partida. En cambio, ni el título mejor puntuado en Boardgame Geek resistiría un mal grupo de jugadores. Por lo tanto, me considero un tipo con bastante suerte, y sólo tengo palabras de agradecimiento para los amigos con los que juego de manera habitual. Sois un regalo.

De eso van los primeros cinco minutos de este videotocho, que son los relevantes de verdad. Los veinticinco minutos restantes, aunque parezcan el auténtico contenido, en el fondo son una excusa para justificar esa “introducción/homenaje” a mis compinches de tiradas de dado. Aún así, puestos a tener que llenar 25 putos minutos dándole a la sinhueso lo he hecho lo mejor que he podido: hablo sobre juegos que merecerían más atención de la que reciben, en un panorama saturado de novedades estrella que atraen la atención de casi todo el mundo. Los juegos son un artículo de lujo cada vez más grande y más caro. Los 70 euros de media empiezan a ser un precio normal para cualquier temático que incluya miniaturas (y si eres coleccionista de Star Wars Armada, de verdad que te compadezco…). Ello nos obliga a tener que afinar bastante en las compras, ya que cada vez que nos decidimos por un nuevo juego estamos renunciando (quizás para siempre) a otros tres. Hola Shadows of Brimstone, adios Heroes of Normandie (o al revés).

Por eso, en muchos casos acabamos yendo al tiro seguro, al valor contrastado por el boca-oreja y la reseña “tom-vaseliana” de turno. La mayoría de nosotros acabamos llevándonos a casa el Pandemic Legacy, el Imperial Assault o el Twilight Struggle… y pasando por alto otros títulos que, aunque tienen pinta de ser como mínimo igual de buenos, brillan bastante menos. En el presente videotocho reivindico tres de esos juegos a los que les falta brillo pero les sobra calidad y que siguen ahí, en la estantería de la tienda, esperando que te atrevas a apostar por ellos; además, piensa que cuando alguien te pregunta si juegas a Star Realms no hay nada más cool que contestarle “Pse, no está mal, pero Valley of the Kings le da cien vueltas…”

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