Crónica del Primavera Sound 2015, primera parte (de 3)

Primavera-Sound-2015

Un Primavera Sound más, el tercero consecutivo ya, después del hiato de casi una década que pasé sin pisar sus escenarios (desde la última vez que se celebró en el Poble Espanyol, un caos organizativo que me quitó las ganas de seguir festivaleando). Tras las ediciones 2013 y 2014, en las que el abono me cayó en las manos “de gratelo” sin que yo lo pidiese (una amiga que no podía ir, un regalo de cumpleaños…), en esta ocasión pasé por caja a apoquinar los 150 euros (más gastos de gestión); así que supongo que no me queda más remedio que reconocerlo: me he vuelto a enganchar.

Y eso que en esta ocasión la parrilla de artistas tampoco me parecía tan impresionante como las de años anteriores. Pero vamos, el Primavera Sound ha alcanzado ya un nivel de excelencia musical y logística difícil de superar (la organización de una cita de este tipo debe tener las mismas aspiraciones que los buenos árbitros de fútbol: que no se note su presencia), hasta el punto de que es el propio festival en conjunto lo que acaba brillando por encima de los nombres que traiga. El “marco incomparable” (la verdad es que el recinto es acojonante), la variedad de ofertas y la buena disposición general de la gente ayudan a ponerte en un estado de diversión casi orgánica. Te lo pasas bien toque quien toque; y el actual momento que viven el rock alternativo y la electrónica de vanguardia dan para que siempre vengan a tocar al menos seis o siete artistas de primer orden.

Leía hace poco, no recuerdo dónde, acerca de los problemas de crecimiento que empiezan a experimentar los festivales españoles estilo PS, atrapados entre la necesidad de ofrecer variedad, de no estancarse (esa sensación de que ciertos popes del indie fichan año sí/año no; uno de los motivos por los que dejé de ir al FIB fue que al cabo de cuatro ediciones ya había visto dos veces a casi todo el mundo), y la imposibilidad de incluir a según qué nombres en el line-up. Por ejemplo, buscando comparaciones con Glastonbury, el PS no podría traer a Foo Fighters (quizás demasiado mainstream), ni le saldría a cuenta pagar el caché de Kanye West (un artista fundamental para entender el pop de hoy en día pero que aquí debe de vender menos discos que Manel). Hay que tirar por otras vías.

Así, la evolución de estos certámenes pasa por soluciones creativas, y este año el Primavera Sound ha optado por la recuperación de “viejas glorias” como cabezas de cartel: The Replacements, la OMD, Patti Smith, Ride, y en menor medida Interpol, The Strokes, Spiritualized y Tori Amos. Me parece la mar de bien, es un cartel con innegable tirón para el gran público; pero a nivel personal, salvo por la Amos (que jamás viene de gira por aquí) y Ride (la única gran banda de shoegazing noventero que me quedaba pendiente), la cosa tampoco me ofrecía estímulos suficientes como para hacerme con el abono de tres días. Han sido los artistas de segunda fila quienes me han convencido: The New Pornographers, Jon Hopkins, Perfume Genius, The Soft Moon, tUnE-yArDs, Benjamin Booker, Mikal Cronin… Así pues, para mí éste va a ser un Primavera Sound de muchos más escenarios pequeños que grandes. Si alguien quiere encontrarme, la manera más segura de hacerlo es mirar hacia dónde se mueve la mayor marea de gente, y enfilar hacia el escenario que esté en dirección contraria. Dicho esto, empecemos.

MIÉRCOLES 27 (día 0)

La vida es lo que te sucede mientras haces otros planes, dicen, y los míos incluían empezar la jornada de presentación del festival con los shows de Christina Rosenvinge y Cinerama. No es que ni la una ni los otros me vuelvan locos (lo de la cantante de Hago Chas y aparezco a tu lado como musa del alt-rock patrio siempre me ha parecido un hype sostenido, que sólo se justifica por el hecho de que no hay muchas más intérpretes españolas de sus características). Sin embargo, la inesperada explosión de mi ordenador me retiene en casa hasta las 8 de la tarde, así que no llego al Parc del Forum hasta una vez empezada la tercera actuación del día, Albert Hammond Jr.

Desde luego, el festival ha sabido rentabilizar la inclusión de los Strokes en la parrilla, pues por el mismo precio van a tener al cantante Julian Casablancas al frente de su banda alternativa The Voidz (que me parecen horrorosos, por cierto), y al guitarrista Albert Hammond Jr. defendiendo su discografía en solitario, que cuenta ya con dos álbumes (el tercero se edita en julio). No he escuchado ninguno de ellos, pero si me tengo que guiar por la sucesión de medios tiempos guitarreros que provienen del escenario, la conclusión es que no estoy demasiado impresionado, aunque al menos tampoco paso la vergüenza ajena que me produjeron en su día los dos últimos discos de The Strokes. Una cosa correcta y punto. Aparte de eso, Hammond se ha cortado el pelo (se le ve mayor) y se ha comprado un traje. O sea, “ha madurado”, una expresión peligrosa cuando hablamos de rock, porque demasiado a menudo se traduce en aburrimiento. Teniendo en cuenta su apellido que remite a un padre mítico, y lo soso que me está pareciendo, no puedo evitar acordarme de Jakob Dylan y sus Wallflowers.

Finiquitado Albert Hammond Jr., ya solo me queda una actuación por ver, la OMD (podría pillar luego el metro hasta la sala Apolo, donde hacia la 1 de la madrugada tocan los post-punkarras Viet Cong, pero siendo ésta la velada previa de calentamiento no quiero forzar, que a partir del jueves tengo mucha matraca que ver y bailar). El día anterior, en casa con tres amigos, les comenté que hoy tocaba la OMD en el concierto gratuito de presentación del Primavera Sound 2015, y que si se animaban a venir. Dos de ellos no habían oído hablar jamás de la banda, y el tercero dijo que los recordaba como “un grupo de los 80 con dos canciones buenas”. Esto demuestra lo que llamamos “ilusión de proximidad”: uno se cree que lo que él conoce es igualmente conocido por los demás. Yo siempre había situado a Orchestral Maneuvers in the Dark a la altura popular de Depeche Mode, pero lo cierto es que, aunque cueste creerlo, la mayoría de gente ya ni se acuerda de los autores de discos tan fundamentales para entender el pop electrónico como Dazzle Ships o Architecture and Morality.

OMD 03 Dani Canto

Y sin embargo, a las 11 de la noche en el Parc del Fórum nos hemos juntado los fans suficientes como para llenar toda la explanada sin que quepa un alfiler. Andy McCluskey y Paul Humphreys salen a escena, y de nuevo volvemos a estar en lo profundo de los 80. Están más arrugados que entonces, sí, pero eso es lo único malo que puede decirse de un concierto en el que suenan hitazos del nivel de Enola Gay, Souvenir, (Forever) Live and Die, Tesla Girls, Talking Loud and Clear, Messages, Electricity o Joan of Arc (el órdago a la grande de la noche), himnos generacionales inapelables que no han perdido un ápice de chispa. Incluso Metroland, única concesión a su más reciente trabajo (English Electric, del 2013), se mezcla de manera orgánica con el resto del setlist, como un clásico más, sin desteñir en absoluto una performance que ha sido lo que tenía que ser: un “Lo mejor de la OMD” con el público entregado desde los primeros acordes de la primera canción y los músicos en un estado de forma envidiable (McCluskey no para de bailar ni un instante). Primer puerto de montaña importante, y primera alegría. Hemos empezado bien. Hemos empezado muy bien.

Canción del día:

JUEVES 28 (día 1)

Tras la intro de ayer, me presento en el recinto del Parc del Forum a las 8 de la tarde para iniciar “oficialmente” mi PS 2015 con el arrebatado blues-rock garajero de Benjamin Booker, autor de uno de los álbumes que más noqueado me dejaron en el 2014 (por temazos como por ejemplo ÉSTE). A una hora complicada, con el sol aún pegando, en un escenario que le viene enorme y ante un público que en su mayoría está cogiendo sitio para ver al que va a salir después de él (Antony and the Johnsons), el de Virginia se mete a todo quisque en el bolsillo con una actuación intensa y llena de actitud. Claro, el muy motherfucker no tiene una sola canción mala, y eso también ayuda.

Al acabar su set, Booker se despide recordándonos que a continuación, en el escenario de enfrente, actúan “the fucking Replacements”, y que él va a estar en primera fila pegando botes con ellos. Pues ya me contarás qué tal, Benjamin, porque lo que es yo me voy al escenario Pitchfork a ver a Ought. The Replacements nunca fueron un grupo al que prestase demasiada atención (hubo un tiempo en que incluso los confundía con The Residents), así que no voy a fingir ahora que siempre fui fan. Ya corregiré ese cráter en mi expediente, pero de momento tengo una cita con la banda de Montreal. Me encantan estos chavales, me suenan a Talking Heads y a Television, y sobre el escenario desgranan las canciones de su (por ahora) único disco a ritmo de ametralladora. Me lo paso pipa brincando al ritmo de Today More Than Any Other Day y Habit, y sigo sin entender que no los conozca ni Dios.

Una de mis máximas para sobrevivir al Primavera Sound es ver como mínimo un concierto cada día en el escenario Ray-Ban. No porque su propuesta sea mejor que las demás, sino porque está situado al fondo de un anfiteatro con gradas para sentarse. Desde allí, descansando el cuerpo y con la brisilla del mar refrescándome, disfruto como un burro con el que tiene potencial para ser el mejor acto de hoy: el de Mikal Cronin, cuya capacidad para componer canciones de rock bonitas lleva tres discos dejándome tonto. Que si Weight, que si Apathy, que si Am I Wrong, que si See It My Way… Me podría pasar horas escuchando esas guitarras, que suenan cristalinas incluso cuando se pone a distorsionar. Por actuaciones así vengo al Primavera Sound. Impecable.

Mikal-Cronin-01-Xarlene-Primavera-Sound

Tras Mikal toca el teórico plato fuerte de la jornada, Spiritualized. Tengo algunos reparos con ellos, porque los vi en los 90 en el Festival de Benicassim, presentando una obra maestra como Ladies and Gentlemen, We Are Floating in Space y no creo que aquello pueda ser superado. De aquel concierto de madrugada recuerdo que fue larguísimo, que lo vi tumbado en el suelo como si me hubieran dejado caer desde una avioneta (porque ya no me tenía en pie), y que, pese a no haber consumido ningún tipo de drogas, el cansancio me hizo tener alucinaciones (haciendo honor al título de su disco, me pareció ver a los músicos levitar por el escenario mientras tocaban). En efecto, no lo superan, pero no es por culpa suya: ellos mantienen intacta su capacidad para convertir las canciones en experiencias lisérgicas (Electric Mainline dura siete minutos como podría durar diecisiete), mezclando de manera magistral gospel, space rock y psicodelia con la voz de Jason Pierce como hipnótico hilo conductor. No, ellos lo hacen igual de bien que siempre. Sencillamente, soy yo quien ha cambiado en estos quince años. Ahora me interesan y me llenan más otras cosas.

Ya en la última media hora de Spiritualized se han podido ver rebaños de gente yéndose para el escenario principal, en el que a estas horas deben de estar empezando a tocar The Black Keys. No podría importarme menos. Sí, Lonely Boy y tal, pero no tengo ganas de aguantar tumultos para bailar una puñetera canción, y a esa misma hora en el mini-escenario Adidas Originals, en la otra punta del recinto, actúan Los Punsetes, y si me doy prisa aún voy a poder pillar sitio en primera fila. Ya los vi hace unos meses en Madrid (por tercera vez en los últimos años), y el hecho de que tenga tantas ganas de repetir certifica lo mucho que me gustan, lo mucho que me enganchan sus melodías y lo adentro que me han llegado siempre sus letras, con las que me identifico a muchos niveles. En directo son un seguro de vida, nunca defraudan. La cantante Ariadna va vestida de marinero y, como de costumbre, se mantiene quieta igual que un palo ante el micrófono. Se mueve tan poco que le podrían hacer una resonancia magnética mientras canta; y sin embargo, todo ese hieratismo tiene el efecto de reforzar aún más la escalofriante intensidad, la sensación de verdad, que transmiten temazos como Alférez Provisional, Opinión de Mierda, Tus Amigos, Amanece más temprano, Tráfico de órganos de iglesia o el momento álgido de la actuación, Maricas (nudo en la garganta, como siempre). Canciones que, nunca me había dado cuenta hasta este momento, tratan de manera conjunta un tema principal: el egoísmo. Podría dar un jodido arsenal de excusas para explicar por qué he venido a ver a Los Punsetes en lugar de a The Black Keys, pero en realidad la respuesta es sencilla: Los Punsetes son mejores. Nada de Mikal Cronin, esto ha sido lo más enorme de hoy.

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Es la una de la madrugada, llevo cinco horas sin parar, así que ya toca descansar y comer algo aprovechando que toda la música que va a sonar en la próxima hora me parece perdonable. Me voy a la zona de tenderetes y me cruspo unos fideos al wok con salsa de cacahuete (parece mentira, pero una de las cosas que más echaba de menos del PS eran los resopones nocturnos de fideos orientales), mientras de fondo se oye la sala de torturas de Sunn O))) amortizando bafles en el escenario ATP. Lo de Sunn O))) puede llegar a ser estimable en disco, pero tragárselos en directo es un ejercicio de hipsterismo metalero (me aburro pero pongo cara de que me están pareciendo buenísimos) que no me va a tener como testigo.

En vez de eso, hago un poco de tiempo sentado en las escalinatas del Ray-Ban viendo a los británicos Jungle (son aplicados en lo suyo, pero el neo-soul británico no es lo mío), y cierro la jornada con el duo que seguramente tiene el mejor nombre de todos los artistas que concurren este año al PS: The Suicide of Western Culture. Los bailé ya hace un par de ediciones y desde entonces han mejorado bastante, se les ve más sueltos, más sucios (en el buen sentido) y con más canciones buenas. Cada vez me recuerdan más a Fuck Buttons y eso nunca me va a parecer malo. Me contorsiono cual locuelo con Hey, Guys! I Know The Name Of The Culprits y con Love Your Friends, Hate the Politicians, y tiro para la boca de metro aún tarareándolas y moviendo los pies a ritmo sincopado. Qué divertido es todo esto, joder.

Canción del día:

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