PAMUNDI MUSIC AWARDS 2017 (PARTE TRES): LAS 70 TONADAS

Y vamos chapando ya el chiringo de la presente edición. La lista de las 70 Tonadas, pese a ser el item más casual de los PAMUNDI MUSIC AWARDS, suele ser también el más celebrado por la peñuqui (una manera lúdica de decir que al artículo de resumen del año y a la lista de los 20 Discazos nadie les hace ni puñetero caso). A finales de año, la playlist llegó a acumular más de 600 canciones, pese a lo cual el proceso de filtrado hasta llegar a las 70 definitivas ha sido muy rápido una vez que me he puesto a ello, porque lo tenía ya todo bastante escuchado. Tres artistas (Rosalía, Slowdive y LCD Soundsystem) han aportado dos tonadas cada uno, pero el resto de la ensalada no podría ser más variado. Ni siquiera falta la música de banda sonora, pues el tema de apertura (que en las últimas ediciones suele ser una licencia cachonda que me tomo) es el espectacular crescendo Supermarine, compuesto por Hans Zimmer para la película Dunkerque. La monda, vamos.

Aquí abajo tenéis la lista completa de Las 70 Tonadas y la correspondiente playlist de Spotify (en orden de escucha desde la tonada 70 a la 1). Os dejo también sendos enlaces a la lista de los 20 Discazos, y al artículo resumen del año. El diseño de los cartelitos, precioso como siempre, ha corrido en esta ocasión a cargo de David Aguirre, a quien doy mil gracias y mando mil abrazos (y le debo una cena en el Muten Roshi Ramen). Una de las cosas más divertidas de esta movida es encargarle al diseñador gráfico de turno los banners que necesito, soltándole como inspiración un par de conceptos que me vienen en automático a la cabeza, y ver por donde sale. Los conceptos de este año fueron “Estatuas” y “Aniversario”; que a partir de eso el tío llegara hasta la idea del perrico de La voz de su amo mezclado con Stranger Things, es una muestra de genialidad acojonante; o quizás de que, con buen criterio, decidió pasar absolutamente de lo que le dije. Fuera la opción que fuese, el resultado ha sido una chulada. Ah, y ya que estoy, gracias también a Kekilla Puchades, por ayudarme con TODO y ser básicamente un solete (no le gusta el disco de Rosalía; pero oye, tampoco se puede estar acertada siempre…).

Y ahora sí, que corra el aire. Si sigo vivo para entonces, nos vemos en los PAMUNDI MUSIC AWARDS 2018 (o sea, a mediados del 2019…).

 

 

70.  Hans Zimmer – Supermarine
69.  Ángel Stanich – Mátame camión
68.  Methyl Ethel – Ubu
67.  The Brian Jonestown Massacre – Resist Much Obey Little
66.  Omni – Equestrian
65.  Biznaga – Mediocridad y confort
64.  Future Islands – Ran
63.  IDLES – Mother
62.  Joe Crepúsculo – Música para adultos
61.  Alvvays – Dreams Tonite
60.  Sparks – I Wish You Were Fun
59.  Tronco Abducida por formar una pareja
58.  Torres – Skim
57.  Everything Everything – Ivory Tower
56.  Nudozurdo – Beso Co-Rector
55.  Chelsea Wolfe – 16 Psyche
54.  James Holden & The Animal Spirits – Spinning Dance
53.  White Reaper – Daisies
52.  Murciano Total – Cencia 1 (No sabes nada sobre mí)
51.  Lana Del Rey Love
50.  Alt-J – Deadcrush
49.  The Killers – The Man
48.  Metz – Cellophane
47.  The Pains of Being Pure At Heart – My Only
46.  Beck – Colors
45.  The Magnetic Fields – ’71: I Think I’ll Make Another World
44.  Ride – Lannoy Point
43.  Carolina Durante – La noche de los muertos vivientes
42.  Noel Gallagher’s High Flying Birds – The Man Who Built The Moon
41.  The Soft Moon – Burn
40.  Broken Social Scene – Skyline
39.  The xx – Dangerous
38.  Brand New – Can’t Get It Out
37.  Girlpool – 123
36.  Mogwai – 20 Size
35.  Maria Arnal i Marcel Bagés – No he desitjat mai cap cos com el teu
34.  Exquirla – Un hombre
33.  Curtis Harding – Need Your Love
32.  St. Vincent – Los Angeles
31.  James McAlister, Sufjan Stevens, Nico Muhly, Bryce Dessner – Mercury
30.  Sierra – Perfectamente
29.  Ex Eye – Xenolith; the Anvil
28.  Charlotte Gainsbourg – Deadly Valentine
27.  King Gizzard & The Lizard Wizard – Rattlesnake
26.  Slowdive – No Longer Making Time
25.  Motorpsycho – A.S.F.E.
24.  Tori Amos – Reindeer King
23.  LCD Soundsystem – Call The Police
22.  Miguel – City of Angels
21.  Kendrick Lamar – HUMBLE.
20.  The National – The System Only Dreams in Total Darkness
19.  Psychotic Beats – From Disco Section to House Foundation
18.  The War On Drugs – Thinking Of A Place
17.  Blanck Mass – Rhesus Negative
16.  SZA – Drew Barrymore
15.  The Horrors – Machine
14.  Neuman – Deleted Files
13.  Perfume Genius – Wreath
12.  Lorde – Green Light
11.  Fever Ray – To The Moon And Back
10.  Aldous Harding – Imagining My Man
9.    Wolf Parade – King of Piss And Paper
8.    Ariel Pink – Time to Live
7.    Rosalía – De Plata
6.    The Black Angels – Half Believing
5.    Slowdive – Star Roving
4.    Los Planetas – Islamabad
3.    LCD Soundsystem – How Do You Sleep?
2.    BROCKHAMPTON – BOOGIE
1.    Rosalía – Catalina

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PAMUNDI MUSIC AWARDS 2017 (PARTE DOS): LOS 20 DISCAZOS

Veinte discazos, veinte, para celebrar el finiquitado 2017. En mi artículo resumen del año ya pormenorizo los motivos de algunas de las presencias y ausencias más sonadas de la lista, pero no estaría de más destacar otros dos o tres álbumes bastante bellos que, tras cada escucha, veía clarinete que acabarían entre los 20 elegidos, pero que a ultimísima hora se acabaron cayendo más por mis preferencias puntuales del momento que porque me parezcan objetivamente peores que los que sí han entrado: hablo sobre todo del Para quienes aún viven, de Exquirla (intensísimo cóctel del post-rock y flamenco mano a mano entre los miembros de Toundra y el cantaor Niño de Elche, musicando el poemazo La marcha de 150.000.000 del autor valenciano Enrique Falcón). Hablo también del Hiss Spun de Chelsea Wolfe (que ha virado más que nunca hacia el sludge metal y le ha salido su obra más disonante, menos tarareable pero a la vez más escalofriante), y del V de The Horrors (ejercicio notablemente divertido de “pop neworderiano”, liderado por dos pedazo de singles como Machine y Something to Remember Me By). Ha habido más, pero estos tres me parecen los principales damnificados a día de hoy. Aún así, estoy muy contento con las listas definitivas. Tanto con esta como con la de las 70 Tonadas. Ya me diréis qué os parecen a vosotros.

 

20
The xx
I See You

 

 

 

19
Mogwai
Every Country’s Sun

 

 

 

18
Sparks
Hippopotamus

 

 

 

17
Perfume Genius
No Shape

 

 

 

16
Charlotte Gainsbourg
Rest

 

 

 

15
Nudozurdo
Voyeur Amateur

 

 

 

14
Bell Witch
Mirror Reaper

 

 

 

13
St. Vincent
Masseduction

 

 

 

12
Blanck Mass
Worldeater

 

 

 

11
Ex Eye
Ex Eye

 

 

 

10
Aldous Harding
Party

 

 

 

9
King Gizzard
and the Lizard Wizard
Flying Microtonal Banana

 

 

8
Fever Ray
Plunge

 

 

 

7
Wolf Parade
Cry Cry Cry

 

 

 

6
Lorde
Melodrama

 

 

 

5
Brockhampton
Saturation III

 

 

 

4
Ariel Pink
Dedicated to
Bobby Jameson

 

 

3
LCD Soundsystem
American Dream

 

 

 

2
Slowdive
Slowdive

 

 

 

1
Rosalía
Los Ángeles

 

 

 

 

PAMUNDI MUSIC AWARDS 2017 (PARTE UNO): RESUMEN DE MI AÑO MUSICAL

Pues oye, aquí estamos, otra vez con los PAMUNDI MUSIC AWARDS. Tarde, como siempre (mirad la fecha de publicación de esto, por Dios…) pero, como digo, aquí estamos. El CRI-TE-RIO (El concepto “criterio” es © de Chema Pamundi 2018, todos los derechos reservados) ha llegado de nuevo para alumbraros. Mientras vosotros os matábais a pajas, yo he estado matándome a confeccionar listas musicales, así que no me déis la charlita con que llevo dos meses de retraso, haced el favor. La martingala esta de los PAMUNDI MUSIC AWARDS tuvo su primera edición a principios del 2008. Empezó de manera bastante casual en una lista de correo con colegas y mira, a lo tonto a lo tonto resulta que he llegado hasta el 2018. Lo que significa que toca décimo aniversario del asunto. No soy nada de efemérides, la verdad, de modo que mi manera de celebrar los 10 años de PAMUNDI MUSIC AWARDS va a consistir en hacer lo de siempre, que para lo que cobro ya es bastante.

Aún así, he de reconocer que me sorprende no haberme cansado aún de esto, una década después. Seguir encontrando divertido hacer algo tan rimbombante, que me da tanta faena y que a la vez tiene un interés tan relativo salvo para cuatro amigos cercanos. Pero es que, de verdad, me lo paso cañón cazando reseñas de discos potencialmente interesantes (para mí); usando la aplicación Shazam para identificar al vuelo un estribillo que se me engancha en el hilo musical de una tienda; dejando que Spotify me sugiera nuevos artistas afines a mis gustos; y luego filtrando toda esa ingente cantidad de información, escuchando cada álbum una y otra vez mientras trabajo o hago otras cosas, y puntuándolo en un excel, tema por tema (y aplicando luego un factor corrector por el conjunto del álbum, porque las más de las veces una obra musical es mejor o peor que la simple suma de sus canciones). Es un proceso que me obliga a estar pendiente, a consumir mucha música que de otro modo dejaría pasar por pura pereza; y cada año descubro cosas que me dejan del revés, me maravillan o me enamoran (y, si estoy realmente de suerte, las tres cosas a la vez).

BROCKHAMPTON, una de las sorpresas más refrescantes del 2017.

Sobre esta edición en concreto de los PAMUNDI MUSIC AWARDS tengo que decir que posiblemente sea mi favorita hasta la fecha; no porque la presente cosecha de discos y tonadas me parezca superior a las anteriores (objetivamente hablando, no lo es), sino porque me parece que tanto la lista de los 20 Discazos como la de las 70 Tonadas son las más “genuinamente mías” que he elaborado nunca. Esta vez, quizás porque me puse más tarde que de costumbre, no me fijé en otras listas de “lo mejor del año”, de esas que te acaban influyendo aunque no quieras. Decidí mis rankings sin tener ni idea de cuál había sido el disco “top” del 2017 según Pitchfork, Popmatters, Consequence of Sound, The Needle Drop, Hipersónica ni las demás webs-gurú de las que suelo alimentarme. Me limité a escuchar una mezcla de lo que me interesaba de salida, más lo que tenía buenas críticas, y elaboré un listado, creo, bastante “puro”, centrado en mis gustos y punto. Igual esa es la razón de que, por primera vez desde que hago esto, mi disco favorito haya acabado siendo uno nacional, y además uno que bebe de un género tan ignoto para mí como el flamenco. O no… porque justo a pocos días de decidir el ranking definitivo, leí que ese mismo disco había arrasado entre buena parte de los medios y el público especializado. Hay que joderse. No soy original ni cuando lo intento. Ay Pamundi, puto hipster…

2017 ha sido un año de muchísimas e inesperadas decepciones musicales: Future Islands, The War on Drugs y Japandroids han facturado discos cuquis y punto. ¡Viva! es lo más calculado y autocomplaciente que han publicado jamás Los Punsetes, letras de impacto fácil y melodías que suenan a versiones peores de sus propios clásicos (Tu puto grupo, por ejemplo, es una especie de relectura de Opinión de mierda, pero bastante más inofensiva). The National, con los experimentos guitarreros de Sleep Well Beast, a la búsqueda de una frescura que yo no era consciente de que hubiesen perdido (al parecer, ellos sí), dejan cierta sensación de que costará verles reeditar algún día la inspiración de High Violet, un trabajo cuyo impacto se me antoja, cada vez más, como fruto de un momento muy concreto de la carrera y la vida de Matt Berninger y compañía (también de mi vida: las canciones de High Violet parecían interpelarme directamente, cosa que no me ha vuelto a ocurrir con ellos). Rostam (ex-Vampire Weekend que el año pasado sacó un disco sensacional a medias con Hamilton Leithauser, vocalista de The Walkmen) ha editado una voluntariosa pero fallida colección de semi-singles que, más que cantados, parecen maullados por un gato al que le estuviesen haciendo cosquillas en las pelotas. El retorno de RIDE se ha quedado en un ejercicio de nostalgia que me ha servido para bailar un par de singles mientras me acordaba de lo buenos que eran en la época de Nowhere y Going Blank Again. The Magnetic Fields han intentado repetir con 50 Song Memoir lo que ya de salida era claramente imposible de repetir (la obra maestra 69 Love Songs), y a Stephen Merritt le ha quedado un falso disco conceptual de cincuenta canciones al que le sobran veinticinco (las 25 que no sobran son estupendas, ojo). Arcade Fire, empecinados, como en Reflektor, en intentar ser lo que no son (y no son un grupo de dance-rock), han añadido a su catálogo el innecesario Everything Now, un petardo sobreproducido, escaso de estribillos destacables y pedante incluso para sus estándares (la canción en la que se citan a sí mismos, explicando que la escucha de su primer álbum salvó del suicidio a una chica, es una de las mayores mierdas auto-indulgentes que he escuchado jamás).

Arcade Fire buscando el norte perdido.

¿Significa eso que el 2017 ha sido un año de música mediocre? Ni de coña. Significa que el hueco dejado por todas esas decepciones ha sido ocupado con creces por otras propuestas, más desconocidas para mí, pero estupendas. BROCKHAMPTON me han tenido hip-hopeando por casa arriba y abajo unas cuantas tardes, con las tres entregas de Saturation cada una más eléctrizante que la anterior. Aldous Harding me ha enamorado con su folk para días lluviosos y ese timbre de voz que parece romperse para acabar rompiéndote a ti. La experimentación al límite de Ex Eye y Bell Witch me ha encogido el corazón: los primeros mezclando sus sonidos endemoniados con los latigazos de saxo jazzístico de Colin Stetson (magistral, as always), los segundos cascándose una ópera post-doom-metal (o lo que sea) compuesta por un único tema de 83 minutos de duración que, como leí por ahí “Hay que escuchar al menos una vez en la vida” (yo lo he escuchado unas cuantas, y no me canso). Blanck Mass me ha proporcionado la alegría del año: Benjamin John Power, una de las dos mitades de mis adorados Fuck Buttons saca disco en solitario, un fiestón de drone expansivo absolutamente brutal (¿Habéis escuchado esa salvajada titulada Rhesus Negative? ¿LA HABÉIS ESCUCHADO?), y encima me entero de que el duo se ha reunido de nuevo y ya trabaja en su cuarto álbum. ¡Ole!

Para completar la foto, ahí van unos cuantos favoritos emocionales que si han mantenido el tipo: Ariel Pink (cada vez más marciano y más incapaz de componer un disco que baje del notable alto), St. Vincent, Mogwai, Perfume Genius… y King Gizzard & The Lizard Wizard, que merecen mención aparte: no satisfechos con su Nonagon Infinity del curso pasado (un festival psicodélico que se podía escuchar en loop interminable) han publicado CINCO PUTOS DISCOS a lo largo del 2017, cuatro de ellos muy buenos y uno excelente (Flying Microtonal Banana, que ha entrado en la lista), dando así una nueva dimensión a la expresión “ir sobrados”. También están los que han vuelto del semi-retiro en un estado de forma primoroso, como Slowdive, que nos han mecido y acurrucado una vez más con su shoegazing cósmico, igual que si estuviésemos en 1995; o los incombustibles Sparks (46 años hace ya que los hermanos Mael debutaron, bajo el nombre de Halfnelson) con las efervescentes pildorillas de pop cabaretero que forman el divertidísimo Hippopotamus; o los LCD Soundsystem de James Murphy, renovando la herencia musical de Bowie con American Dream, clase maestra de ritmos contundentes y letras demoledoras sobre la decepción y los finales traumáticos (tal como está el panorama musical, no nos podemos permitir que alguien de su talento se tire otros siete años entre álbum y álbum).

Encuentros con LCD Soundsystem en la tercera fase.

Y en la cima de la lista, el sorpresón antes apuntado: Los Ángeles, de la cantaora catalana de 24 años Rosalía, una obra de arte que ha hecho saltar por los aires todos mis esquemas mentales. Cante jondo-folk-pop de un minimalismo prístino, apabullante en su desnudez, con acumulación de tiempos lentos y letras sobre la muerte. Música a contracorriente, para escuchar de manera pausada en un mundo sin paciencia, con tendencia al fast-forward. Decir que es escalofriante no le hace justicia. Es el único disco del 2017 que ha logrado hacerme saltar las lágrimas. Me parece de traca la polémica en la que se ha pretendido meter a Rosalía desde algunos sectores de la crítica, acusándola de impostora por el simple pecado de ser joven y haberse convertido en una sensación, cuando al parecer hay tantos artistas de flamenco “genuinos” que siguen siendo desconocidos. Bueno, yo soy uno de esos fans de nuevo cuño que apenas había prestado atención a las coplas, las seguidillas y compañía, hasta que grupos como Los Planetas o Lagartija Nick empezaron a mezclar esa música con el indie-pop y nos enseñaron que todos los sonidos son compatibles y vienen de sitios muy parecidos.

Rosalía: cuando resulta que lo más rompedor es volver a lo más clásico.

Quizás sí, quizás soy un advenedizo, pero el caso es que el disco de Rosalía, que empecé a escuchar de casualidad (por una reproducción aleatoria del videoclip del single De plata en You Tube), me dejó pasmado; y poner en solfa a una artista por tomar un poso estilístico (en el que casi nadie se fijaba, no jodamos), jugar con él en su caja de arena y renovarlo (con resultados, además, despampanantes) me parece tan ridículo como si acusáramos de apropiación cultural a los westerns de Sergio Leone, por decir algo. En los 80, Dan Aykroyd y John Belushi fueron masacrados por varios popes del blues de toda la vida, pero lo cierto es que probablemente la banda sonora de Granujas a todo ritmo haya metido a más gente el gusanillo del blues en el cuerpo que ningún otro álbum de los últimos 40 años. Es decir que, sinceramente, creo que no hay debate; y si lo hay, me parece un rollo de debate.

¿Que Rosalía es una artista aupada por las élites de la cultura alternativa? Pues oye, igual sí, pero me pregunto por qué nadie arquea una ceja cuando esas mismas élites aúpan a Tame Impala, The War on Drugs o Joanna Newsom. ¿Que hacerse ahora de pronto fan del flamenco es pose? Mmmm, no lo sé; en principio, a corto plazo no tengo pensado ponerme a escuchar a La niña de los peines. Yo de flamenco sé lo mismo que de música africana (o sea, más bien cero), pero eso nunca me ha impedido emocionarme con las canciones de The tUnE-yArDs o del Paul Simon de Graceland. ¿Cuál es el puñetero problema? Los Ángeles me parece un disco de la hostia, así de simple; y me lo parece porque me recuerda a muchas cosas que ya me gustaban antes, desde Lisa Gerrard hasta Sharon Van Etten, Bon Iver, Sufjan Stevens o incluso Neutral Milk Hotel. Para mí es la misma intensidad, y los pelos que se me ponen de punta son los mismos. De verdad: dadle una oportunidad, sin prejuicios; y luego, si no os entra, pues no os entra.

Y eso es todo lo que tengo que decir a modo de resumen de mi año musical. En total, el 2017 me ha deparado la escucha de 249 álbumes. Tras la criba de rigor, el resultado final son las habituales listas de los 20 Discazos y las 70 Tonadas. En los enlaces lo teneis todo. A pasarla buena.

PAMUNDI MUSIC AWARDS 2017: LOS 20 DISCAZOS

PAMUNDI MUSIC AWARDS 2017: LAS 70 TONADAS

Pamundi Music Awards 2016 / Los 20 Discazos

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Pues venga, vamos con el solomillo de los Pamundi Music Awards. Tal como explicaba en la intro de mi artículo resumen del año, los siguientes 20 álbumes pintan un fresco mucho más benévolo y agradable de lo que ha sido en realidad el 2016. Parece difícil de creer que totems como P.J. Harvey (The Hope Six Demolition Project), Radiohead (A Moon Shaped Pool), M83 (Junk) o MIA (AIM) hayan editado trabajos nuevos y ninguno de ellos haya logrado colarse en la lista. Kendrick Lamar tampoco, cierto, pero en su descargo hay que decir que Untitled Unmastered no pretendía competir con nadie: es un simple recopilatorio de demos y descartes, y resulta normal que suene un tanto deslavazado y sin pulir (pese a lo cual sigue, siendo mejor que todos los anteriores que he citado juntos; de hecho, éste sí que llegó hasta la fase final para entrar en el Top 20).

Por segundo año consecutivo, un único representante español en la lista: Triángulo de amor bizarro (el curso pasado fueron Hazte lapón). La música de aquí, salvo excepciones, sigue dándome las alegrías justas. ¿Discos que “no están mal”? Muchos: los de Manel, Juventud Juché, El último vecino, Los ganglios, Las bistecs, El Palacio de Linares… ¿Discos que me hagan saltar los plomos? Pues eso… Triángulo de amor bizarro y para de contar. A ver si la cosecha del 2017 es más propicia. Vuelven Los Punsetes, y eso suele ser un buen síntoma.

TOTAL, que aquí abajo tenéis la lista de los 20 Discazos, y en este enlace la de Las 70 Tonadas.

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20

The 1975

I Like It When You Sleep, for You Are So Beautiful Yet So Unaware of It

 

 

 

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19

Ngaiire

Blastoma

 

 

 

 

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18

Anohni

Hopelessness

 

 

 

 

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17

Cymbals Eat Guitars

Pretty Years

 

 

 

 

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16

Underworld

Barbara Barbara, We Face a Shining Future

 

 

 

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15

King Gizzard and the Lizard Wizard

Nonagon Infinity

 

 

 

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14

Triángulo de amor bizarro

Salve discordia

 

 

 

 

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13

Pinegrove

Cardinal

 

 

 

 

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12

The Avalanches

Wildflower

 

 

 

 

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11

Jenny Hval

Blood Bitch

 

 

 

 

10-jeff-rosenstock-worry?w=600

10

Jeff Rosenstock

Worry

 

 

 

 

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9

Minor Victories

Minor Victories

 

 

 

 

8-kate-tempest-let-them-eat-chaos?w=600

8

Kate Tempest

Let Them Eat Chaos

 

 

 

 

7-preoccupations-preoccupations?w=600

7

Preoccupations

Preoccupations

 

 

 

 

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6

Beyoncé

Lemonade

 

 

 

 

5-swans-v1?w=600

5

Swans

The Glowing Man

 

 

 

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4

Angel Olsen

My Woman

 

 

 

 

3-car-seat-headrest-teens-of-denial?w=600

3

Car Seat Headrest

Teens of Denial

 

 

 

 

2-a-tribe-called-quest-we-got-it-from-here-thank-you-4-your-service?w=600

2

A Tribe Called Quest

We Got It From Here… Thank You 4 Your Service

 

 

 

1-david-bowie-blackstar?w=600

1

David Bowie

Blackstar

PAMUNDI MUSIC AWARDS 2016 / El artículo

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Muy buenas tardes a todos, y bienvenidos a otra edición de los Pamundi Music Awards, un cachondo ejercicio anual de pedagogía melómana con el que intento iluminar a toda esa masa de vecinos de Matrix que han nacido con una oreja enfrente de la otra. Gente incapaz de diferenciar en primera escucha All You Need Is Love de un mono tití tocando el xilofón. Fans de Vetusta Morla, de Kings of Leon y de los representantes españoles en Eurovisión (tres colectivos cuya tragedia es que, en cuestión de mal gusto, se encuentran a menos distancia de lo que creen). Personas, en definitiva, más vacías por dentro que el hombre de hojalata de El mago de Oz, necesitadas urgentemente de alguien que les de un abrazo virtual y les descubra, para variar, algo de música con sentido y sensibilidad. Tranquilos, respirad, ya se pasa. Aquí estoy yo. Os traigo el CRITERIO.

Antes de empezar, un inciso: el año pasado pudo parecer que los Pamundi Music Awards evolucionaban desde el artículo escrito hacia el más vistoso formato de videotocho; y sin embargo aquí estoy otra vez, juntando letras. ¿A qué se debe este paso atrás, este retorno a los orígenes? Pues en parte a la falta de tiempo (escribir es algo que me sale solo, mientras que preparar dos vídeos de media hora me supone un trabajo de chinos), pero sobre todo, para qué negarlo, a la cantidad de problemas que acostumbra a poner You Tube a la hora de dejarte emitir pequeños insertos musicales de los álbumes y canciones que vas mencionando. Nunca me lo había planteado, pero ahora entiendo por qué, por ejemplo, en las videoreseñas de Anthony Fantano (en su canal The Needle Drop) nunca suena la música de la que está hablando. Me parece hasta cierto punto lógico que así sea (los derechos de autor y tal), pero yo hago esto para divertirme, no para sacar un duro, y los videotochos del año pasado me dieron tal nivel de quebraderos de cabeza (tuve que subirlos varias veces, y aún así uno de ellos sigue sin poder reproducirse en dispositivos móviles) que no tengo las más mínimas ganas de repetir en esta ocasión. El año que viene por estas fechas ya veremos.

En los vídeos del año pasado, por cierto, cometí un error de bulto: anuncíe que la presente entrega marcaría el décimo aniversario de los Pamundi Music Awards, y resulta que no. Tras bucear en la lista de correo donde en su día empecé esta chorrada, que con el tiempo se ha convertido en una de mis tonterías favoritas del año, he podido comprobar que la primera edición fue la del 2008. O sea, que la número X será la próxima (menos mal que no llegué a encargar la tarta).

Y ahora sí, vamos con el resumen pormenorizado del 2016 a nivel de tariaro-riaros, lariro-riros y chumba-chumbas:

MI 2016 MUSICAL: MUCHO RUIDO, LAS NUECES JUSTAS
Posiblemente éste haya sido el curso musicalmente más mediocre desde que los Pamundi Music Awards existen. En ninguna edición anterior había tenido tantos problemas para juntar 20 discazos y 70 tonadas de artistas distintos que mereciesen conformar lo mejor del año anterior. Todo el mundo coincide en que el 2016 fue un annus horribilis en numerosos aspectos, así que sumar a eso una oferta musical más bien pobre parece casi normal; y no creo que el haber escuchado bastantes menos álbumes esta vez (unos 220 en total, muy lejos de los más de 300 de las últimas dos ediciones) me haya hecho perderme joyas ocultas, sino más bien al contrario: llegado cierto momento, incluso, empecé a tener la sensación de que cada nuevo disco al que prestaba los oídos hacía bajar aún más la nota media y aumentaba mi mala gaita, así que decidí parar y centrarme en re-escuchar con mayor atención lo que sí me había hecho tilín.

Los principales sucesos musicales del año, de hecho, no tuvieron tanto que ver con la edición de ningún álbum como con fallecimientos ilustres: David Bowie, Prince, Leonard Cohen, George Michael, Rick Parfitt, Glenn Frey, Phife Dawg… eso marcó y restó importancia a todo lo demás, aunque en el caso de un artista total como Bowie, el proceso de morir le sirviera de combustible para dar a luz Blackstar, uno de los trabajos más despampanantes, crudos y auténticos de una discografía que pocas veces ha dejado de asombrar. Siete canciones que son verdaderos puzzles sonoros, mezcla de jazz, electrónica industrial, hip hop y lo que le echasen, y con unas letras tan escalofriantes como arcanas (referencias al paganismo, a la bisexualidad, estrofas cantadas en nadsat…), en las que Bowie acepta su “polvo al polvo” y lo interpreta como un proceso de transformación que lo convertirá en un ser eterno. Ante un fin de carrera así de apabullante, es difícil llevarle la contraria.

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Lo normal es que una obra como Blackstar, un disco sobre la muerte compuesto por alguien que se está muriendo a toda castaña, hiciera palidecer a cualquier otro álbum conceptual “basado en experiencias personales” que se editase a lo largo del año, y eso es justo lo que me pasó con el The Life of Pablo de Kanye West, un talento natural que sigue pariendo singles descomunales (Famous, Ultralight Beam…), pero cuyas letras autobiográficas sobre “el precio de la fama” llevan ya unos cuantos discos sonándome a murga de pobre chico rico.

En cambio, Beyoncé tiró por los mismos derroteros con Lemonade y triunfó en toda regla (otra vez; y ya van…). Una producción alucinante y unas canciones que esquivan a conciencia el estribillo-chicle para erigirse en un todo narrativo, un alegato confesional sobre la infidelidad vista desde la perspectiva de quien la sufre, y todo ello ilustrado por una película-videoclip de una hora de duración que convierte el set-list en su obra más ambiciosa hasta la fecha (y no me atrevo a decir que sea la mejor porque me faltan algunas escuchas comparadas). Beyoncé ya contaba con unas cuantas canciones dramón sobre sus tira y afloja con Jay-Z, pero Lemonade (cuyo título, al parecer, referencia a su propia abuela, que solía decir aquello de “si la vida te da limones…”) narra una sucesión de vivencias tan íntimas y descarnadas que incluso resultan incómodas de escuchar. O lo resultarían, si no se apoyaran en bombazos de la rotundidad de Formation, Sorry, Hold Up o Freedom, y en ese vozarrón que es en sí mismo un instrumento musical intratable. Si los 50 fueron de Elvis y los 60 de los Beatles, de momento el siglo XXI es incontestablemente de Beyoncé. Sigue ahí arriba, a la sombra de nadie.

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El diamante inesperado de año, para mí, fue de largo el We Got It From Here… Thank You 4 Your Service de los veteranísimos (empezaron en esto a mediados de los 80) A Tribe Called Quest. Un comeback/despedida deslumbrante, una especie de compendio de 30 años de hip hop que encadena lecciones de mojo y sartenazos políticos casi sin pausa, y al que aún cabe dar más mérito teniendo en cuenta que Phife Dawg, uno de los miembros fundamentales de la banda, murió cuando todavía quedaban canciones a medio componer. Posiblemente el disco del 2016 que más he escuchado, y con el que más he dado palmas mientras seguía el ritmo.

En un momento de crisis profundísima del indie rock (el intento de revival de los 90 no está colando, y el de los 80 es ya como un meme), aparecieron Car Seat Headrest, una banda a la que yo llevaba 12 discos sin hacer ni puñetero caso, y con el rabiosamente adictivo Teens of Denial se las ingeniaron para volver a enamorarme de las guitarras lo-fi, las melodías gritadas, los crescendos arrebatados y el espíritu “vamos a improvisar un estribillo a ver qué nos sale”. Me costó horrores elegir qué canción de este álbum incluir en la lista de las 70 Tonadas: lo de que no tienen una mala sonará a frase tópica, pero pocas veces me ha parecido más cierto.

Con que Angel Olsen hubiese igualado los registros de su anterior Burn Your Fire for no Witness yo ya me habría dado por contento, pero My Woman no es que supere dicho listón, es que lo pulveriza. Mucho más variado a nivel sonoro pero a la vez mucho más cohesionado, y lleno de unos matices vocales que hasta ahora Olsen no había explorado, o bien yo no había sabido detectar (me parecen brutales sus cambios de tono, del susurro y la fragilidad a la intensidad más dolorosa, en temas como Never Be Mine o sobre todo Shut Up Kiss Me). Siempre había visto a la de St. Louis como una especie de “mini Sharon Van Etten” y ahora en cambio, si me hicieran elegir entre las dos no sabría con cual quedarme. Así de bueno me parece My Woman.

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Swans cerraron de manera brillante la trilogía iniciada con The Seer (2012) y seguida con To Be Kind (2014). The Glowing Man es más pausado, más orgánico y menos inmediato que aquellos, motivo por el cual (supongo) decepcionó a algunos fans y críticos, aunque a mí me parece que tiene simplemente un 5% menos de obra maestra que los dos anteriores. Además considero fantástico que, en lugar de poner en piloto automático la máquina de hacer ruido, hayan vuelto a salirse de lo que todo el mundo esperaba, intercambiado la contundencia de apisonadora por sutileza (aún así, temas como Frankie M o el que da título al álbum me ponen el pelo para atrás igual que cualquiera de The Seer). Michael Gira ha confirmado que este disco cierra la actual etapa de Swans, que desaparecen como tales para reformularse en otra cosa; si los fans no supiéramos de lo que son capaces hagan lo que hagan, estaríamos preocupados.

El resto del frente guitarrero supuso una pedrea de errores y aciertos: los Pixies lograron esta vez esquivar el ridículo pero no el cansinismo con Head Carrier, un nuevo manchurrón en lo que hasta Trompe Le Monde había sido una discografía incomparablemente impoluta (nunca pensé que diría esto de ellos… pero me tienen hasta las pelotas). Viet Cong se rebautizaron como Preoccupations (a los gilipollas les ofendía su anterior nombre) y sacaron un álbum homónimo en el que siguieron picando piedra para convertirse en una de las mejores bandas de post-punk del planeta. Los australianos King Gizzard and the Lizard Wizard dejaron de parecerme una extravagancia gracias a Nonagon Infinity, cañonazo desarmante de psicodelia al límite (tan al límite, que el último tema del álbum ni siquiera se cierra, sino que acaba de modo que encadena perfectamente con el inicio del primero y permite seguirlo escuchando en un loop infinito). Cymbals Eat Guitars consiguieron por fin, a la cuarta, un disco al que no se le puede poner un solo inconveniente (Pretty Years). Aparte de ellos, otros artistas como Pinegrove, Minor Victories (“supergrupo” formado por Stuart Braithwaite de Mogwai, Justin Lockey de Editors y Rachel Goswell, la vocalista de Slowdive), Jeff Rosenstock o Triángulo de amor bizarro también colaboraron a dignificar el estruendo eléctrico desde prismas muy diferentes.

The 1975 supusieron el “placer culpable del año”, con un disco que sí, será demasiado largo, demasiado accesible, demasiado copión y demasiado pedante (ese título…) pero tiene media docena de estribillos que te hacen levantar la bandera blanca. Las acusaciones de que son una especie de boy band con guitarra, bajo y batería suenan ridículas cuando pones la oreja atenta y descubres cosas tan marcianas como Paris, un hitazo de synth-pop de radiofórmula con una descorazonadora letra sobre la adicción a la heroína. Gustarán más o menos, pero van en serio; y la intro de Love Me no puede ser más molona ni darme más ganas de ponerme a bailar en moonwalk.

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Por el flanco de la electrónica, The Avalanches publicaron de una puñetera vez su segundo larga duración, Wildflower, “sólo” década y media después de su debut. Lo hicieron en medio de unas expectativas tan imposiblemente infladas por ver cómo continuaban el legado del imprescindible Since I Left You, que a la vez decepcionaron y maravillaron (aunque las partes de su disco que no me gustan se las perdono, y en cambio las que me gustan me parecen enormes). Jenny Hval armó con Blood Bitch su disco más compacto y fácil de escuchar, sin sacrificar por ello ni un gramo de hipnotismo fantasmagórico ni querencia por lo bizarro (no podría ser de otro modo, en una obra que mezcla menciones al vampirismo, la menstruación y Virginia Woolf). Underworld dieron un golpe sobre la mesa con Barbara Barbara, We Face a Shining Future, para anunciar que quizás ya no sean tan relevantes en el panorama del techno actual como lo eran en el de hace 20 años, pero que en lo fundamental (las canciones) siguen sonando igual de bien.

En un año lleno de divas que en general me produjeron la mayor de las indiferencias (los nuevos trabajos de Lady Gaga, Rihanna, Ariana Grande y, sí, lo siento, también el aclamado A Seat at the Table de Solange, me han aburrido cosa mala, más allá de algún que otro single), apareció de repente Ngaiire, una cantante de Papúa Nueva Guinea en la que no se fijaba nadie (y, por desgracia, sigue sin fijarse demasiada gente fuera del circuito australiano), y nos regaló Blastoma, toda una explosión de frescura, energía y colorido. Pop comercial inteligente y bien ejecutado.

PJ Harvey, ANOHNI (antes Anthony and the Johnsons) y Kate Tempest aportaron los tres álbumes más llamativos en cuanto a activismo político. A Polly Jean, The Hope Six Demolition Project le quedó poco cocido (no es un mal disco, pero sí es la primera vez que publica algo que me deja frío). A ANOHNI, su Hopelessness le salió rarísimo, con unas letras directas, explícitas y desprovistas de toda ironía que en algunos casos brillan (Drone Bomb Me es posiblemente la canción con la letra mas putamente ama del año), mientras que en otros caen un tanto en la autoparodia involuntaria (Obama parece una jota cantada por un tenor borracho). La que salió mejor parada de las tres fue sin duda Kate Tempest: los lisérgicos, lúcidos y ásperos recitados de Let Them Eat Chaos son un directo a la mandíbula de una sociedad occidental (sobre todo la británica, aunque temas como Europe is Lost nos tocan a todos) que cada vez se asemeja más a un mal episodio de Black Mirror.

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Entre los discos notables que no han pasado el corte de los Pamundi Music Awards 2016 me gustaría destacar, por especiales y diferentes, el Splendor & Misery de clipping., historia de ciencia-ficción narrada en clave de hip hop fraseado a mil por hora, con tal nivel de detalle técnico que casi parece una aventura del juego de rol Traveller (una ida de olla algo dura de escuchar de punta a cabo, pero al mismo tiempo fascinante); el The Wilderness de Explosions in the Sky, que por momentos (bastantes) reverdece aquella capacidad para transportarte a lugares cálidos y mulliditos que tenían cuando editaban maravillas como The Earth Is Not a Cold Dead Place; o el punk-pop vitamínico de Alice Bag, leyenda de la escena chicana que ha tenido que esperar hasta los cincuenta y muchos años para poder reivindicarse como solista, y lo ha hecho con un trabajo que mezcla energía, activismo, oficio y emoción a partes iguales (Inesperado adios, el baladón mariachi de cierre, pone los pelos de punta).

Y eso, básicamente, es lo que me ha cundido el 2016 en cuanto a música. Sin embargo y como de costumbre, mucho más elocuentes que cualquier artículo que os pueda escribir al respecto son mis ya habituales listas de Los 20 mejores discazos y las 70 mejores tonadas del año. Así que si os parece bien, dejémonos de parrafadas y démosles un repaso en los dos siguientes posts:

Los 20 mejores Discazos del 2016

Las 70 mejores Tonadas del 2016

CRÓNICA DEL PRIMAVERA SOUND 2016 (2 de 2)

Cohet

PARA LEER LA PRIMERA PARTE DE ESTA CRÓNICA PINCHA AQUÍ

Viernes
El único espacio de conciertos del Parc del Forum que aún no había visitado en ninguna edición del Primavera Sound era el Auditori Rockdelux, así que al llegar al recinto me dejo arrastrar por unos amigos que quieren ver allí a Robert Forster (mientras caminamos, se oyen de fondo los desgañitamientos post-punk de la cantante de Savages, que originalmente eran mi primera opción para este hueco horario). No se puede negar que al Auditori Rockdelux le pega bien lo de “marco incomparable”: buena sonoridad, escenario cuco, oscuridad limpia, butacones comodísimos… el entorno ideal para disfrutar del cancionero del que fuera líder de The Go-Betweens, banda seminal del indie rock ochentero que es uno de mis lunares más flagrantes: sólo la conozco a través de singles en CDs recopilatorios de cuando me compraba la Rockdelux. He de decir que jamás escuché tampoco una canción suya que no me pareciese especial, y esta vez no es una excepción. Forster y su banda repasan el ayer y el hoy con una ejecución exquisita, de terciopelo. Acabamos todos de pie aplaudiendo a rabiar. Alguien me comenta “Todas las canciones del mundo mejoran con un violín”, y yo sólo puedo darle la razón. Salgo con la firme promesa mental de bucear más a fondo en la música de Forster (lo estoy haciendo mientras escribo esto). El PS también sirve para hacerle a uno menos ignorante.

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Robert Forster. La vida después de The Go-Betweens.

En otra de esas decisiones que le hacen a uno sangrar por los oídos, opto por picarme a Radiohead en favor de un sitio de privilegio para The Last Shadow Puppets. ¿Por qué? Pues porque Alex Turner me cae muy bien y porque a Radiohead los he visto ya tres veces, y en las tres ocasiones me han parecido una de esas bandas que no tocan para el público sino para sí mismas. Fijo que desde la primera línea debe de ser un concierto para vibrarlo muy fuerte, con “himnos bajoneros” del nivelazo de Karma Police, Paranoid Android o The National Anthem. En cambio, sentado a un centenar de metros de la pantalla gigante mientras me zampo unos noodles (ay, los noodles de tenderete: uno de mis rituales del Primavera Sound), las evoluciones sonoras de los autores de OK Computer y Kid A me llegan apagadas, como si fueran versiones indie de cantos gregorianos. Aún así, cuando cierran el espectáculo con la inesperada Creep (ya casi nunca la tocan en vivo) y todo quisque hasta donde alcanza la vista, incluyendo a los que hacen cola en las barras para pillar bebida, se pone a corear eso de “What the hell I’m doing here? I don’t belong here”, a mí también se me ponen los pelos de punta y me queda clarinete que acabo de asistir a la que seguramente vaya a ser la instantánea más mitificada por todas las crónicas del festival.

The Last Shadow Puppets: quien más quien menos entiende a esta banda como el proyecto secundario de Alex Turner, el divertimento con el que se quita de encima el estrés por ser el líder de los Arctic Monkeys. Desde luego, la calidad de ambos cancioneros no es comparable, pero si hablamos de cuál de las dos formaciones tiene mejores tablas, cuidado. The Last Shadow Puppets trocan el concepto de stadium band en una cosa mucho más gamberra, espontánea y… sí, divertida. La complicidad entre Turner y su colega de correrías Miles Kane es total, hasta incluso convertirse en tensión sexual descarada (gritos de “¡Iros a un hotel!” entre el público, cada vez que el uno se contornea enfrente del otro o que ambos pegan frente contra frente mientras cantan mirándose libidinosamente). Kane es el sostén musical, el que mantiene en marcha la energía y la cadencia del concierto. Turner es el provocador apayasado y divo (posturitas de kárate, bailes espasmódicos, intentos de hablar español que se quedan en un psicotrónico “Buenas noches Primavera grasies porfavor”…). Ambos son necesarios, la combinación funciona de perlas y el show se convierte en una lección de rock sudoroso la mar de vitamínica, que maquilla sus composiciones más pedestres (Everything You’ve Come to Expect, Bad Habits) y convierte en momentazos insuperables las más inspiradas (The Age of the Understatement, Aviation). Estos dos pájaros deben de follar mucho, y viéndoles desde luego dan ganas de follárselos.

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The Last Shadow Puppets: Alex and Miles in love.

A media hora de que empiece el concierto de The Avalanches no hay mucha gente en esa especie de cuenco/anfiteatro que se abre ante el escenario Ray-Ban, lo cuál me permite colarme hasta casi la primera fila, oye qué bien. En cambio, sólo diez minutos más tarde ya estamos a reventar (supongo que van llegando todos los que estaban viendo a Kiasmos y Beach House). Ya me extrañaba a mí tanta tranquilidad: el concierto de The Avalanches (o sea, Tony Di Blasi y Robbie Chatter) pasa por ser uno de los que más pone los dientes largos de todo el cartel. Los australianos sólo han publicado un disco en dos décadas de existencia (Since I Left You), pero se trata de una obra tan seminal del electropop bizarre y robaperas (incluye más de 3000 sampleos, según cuenta la leyenda), que les ha bastado para mantener su carrera a flote. Se rumorea que en el concierto van a estrenar temas de su “difficult second album”, que llevan grabando y regrabando desde hace cinco años (los Stone Roses de la electrónica, sí). O sea, las expectativas están imposiblemente altas. Quizás por eso el sopapo de realidad que todos nos llevamos es tan desconcertante. ¿Decepción? Bueno, no exactamente, porque en lo musical el asunto raya a buen nivel y no paramos de bailar en una hora, pero lo que ocurre ante nuestros ojos tiene mucho más de sesión de DJ con la electro-hormigonera en piloto automático (algunas transiciones un poco a machete, algunos mixes que funcionan sólo a medias…) que del conciertazo que esperábamos los fans. Un descomunal error de cálculo, vamos. A los dos músicos tampoco les ayuda a ganar amigos su actitud en plan “¿Cuánto nos van a pagar por esto?”, un pasotismo teatral que nadie acaba de entender: Di Blasi aún parece implicado en que aquello funcione, pero Chatter se limita a darle al play y se tira toda la actuación paseándose, contándole chistecitos al oído a su compinche y bebiendo a morro de una botella de champán. En cuanto a los temas nuevos, que efectivamente pinchan… pues eso, pinchan. Sinceramente, cuando saquen el disco que me avisen. Hasta entonces, que se acuesten.

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The Avalanches. Freud on the dance floor.

Sábado
La jornada de cierre del PS 2016 se presenta como la más peliaguda para mí, con un toma y daca bastante killer entre los dos escenarios principales. Básicamente se trata de decidir entre la opción “A”, que consiste en ver a Manel + Deerhunter en buena posición y a Brian Wilson + PJ Harvey de lejos, o la opción “B”, que es justo la contraria. Como no tengo claro por dónde tirar, acabo optando por una tercera vía, que consiste en empezar con U.S. Girls en la otra punta del recinto (escenario Adidas Originals) y a partir de ahí improvisar. Meghan Remy me parece una compositora con un ángel especial para crear perlas de retro-pop electrónico que a la vez funcionan como soflamas feministas cargadas de vitriolo (sobre todo en Half Free, su trabajo más reciente). Sin embargo, el concierto reduce todo eso a una caricatura. Acompañada únicamente por una “esbirra” que le hace los coros y las segundas voces, la tía se limita a poner una cinta con sus canciones y nos castiga con un karaoke sin la menor garra ni carisma, llevando la actitud desdeñosa hasta un punto en el que deja de ser divertida y cae en lo cargante (canta mirando a la nada y con permanente cara de “que os follen”). El público parece captar la indirecta, porque a mi alrededor todo el mundo está hablando o mirando el móvil. El nivel de atención sólo aumenta un poco cuando ataca el single Damn that Valley, algo que por suerte ocurre durante el primer tercio de su actuación. Le aguanto 20 minutos que me parecen bastante representativos de lo que les espera a quienes se queden hasta el final, y me piro a ver a Manel, que en apenas media hora y gracias a temazos como Teresa Rampell o Sabotatge me hacen olvidar por completo el desaguisado de U.S. Girls. Estos cuatro barceloneses son tan buenos en lo suyo (y lo suyo es un pop-folk impecable, fresco y lúdico) que ni siquiera les hace falta esforzarse bajo un sol de justicia para dejar encandilado a su público.

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Pst, Manel, que ve l’amor!

El haberme quedado a ver a Manel significa que me va a tocar seguir a Brian Wilson en el escenario de enfrente desde el quinto pino. No me preocupa mucho porque a sus 73 añazos llenos de achaques dudo que al líder de los Beach Boys le dé por ponerse a hacer el pogo. Más bien hará lo de siempre en esta etapa final de su carrera: quedarse pegado al piano e intentar no desafinar demasiado. El concierto se centra en celebrar el quincuagésimo aniversario de la publicación de Pet Sounds, una de las más maravillosas obras de orfebre que dio la música pop del siglo XX, así que nadie duda de que el setlist va a ser portentoso. Lo que sí genera dudas, y muchas, es el desempeño del que será capaz Wilson, si le quedarán voz y energía suficientes como para sostener un concierto entero por sí mismo. En efecto, el arranque con un Wouldn’t It Be Nice estridente y desangelado hace presagiar que voy a pasarlo mal. Al final de la canción Wilson ya se está excusando con un “intentaré cantar lo mejor que pueda”. A los tres temas la cosa ya ha alcanzado tal nivel de autoparodia involuntaria que se me está empezando a escapar la risa, y tampoco es plan de quedarme allí descojonándome rodeado de unos fans entregados, que bailan y sonríen ante unos coros dignos de show de los Muppets, en un ejercicio de negación de la realidad que yo sencillamente no soy capaz de hacer. Por tanto, me voy a pillar buen sitio para Deerhunter y oigo la restante hora de maullidos desde la distancia y en actitud de facepalm. En sus mejores momentos aquello tiene el aroma de un concierto de crucero para jubilados. En sus peores momentos… bueno, Brian Wilson ha sido un gigante y Pet Sounds es uno de los discos de mi vida, así que no tengo ganas de hacer más sangre. El tiempo pasa para todo el mundo, y a Wilson parece haberle pasado por encima. Hagamos ver como que esto sencillamente no ha ocurrido nunca.

Deerhunter. Les he visto unas cuantas veces antes de esta y nunca me canso. Porque aunque en disco no hayan vuelto a dejarme patitieso desde Halcyon Days (2010), su carrera en general sigue siendo de lo más sólida, y además en vivo nunca bajan del excelente. Hoy tampoco lo harán. De hecho, como concierto de Deerhunter es una carta a los Reyes Magos, con una selección de canciones redonda, una ejecución técnica impepinable y emocionante, y un Bradford Cox mucho menos enganchado al micro y mucho más frontman que nunca, destilando empatía e hipnotizándonos con su presencia y sus movimientos de mantis religiosa (o cómo convertir el síndrome de Marfan que le aqueja en una cualidad escénica acojonante). La banda inunda el Parc del Forum con una hora de hechizantes desarrollos de guitarra que no querrías que se acabaran nunca. Revival, Helicopter y Desire Lines son las cúspides de una actuación casi perfecta. “Casi”, porque aunque las comparaciones son siempre odiosas, unos diez minutos después de que terminen va a pisar el escenario Heineken (el más grande del recinto) la inconmensurable Polly Jean Harvey. La cosa se pone seria.

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Deerhunter. Caza mayor.

En las horas y días posteriores al concierto de PJ Harvey, me encontraré con varios amigos que curiosamente me lo definirán con variantes diversas de la misma frase: “Esto ha estado a otro nivel”; y la verdad es que no se me ocurre mejor manera de explicarlo. Resultaría menos exagerado de lo que parece decir que Polly Jean es genéticamente incapaz de facturar un mal álbum, pero del mismo modo hay que reconocer que a lo largo de su tremebunda carrera ha grabado cosas mejores que The Hope Six Demolition Project, un disco de denuncia sociopolítica algo difuso (lo compuso como parte de una instalación artística abierta al público, y aunque la idea es buenísima el resultado final se resiente un tanto, con tres o cuatro canciones que parecen demos a medio cocer). Me daba un poco de cosica que ello diese lugar a un directo irregular, a una diva en horas bajas. Madre de Dios, qué tonto soy y qué equivocado estaba: PJ aparece en escena vestida de negro, con plumas en la cabeza, mezcla de ninfa y Diamanda Galas, escoltada por su excelente banda de músicos en lo que parece uno de esos desfiles funerarios de Nueva Orleans. Tras esta entrada dramática, que ya predispone positivamente, se entrega a un espectáculo conceptual oscuro, opresivo e intenso (las pantallas lo retransmiten en un apelmazado blanco y negro), teñido de blues, que da razón de ser a sus nuevas composiciones (toca casi el disco entero) e integra sus hits clásicos en un todo orgánico fascinante. Mientras que la mayoría de artistas optan por adaptar sus actuaciones al formato festivalero, más ligero y complaciente con la galería (verbigracia: lo de Radiohead ayer tocando Creep), ella hace al revés, hace lo difícil: arrastrar al público a un show exigente, mucho más elaborado, alimenticio y lleno de matices que todo lo demás que hemos visto en estos cuatro días, en el que cada canción ha sido cuidada para suponer un pequeño acontecimiento. 50ft. Queenie son posiblemente los dos minutos y medio más poderosos y auténticos de todo el festival, y To Bring You My Love los cinco más escalofriantes. Hipnótica. Soberbia. Triunfante. Inapelable. Entrega y vozarrón. El Primavera Sound 2016 será recordado sin la menor duda como “el de PJ Harvey”.

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PJ Harvey: palabras que matan.

Y hasta aquí mi crónica. Quedan en el tintero algunos conciertos que vi de reojo (me gustó la potencia seca de Battles, el afilado rock viejoven de Parquet Courts y el gamberrismo de repetidor de instituto de Ty Segall, pero en los tres casos estaba ya tan derrengado que me veo incapaz de analizarlos haciéndoles justicia), otros que me dejaron a medias (Sheer Mag tienen buenísima actitud punk y una cantante que es un ciclón vocal, pero con sólo dos o tres EPs en el mercado, lo que aún no tienen son canciones suficientes para llenar más de media hora), y alguno que no me aportó nada sobre lo que merezca la pena extenderse (en la clausura, el techno alemán de Pantha Du Prince aburrió soberanamente a un público que pedía la hora para que saliera a escena el sempiterno DJ Coco).

Mi Top Tres de mejores actuaciones estaría encabezado por John Carpenter (ni puedo ni me da la gana ser objetivo al respecto), seguido por el apabulle de PJ Harvey y por la masterclass de tablas, empatía y estribillos de los eternos Suede. Respecto a los pestiños, la única actuación en la que me sentí estafado contra pronóstico fue la de U.S. Girls. Hubo otros conciertos menores, claro, pero en esos casos ya sabía lo que iba a ver. La nota media ha sido alta y la sensación general, lo dije al principio, es que este Primavera Sound ha gozado de un cartel tan potente como en los dos o tres años anteriores, que no obstante ha quedado un tanto ensombrecido por unos solapes especialmente criminales.

En lo personal, noto que voy entrando lentamente en la misma deriva que a mediados de los 2000 me llevó a tomarme un descanso de casi diez años sin asistir a este tipo de eventos: me da pereza arrancar el primer día, alcanzo antes el punto de saturación (sólo cuatro conciertos el viernes), y a veces me da igual perderme a tal o cual artista a cambio de pasar media hora sentado en la zona de tenderetes, descansando las piernas y charlando de lo que sea con un grupo de amigos que me he encontrado (“¿Habéis leído los artículos de Nando Cruz?”). Ya he visto de nuevo a casi todo mi circuito favorito de bandas indies, y empiezo a tener que hacer auténticas piruetas para no repetirlas (¿Dinosaur Jr. vienen cada año o qué cojones pasa aquí?).

Por supuesto, otro de los tópicos de cualquier asiduo a los festivales es quejarse de que en realidad son una mierda (las aglomeraciones, las actuaciones de duración reducida, el público al que se la pela lo que está viendo…); y yo ahí no fallo, me quejo todo el rato. Me gusta tanto quejarme, de hecho, que ya me he comprado el abono a precio reducido para el PS 2017, sin darle ni una consulta de almohada. Así podré seguirme quejando con conocimiento de causa. Además, en mis cuentas mentales el año que viene les toca volver a Mogwai, y a los Fuck Buttons, y a (por favor por favor por favor) The National; y luego están esos boles de noodles con crema de cacahuete a las tres de la madrugada entre conciertos, que saben tan jodidamente ricos…

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Tradicional fin de fiesta con DJ Coco. Exit Planet Primavera.

PLAYLIST DE SPOTIFY PAMUNDI’S PRIMAVERA 2016:

CRÓNICA DEL PRIMAVERA SOUND 2016 (1 de 2)

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Voy a empezar este texto citando, como no, a Carl Wilson, autor del libro Música de mierda (vergonzosa traducción-busca polémicas del título original Let’s Talk About Love: A journey to the end of taste), un ensayo bastante aplaudido entre el hipsterismo ilustrado sobre los mecanismos que definen nuestro gusto artístico (el libro, ya que estamos, me parece tan entretenido como hueco, e innegablemente condescendiente; y además desde una supuesta reevaluación del concepto mismo de condescendencia que, lo siento, no cuela). Pues bueno, que Carl Wilson, entre una pedantería por aquí y un análisis tergiversado por allá, dice alguna que otra cosa con la que puedo estar de acuerdo. Por ejemplo, lo siguiente: “A veces hay gente que me pregunta si la vida no es demasiado corta para malgastarla con arte que no te gusta. Últimamente, sin embargo, tengo la sensación de que la vida es demasiado corta precisamente como para no hacerlo.”

Esta curiosa afirmación resume bien uno de los aspectos colaterales que a mí personalmente me resultan más interesantes de un evento como el Primavera Sound: escuchar cosas que me gustan y otras que no (las que no, generalmente de fondo mientras hago cola para comprar un frankfurt o espero frente a otro escenario a que salga un artista que sí me hace tilín). Compararlas, analizar los porqués y a veces incluso sorprenderme matizando mi opinión sobre un artista al que había hecho cruz y raya o por el que profesaba un “fanboyismo” acrítico. No sé cuántos de los asistentes harán este ejercicio (porque a priori todos vamos a estos eventos para ver reforzados nuestros gustos y tararear canciones que ya conocemos), pero yo no puedo evitarlo.

Este año, además, me ha sido imposible no entregarme a ello, porque aunque el cartel prometía ser la releche, a la hora de la verdad quedó relativizado por una parrilla de lo más caprichosa: la mayoría de los conciertos que esperaba con más ganas se concentraron el jueves, incluso propiciando un triple solapamiento que parecía haber sido diseñado expresamente para orinarse en mis cuencas: John Carpenter, Tame Impala y Protomartyr tocando a la misma hora. Menuda puntería. En cambio, el resto de días acabé viendo alguna actuación que en otras circunstancias quizás me habría saltado. Pero vamos, que no me quejo. Como ya he dicho, casi todo me parece interesante. Incluso lo que no me lo parece (vamos, una manera elegante de decirme a mí mismo “Has pagado 120 euros por la puta pulserita: jódete y baila”).

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Miercoles por la tarde. El Primavera Sound se despereza y pilla velocidad.

Aparte de lo anterior, el Primavera Sound 2016 se desarrolló en medio de cierto follón mediático: una serie de artículos de salsa rosa disfrazados de investigación + denuncia escritos por Nando Cruz (periodista musical al que hace años leía con gusto en revistas como Rockdelux, hasta que llegué a la conclusión de que en realidad no le gustaba la música, sino lucir su prosa con la música como excusa) y publicados en el diario El Confidencial, en los que el plumilla utilizaba quince mil caracteres más de los necesarios para “sacar a la luz” la presunta mafia que domina a la organización del certamen. Sin embargo, leídos desde fuera y sin tener ni zorra idea del intramundo y las puñaladas traperas del Primavera Sound, aquellos textos me parecieron más un ajuste de viejas cuentas que otra cosa.

Ya no era sólo que el fondo de lo que Nando Cruz explicaba tuviese una relevancia discutible (¿Un empresario que levanta un imperio a base de joder a la competencia? Hostias, ¡El notición!), sino que en los comentarios de los artículos de marras la cosa degeneraba en un aburrido rifi-rafe entre gente del medio: que si tal me insultó una vez, que si cuál no pagaba las cenas; o sea, Sálvame de Luxe, edición indie. Hasta Josep Pedrerol, en el programa futbolero El Chiringuito, suele cortar a sus contertulios diciendo que las broncas entre periodistas no interesan a los espectadores. Sin embargo, se conoce que el tinglado del pop-rock tiene un listón de exigencia más bajo que el del deporte rey, porque lo cierto es que durante los tres días de festival la pregunta “¿Has leído lo de Nando Cruz?” fue una de las maneras más socorridas de iniciar conversaciones entre concierto y concierto.

En fin, una polémica efervescente que, una vez echado el telón del PS 2016, irá quedando relegada a un eco lejano al que nadie volverá a prestar mucha atención; porque a la clientela mayoritaria del Primavera Sound lo único que nos interesa es que el abono no se dispare de precio, que a nivel organizativo se cumplan unos mínimos, y que los conciertos molen; tres frentes en los que la cosa lleva ya unos cuantos años rozando lo impecable.

Miércoles
Cuando uno ha encadenado tres o cuatro ediciones seguidas de cualquier festival de música, es normal que las bandas empiecen a repetirse (“Si esto es el 2016, toca que vengan Animal Collective”, y tal). Con lo cuál, al menos a mí el chip me cambia: ya no se trata de ver cuantas más actuaciones mejor sino de ver, las que sean, en las menores condiciones posibles. Ya sé lo que es cascarme a Deerhunter sentado a 50 metros de distancia (porque tras seis o siete conciertos ese día no tenía el coño para farolillos), así que este año me toca verlos pegadito al escenario. Eso, por supuesto, significa pillar buen sitio con antelación, es decir perderse un buen montón de actuaciones de relleno que en años anteriores hubiese intentado ir a ver. También significa gestionar mejor el esfuerzo físico, porque un festival de música es todo un fin de semana de tralla salpicado de breves pausas para dormir, comer, evacuar, re-planificar la parrilla de actuaciones y beber Red Bull.

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Pillado in fraganti haciendo el fanboy.

Con eso en mente, en la sesión gratuita del miércoles en el Parc del Forum decido saltarme a El último vecino y Sr. Chinarro. Aparezco a las ocho de la tarde, con la calma, para que me pongan la pulserita que me acredita como “Primaverer” (el apelativo me lo acabo de sacar del gorro, pero si a los asistentes al FIB les llaman “fibers”…), y ver únicamente dos conciertos ese día. O sea, me salto los entremeses y me voy directo al jabalí asado: Goat y Suede.

La banda sueca Goat, cuyas dos cantantes aparecen disfrazadas con espectaculares máscaras y túnicas, a medio camino entre figurantes del carnaval de Río y cultistas lovecraftianas, descargan su frenético rock psicodélico-étnico-experimental como un aluvión. No paran. Encadenan las canciones sin apenas descanso y casi se diría que, más que cantarlas, es como si nos estuvieran arengando a la luz de una fogata para cargar a la batalla o para ponernos a bailar la danza de la lluvia. Si este es el nivel de energía que despliegan en todas sus actuaciones, desde luego ser Goat durante una gira entera debe de resultar agotador. En disco me parecen… interesantes, pero tras verlas durante una hora me queda claro que es en el directo donde encuentran su razón de ser, donde su música transmite verdadera electricidad.

Nada de lo que Goat hagan ante los micros, no obstante, puede rivalizar en potencia con siquiera los cinco primeros minutos del show de Suede (“I want the style of a woman, the kiss of a man… Introducing the band”; es difícil encontrar mejor canción de apertura para un concierto). Que, bueno, en realidad podría considerarse el show de “Brett Anderson and friends”, porque aunque la formación siga manteniendo a tres de sus miembros originales (además de Anderson, Mat Osman al bajo y Simon Gilbert a la batería), está bastante claro quién de ellos es la auténtica bestia escénica, el que tira del carro, la “rockstar total”. Simple y llanamente, el mejor frontman en sentido clásico que vamos a ver a lo largo de todo el Primavera Sound 2016.

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Suede. Puro nitrato animal.

Brett Anderson se entrega con una profesionalidad y un carisma que te aniquilan, como si hubieran pasado apenas 20 días desde el lanzamiento de su disco de debut, y no más de 20 años. Igual de desgarrador y carismático que siempre cuando grita estribillos como “He was a fucking animal” o “We’re trash, me and you” (nudo en la garganta), cuando se mezcla con el público y se deja romper la camisa sin desafinar una sola nota, o cuando adorna los pasajes instrumentales con esos bailecitos jodidamente sexys (zapateando y dando palmas o agarrando el micro por el cable y haciéndolo girar como si fuera un yo-yo). Actualmente Suede parecen estar viviendo una segunda juventud, habiendo editado en los últimos tres años un par de álbumes de una inmediatez contagiosa, que conecta directamente con lo mejor de su catálogo saltándose limpiamente los patinazos de Head Music y A New Morning. Sin embargo, eso es casi lo de menos, porque pese a sus altibajos discográficos, lo que jamás ha perdido Suede es la infalibilidad en directo. Tocan todas las buenas y las tocan como Dios. Están más arrugados, sí, pero siguen siendo The Beautiful Ones.

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Suede: Now he has gone.

Jueves
Arranco el primer “día oficial” de festival con el pop-R&B-bailable-experimental de Empress Of, una artista que en general ha pasado más desapercibida de lo que merecería su fantástico álbum de debut Me. El concierto apunta a marrón para Lorely Rodriguez, la mujer orquesta que se esconde tras este proyecto, pues no parece fácil trasplantar con éxito las envolventes texturas de sus canciones a un entorno de directo a las siete de la tarde del jueves, en un escenario pequeño y ante un público aún remolón, menos pendiente de ella que de consultar el cuadre de actuaciones para el día y localizar los puestos de cerveza. Lorely salva la papeleta con una actuación que va creciendo en soltura escénica y vocal a medida que caen temones como Water Water, Kitty Kat y sobre todo How Do You Do It, mi primer estribillo memorable de la jornada. De momento Lorely apunta maneras. Va camino de ser emperatriz.

Tirando ya de bocata casero en papel de aluminio, pillo sitio para ver la mitad del concierto de Explosions in the Sky, que es lo único que me va a dar tiempo si luego quiero llegar al escenario Primavera con margen suficiente para disfrutar desde primera fila de John Carpenter (MI concierto del PS 2016). Mientras me zampo la mortadela con pan con tomate miro de reojo por las pantallas el final de la actuación de Air en el escenario H&M. Por los franceses no parece haber pasado el tiempo, siguen igual que hace veinte años: desganados, faltos de argumentos musicales/escénicos y sobreviviendo gracias a los hits de su primer álbum, el ya lejanísimo Moon Safari (“¡Se-xy booo-oooy!”), que fue el único chispazo de su carrera en el que no parecieron absolutamente mediocres. Es difícil determinar si se están aburriendo más ellos o el público.

Lo de Explosions in the Sky, en cambio, eleva la temperatura desde el primer guitarrazo. Apoyados en unos juegos de luces que quitan el hipo y trayendo debajo del brazo The Wilderness, posiblemente su mejor obra en más de una década, los tejanos llenan la noche barcelonesa con una burbujeante cortina sónica (calma-tormenta-calma) que justifica por sí sola la existencia de todo el subgénero post-rock. Hacen gala de un nivel de compenetración técnica que hipnotiza, y de un dominio perfecto del “tempo” para mantener al público en permanente estado de gravedad cero. Me quedo hasta que tocan mi canción favorita de todo su catálogo, la preciosa Your Hand in Mine, y me voy a regañadientes, convencido de que su fin de fiesta será aún más apabullante. Pero es que tengo una cita con la historia…

Explosions in the Sky: el post-rock implosiona.

Explosions in the Sky: el post-rock implosiona.

En la explanada de los dos escenarios principales ya se agolpa la legión de fans de Tame Impala, uno de los highlights del festival. En el escenario Primavera, mientras tanto, se agolpa otra legión: camisetas de Halloween, de The Thing, de Big Trouble in Little China… Muchas caras conocidas de acreditados del festival de Sitges. O sea, los de siempre. Estamos ahí para ver no un concierto, sino casi un rito religioso. Porque si al director de cine John Carpenter le quitas su estatus de “John Ford del fantástico de serie B”, ¿qué te queda? Pues uno de los compositores de bandas sonoras más influyentes de los últimos 30 años. Alguien que ha sido capaz de enseñarle cosas lo mismo a Ennio Morricone que a Daft Punk es que sin duda sabe algo que los demás ignoramos. Por primera vez desde que asisto a festivales de música, estoy nervioso. Carpenter es parte sustancial de mi formación en las cosas que molan de la vida: por él me enganché al cine de terror y por él empecé a escuchar música electrónica (ambas cosas siendo yo aún un crío). Cuando hace algunos meses me enteré de que había publicado su primer disco de estudio (el a ratos excelente Lost Themes), y que estaba dando conciertos, empecé a cruzar los dedos para que algún festival lo trajera por aquí; y mira, acabé cantando bingo. Carpenter sale a escena vestido de negro, con coleta y esa cara de cabreo tan suya. Saluda levantando la mano, se mete un caramelo en la boca, empieza a tocar los primeros acordes de teclado del tema principal de 1997… rescate en Nueva York y de pronto la definición coloquial de “puto amo” cobra una nueva dimensión.

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John Carpenter, Príncipe de las Tinieblas.

Está en su salsa, sabedor de que le comemos de la mano, y pleno de mojo sin apenas hacer nada salvo señalarnos con el dedo de vez en cuando, leer unos textos pautados entre canción y canción (apoteósicamente kitsch: “Cuando volváis a casa, conducid con cuidado… porque Christine está ahí fuera”, dice con una entonación estilo Scooby Doo), y cascarse algún que otro guiño menor como ponerse gafas de sol para tocar el tema de Están vivos. Dos únicas concesiones para tocar los singles de Lost Themes y Lost Themes II (las excelentes Vortex y Distant Dream), y el resto bistecs: Asalto a la comisaría del distrito, La niebla, Golpe en la pequeña China, La cosa (único tema ajeno, porque la BSO es de Morricone aunque la compusiera “al estilo Carpenter”)… y con cada canción retroproyecciones de escenas de la película correspondiente, resumida de manera tan milimétrica que incluso evita los spoilers (se salta el plano final de El príncipe de las tinieblas, por ejemplo). La traslación de los temas al directo, a un concepto de banda de rock con guitarra, bajo, batería y teclados, es sencillamente perfecta. Lo que se dice un conciertazo. Una maravilla que no creí que fuera a ver jamás. Pienso que he tenido mucha suerte, y me emociono.

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John Carpenter da el gran golpe en el escenario Primavera.

En el 2011, James Murphy anunció que LCD Soundsystem se desbandaban para siempre, certificándolo mediante una macrogira mundial de despedida. A la hora de la verdad han aguantado apenas un lustro separados, y viendo conciertos tan impecables como éste uno no puede por menos que celebrar la falta de palabra de Murphy. LCD Soundsystem es una de esas bandas que no enamora sino que convence arrollando. Todo parece haberse calculado al detalle para que funcione, incluso los chistes, la desenvoltura escénica y los momentos presuntamente espontáneos/desmelenados de James Murphy (le gusta irles a tocar las narices a sus músicos durante los pasajes instrumentales, y da la sensación de que a ellos no les viene de nuevo). Lo de LCD Soundsystem es sobre todo pop inteligente, más cerebral que pasional. El resultado es una tromba de hits incontestable (Daft Punk Is Playing at My House, Tribulations, All My Friends… el único que echo en falta es Drunk Girls), pero que tiene quizás un punto demasiado liofilizado, demasiado perfecto, como una reconstrucción de su concierto-documental Shut Up and Play the Hits. Me gustan muchísimo LCD Soundsystem, me parecen una de las bandas definitivas de electro-rock de la pasada década, pero sigo sin ver demasiada diferencia entre verles en directo o bailarlos en alta definición en el salón de mi casa. Un muy buen show, pero que no me hace saltar los rulos. Me voy a dormir pensando que, como sea, con lo de John Carpenter yo ya he llenado mi festival. Todo lo que caiga de bueno en las dos jornadas que faltan será un extra. Pues caramba con los extras…

FIN DE LA PRIMERA PARTE (PARA LEER LA SEGUNDA PARTE DE ESTA CRÓNICA PINCHA AQUÍ)

PLAYLIST DE SPOTIFY PAMUNDI’S PRIMAVERA 2016:

Pamundi Music Awards/2015, Los 20 discazos (del 10 al 1)

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Los PAMUNDI MUSIC AWARDS/2015 tocan a su fin. Tras el primer post con Las 70 Tonadas y el segundo con Los 20 discazos (puestos 20 al 11), completo el asunto con este nuevo videotocho, en el que desvelo Los 20 mejores discazos del 2015, puestos 10 al 1. Igual pensábais que ya me lo habíais visto hacer todo en You Tube, pero desde mi perspectiva os aseguro que la cosa es aún peor, porque YO PENSABA QUE YA LO HABÍA HECHO TODO. Obviamente, me faltaba ponerme a bailar ante la cámara en calzoncillos…

Lo único que quisiera añadir a lo que ya digo en el videotocho es que me alegra especialmente que mis listas de este año, tanto la de discazos como la de tonadas, incluyan mucha más “música nueva” que las del 2014. Más de la mitad de mis veinte álbumes favoritos han sido firmados por artistas debutantes o a los que no había escuchado en mi puñetera vida. O sea, una eclosión de talentos que hasta ahora me eran ignotos. Esperemos que no se trate de un simple amago sino de un auténtico relevo generacional, que ya va tocando para superar ese “día de la marmota” en el que los carteles de los festivales de música se repiten de manera casi calcada cada dos ediciones. En el Primavera Sound de este año, por ejemplo, tienen tanda Tame Impala, Beach House y Animal Collective, y el que viene fijo que les vuelve a tocar la rifa a Arcade Fire, Panda Bear o Sharon Van Etten. Vas tres años seguidos y ya has visto a todo dios dos veces.

Pues eso, que hasta aquí he llegado, espero que el currele haya merecido la pena. Nos vemos (supongo) en los PAMUNDI MUSIC AWARDS 2016.

Adenda: para quien no tenga paciencia ni le importen los spoilers, aquí está la lista completa de los 20 mejores discazos. Eso sí, miraos igualmente el vídeo porque mis explicaciones no tienen preciorl…

20.  Hot DadTV
19.  Dominique AÉléor
18.  Hazte lapónNo son tu marido
17.  Chelsea WolfeAbyss
16.  EskimeauxOK
15.  ProtomartyrThe Agent Intellect
14.  Courtney BarnettSometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit
13.  BaronessPurple
12.  Jeff RosenstockWe Cool?
11.  Alabama ShakesSound & Color
10.  MiguelWildheart
  9.  Jazmine SullivanReality Show
  8.  Everything EverythingGet To Heaven
  7.  Viet CongViet Cong
  6.  Father John Misty I Love You, Honeybear
  5.  U.S. GirlsHalf Free
  4.  Kendrick LamarTo Pimp A Buterfly
  3.  Tobias Jesso Jr.Goon
  2.  Sufjan StevensCarrie & Lowell
  1.  Tame ImpalaCurrents

Pamundi Music Awards/2015, Los 20 discazos (del 20 al 11)

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Empieza lo bueno: el primero de los dos videotochos que van a componer el grueso de los PAMUNDI MUSIC AWARDS/2015. Tras un par de ediciones cascándome un resumen genérico de lo que me había parecido el año a nivel musical, en esta ocasión he preferido volver al viejo formato de mini-reseñar por separado cada uno de los 20 discazos de la lista. Vamos, la típica mierda en la que me meto pensando “esto te lo pules en un par de sentadas” y acabo completamente enterrado durante dos semanas, reescuchando decenas de veces cada álbum finalista para decidir en qué posición lo coloco (y lo mismo con la lista de Las 70 Tonadas, que he reordenado un número absurdo de veces), escribiendo un guión lo más coherente y conciso posible con lo que quiero decir (aunque luego, plantado ante la cámara, improvise a saco), grabando cachitos de vídeo a deshoras y dedicando más tiempo a montar todo el material acumulado (incluyendo meterle musiquillas, subtítulos y efectitos) que Coppola con Apocalypse Now

Mis medios de referencia a la hora de confeccionar estas listas y descubrir artistas/discos/temas nuevos han seguido siendo los habituales: las webs de Pitchfork, Consequence of Sound, Tiny Mix Tapes, Popmatters, Stereogum, Any Decent Music, Hipersónica o Jenesaispop, y las reseñas del “youtuber” Anthony Fantano en su fenomenal canal The Needle Drop. Este año he sudado bastante tanto de Rockdelux como de Mondo Sonoro. La verdad es que, con tanta y tan buena prensa musical como tenemos a distancia de una simple búsqueda de Google, da mucha pereza bajar al quiosco.

Y nada más por hoy. Os dejo con el vídeotocho correspondiente a Los mejores discazos del 2015, puestos 20 al 11. Veinticuatro minutos de CRITERIO, LOL y música altamente cojonuda:

 

 

Pamundi Music Awards/2015, Las 70 Tonadas

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En efecto, mis queridos semovientes, ya han llegado los PAMUNDI MUSIC AWARDS en su edición 2015 (ojo, que ya es la que suma nueve; el año que viene tendré que organizar una fiestuqui o algo que conmemore el décimo aniversario), tras unos meses de escuchas musicales en modo berserker que casi reducen a cero mi contador de cordura. Han sido doscientos ochenta y pico álbumes, la mayoría concentrados entre octubre del 2015 y enero del 2016. Se dice pronto.

Esta vez la cosa viene en formato de simpáticos videotochos, que podréis ver en los sucesivos posts de este mismo blog o en mi canal de You Tube. Los PAMUNDI MUSIC AWARDS/2015 van a tener un total de tres entradas de blog: esta primera con la lista de Las 70 Tonadas, una segunda entrada con el vídeotocho de Los 20 discazos (puestos del 20 al 11), y una tercera y última entrega con el videotocho correspondiente a Los 20 discazos (puestos del 10 al 1).

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Pues venga, aquí tenéis el asunto. Bajo estas líneas, jugoso enlace a la playlist de Spotify con Las 70 Tonadas del año, y algo más abajo el listado completo de las susodichas Tonadas, a fin de que podáis chafardearlo de una manera ordenada y profiláctica. Quien quiera verme bailar, cantar y hacer el imbécil por encima de mis posibilidades, que no se pierda los videotochos de Los 20 discazos.

 

70.  David HasselhoffTrue Survivor
69.  Of MontrealBassem Sabry
68.  Faith No MoreSuperhero
67.  Belle & SebastianThe Party Line
66.  FoalsWhat Went Down
65.  All DogsThat Kind of Girl
64.  ShamirCall It Off
63.  ToundraBelenos
62.  ProtomartyrThe Hermit
61.  GirlpoolCrowded Stranger
60.  SpectresSink
59.  The MaccabeesSpit It Out
58.  NovellerRubicon
57.  Alborotador GomasioLos Excesos de los Niños
56.  The WeekndCan’t Feel My Face
55.  Jazmine SullivanStupid Girl
54.  Beach SlangYoung & Alive
53.  La Bien QueridaOjalá Estuvieras Muerto
52.  DoldrumsHOTFOOT
51.  Fleur EastSax
50.  CHVRCHESLeave A Trace
49.  Emilio JoséXero (Cocaína)
48.  Floating PointsPeroration Six
47.  BaronessShock Me
46.  FKA twigsFigure 8
45.  TorresStrange Hellos
44.  GrimesRealiti
43.  Hazte lapónAmor bomba
42.  DILLY DALLYDesire
41.  Alabama ShakesMiss You
40.  Ellie GouldingKeep On Dancin’
39.  Everything EverythingRegret
38.  EskimeauxBroken Necks
37.  FERNANDO ALFAROVelero
36.  Downtown BoysWave Of History
35.  ChromaticsI Can Never Be Myself When You’re Around
34.  YACHTWar on Women
33.  The Suicide of Western CultureAmor de Madre
32.  Dawn RichardThe Deep
31.  Carly Rae JepsenRun Away With Me
30.  CuelloTrae Tu Cara y Decórala Bien
29.  Best CoastCalifornia Nights
28.  John CarpenterVortex
27.  Natalie PrassMy Baby Don’t Understand Me
26.  Panda BearSelfish Gene
25.  Father John MistyThe Ideal Husband
24.  Circuit Des YeuxDream Of TV
23.  Tobias Jesso Jr.Can’t Stop Thinking About You
22.  The Chemical BrothersGo
21.  Pablo Und DestruktionGanas de Arder
20.  Julia HolterSea Calls Me Home
19.  Janet JacksonGon’B Alright
18.  Courtney BarnettPedestrian at Best
17.  Father John MistyI Love You, Honeybear
16.  Chelsea WolfeDragged Out
15.  Jazmine SullivanStanley
14.  Viet CongContinental Shelf
13.  U.S. GirlsDamn That Valley
12.  Kendrick LamarKing Kunta
11.  Animal CollectiveFloriDada
10.  Jeff RosenstockNausea
9.    Missy Elliott (Feat. Pharrell Williams)WTF (Where They From)
8.    MiguelCoffee
7.    Beach HouseSpace Song
6.    Empress OfHow Do You Do It
5.    Dominique AÉléor
4.    Kendrick LamarThe Blacker the Berry
3.    Tame ImpalaLet It Happen
2.    Sufjan StevensShould Have Known Better
1.    Tobias Jesso Jr.How Could You Babe