Orbegozo contra el Imperio Galáctico

Tostadora

PRÓLOGO: ABRIL DE 2015…

“Esto son dos navecitas de X-Wing”. En esos términos racionaliza uno su nivel de gastos domésticos, cuando se le estropea la tostadora y se plantea si merece la pena pasar por el coñazo de ir a reclamar al establecimiento donde la compró, o si es mejor tirarla directamente a la basura y gastarse 30 euros en una nueva. Mi tostadora ha dejado de funcionar de pronto esta mañana, sin previo aviso y sin motivo aparente. Como cada día he sacado una rebanada de chusco del congelador, la he puesto en la ranura y he bajado la palanca. Sin embargo, a diferencia de las 162 veces anteriores en que había llevado a cabo la misma operación, ahora la palanca no baja y el pan no se tuesta. Todo un drama del primer mundo, que me obliga a mojar en el café con leche una rebanada de chusco congelada, un desayuno no muy distinto del que debían disfrutar las tropas de Napoleon cuando invadieron Rusia (al menos, hasta que incluso las rebanadas de chusco congelado empezaron a ser un lujo comparadas con las suelas de bota).

Al cabo de un rato se me ocurre que igual basta con limpiar la tostadora a conciencia, porque a lo mejor lo que está obturando la palanca son los restos de migas. Humedezco un paño y la dejo resplandeciente, frotando con tanta fruición como si esperase que de su interior saliera un genio a concederme tres deseos (el primero de los cuales sin duda sería “Arréglame-la-jodida-tostadora”; los otros dos deseos implicarían un masajeador Smart Wand de Lelo, a la actriz Amber Heard vestida de látex y una serie de posturas gimnásticas que quedan fuera del alcance de este artículo). Pero no sirve de nada, la tostadora sigue sin responder. Poco a poco me voy liando, me voy liando, y al final acabo sacando el destornillador y desmontando la carcasa del aparato para examinarlo a conciencia. Es inútil, no alcanzo a ver ningún muelle roto ni ninguna pieza encallada. Al parecer, mi tostadora simplemente ha emprendido el camino contrario al de Skynet en la saga Terminator y, en vez de tomar conciencia de sí misma, ha decidido dejar de existir. Ni una nota de suicidio me ha dejado la muy zorra (“Me diseñaron para tostar pan inglés, y tú no haces más que meterme rebanadas de chusco congeladas; ya no aguanto este sindios”).

Dos navecitas de X-Wing, decía al principio. Entonces, ¿qué hacer? ¿Tostadora nueva o un par de Interceptores Tie? Por supuesto, no hay color. No hay puto color. El Imperio Galáctico necesita héroes, así que rebusco en el cajón de los papeles hasta encontrar el ticket y el formulario de garantía de la tostadora, la meto en una bolsa de plástico y para Electrodomésticos Miró que me voy.

FLASHBACK: DOS AÑOS ANTES…

Orbegozo es una compañía española (esto, de por sí, debería bastar para poner en guardia a cualquiera) que fabrica todo tipo de pequeños electrodomésticos y cachivaches del hogar, desde batidoras hasta microondas, pasando por ventiladores, sartenes, termos, cafeteras, quitapelusas, planchas, secadores, cuece-huevos, rizadores de pelo, almohadillas eléctricas, freidoras, hervidores de arroz, pesadores de maletas (te lo juro que sí), palomiteros, máquinas de hacer perritos calientes, sandwicheras, aspiradores, hornillos, barbacoas, cuchillos eléctricos, saunas faciales, humidificadores y deshumidificadores (ojo, no te equivoques y compres el que no toca), yogurteras, radiadores, hidromasajeadores, vinotecas, vaporetinos (que no sé qué coño son pero me suenan a maquetas de barquito veneciano), calienta-camas, convectores, picadoras… y voy a ir parando ya porque empiezo a hiperventilarme. En realidad Orbegozo no los fabrica, sino que por lo visto los compra a diversas factorías low-cost de China (en estos tiempos de crisis galopante, siempre reconforta saber que al menos el sector de la mano de obra esclava sigue viento en popa) y luego les pega encima su logotipo.

Yo descubrí dicha marca hace ya algunos años, cuando aún trabajaba en las oficinas de mi actual empresa (ahora curro desde casa). Fue durante un invierno especialmente crudo, que dio lugar a una ola de resfriados devastadora para mis compañeros del departamento editorial. Nuestra zona estaba en una punta del edificio que, del otro lado de la pared, daba directa a la calle, debido a lo cuál entre los meses de diciembre y febrero registrábamos temperaturas mínimas dignas de la base antártica de La Cosa. Un biruji de lo más preternatural circulaba bajo las mesas, convirtiendo nuestros pinreles en carámbanos. El constante run-run de moqueos sincopados se había convertido en nuestro hilo musical. La situación era desesperada.

Toda aquella miseria acabó el día en que dije “¡Basta!” y me presenté en la oficina con un calefactor Orbegozo debajo del brazo. Era un sencillo modelo FH 5010 de plastiquete, más feo que picio (parecía la estatuilla representativa de una criatura imaginada por el escritor H.P. Lovecraft), pero cuyo desempeño a la hora de generar “caloret” me convirtió ipso-facto en el tipo más popular del departamento. Había hostias entre los compañeros por ponerse el Orbegozo debajo de la mesa, apuntado Electroa bocajarro hacia los piececitos. A veces incluso les podías oir ronronear de gusto, como si fueran gatetes. Quizás no sea exagerado decir que aquella inversión de 19.90 euros salvó vidas (bueno, ahora que lo reflexiono quizás sí sea una exageración, pero me cuesta no dejarme llevar por la épica incluso al hablar de calefactores).

De resultas de aquello, Orbegozo se convirtió en una marca de lo más carismática para mí, y decidí que merecía tener representación en mi casa. En cuestión de pocos días me hice con una báscula, una jarra hervidora de agua y una tostadora. Respecto a la tostadora, mi principal exigencia era que fuese de metal, porque tenía muy grabado en la memoria el accidente de mi amigo Pedrín con un modelo de plástico que, al intentar con todos sus watios dorar un panecillo-brioche, había alcanzado el punto de fusión y ardido por completo hasta la boca del enchufe, con unas llamaradas dignas de un funeral vikingo que estuvieron a puntito de extenderse al resto de la cocina (recuerdo que el incidente tuvo lugar durante una cena con amigos, y en vez de ayudarle a apagar el fuego nos pusimos todos a sacarle fotos con los smartphones, como los perfectos hijos de puta que somos, mientras él gritaba e intentaba salvar su piso del siniestro).

TOTAL, que puse mi destino como consumidor de tostadas en manos de Orbegozo, llevándome un modelo TO 7021 de carcasa de acero inoxidable, doble ranura larga, 1600 W de potencia, función de descongelar y de recalentar, selector con seis niveles de intensidad de tostado, desconexión automática, bandeja recogemigas y soporte calienta-panecillos. Unas especificaciones técnicas que ni R2-D2 en sus mejores tiempos y que, combinadas con su precio en oferta especial de 32’95 euros, me hicieron abandonar la tienda en un estado de entusiasmo consumista similar al que debió de experimentar Peter Minuit, el famoso colono del s. XVII, cuando les compró la isla de Manhattan a los indios por 24 dólares (“¡Chollazo!”).

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Sin embargo, con el paso de las semanas y mitigada ya la euforia, empecé a entender cómo era posible que los cachivaches de Orbegozo aunasen una gama de prestaciones tan amplia con unos precios tan competitivos. ¿Cuál era el secreto de esa combinación ganadora? ¿Quizás los técnicos de la empresa dominaban algún tipo de superciencia estilo Nikola Tesla a la que no habían tenido acceso sus competidores? ¿Acaso la compañía estaba dirigida por un grupo de filántropos que renunciaban a obtener beneficios, a cambio de hacer del mundo un lugar tecnológicamente mejor? No, la respuesta al misterio era mucho más prosaica que todo eso: la calidad de componentes de los electrodomésticos Orbegozo es lo que los especialistas del ramo denominan (no quisiera ponerme demasiado técnico llegados a este punto) “una mierda como un sombrero mejicano”.

Cada vez que me veía obligado a interaccionar con un aparato de la marca me acordaba de La rebelión de las máquinas (película malísima de Stephen King basada en un relato buenísimo de Stephen King): el hervidor de agua estaba tan mal diseñado que, a menos que escanciases el líquido en modo gota a gota, la tapa se acababa cayendo y te escaldabas los cojones. El reloj digital de la báscula había enloquecido y me daba pesos extraños como 19:16C, que más parecían versículos del Apocalipsis. El calefactor funcionaba bien, pero con el paso de las semanas iba haciendo cada vez más ruido, hasta conseguir una imitación bastante certera del sonido de despegue de un helicóptero Huey (sólo se echaba en falta el acompañamiento musical de La cabalgata de las valkirias). En cuanto a la tostadora, con independencia de la programación a la que la pusiera, si dejaba las rebanadas de pan más de un minuto las quemaba con furia hasta transformarlas en tacos de carbón vegetal (nunca lo probé, pero quizás programándola a temperatura máxima y dejando las rebanadas el tiempo suficiente, habría logrado transformarlas en diamante). Por supuesto, cuando al cabo de unos meses tuve que comprarme un exprimidor para hacer limonadas, Orbegozo fue la primera marca que descarté (pero esa es otra historia, que ya fue narrada en su día).

FLASHFORWARD: DOS AÑOS DESPUÉS…

Interior. Tienda de electrodomésticos Miró. Día (nota: esta escena es del todo verídica).

Chema Pamundi está haciendo cola ante el mostrador de servicio técnico del comercio, con una tostadora dentro de una bolsa de plástico. Tiene el pelo revuelto y cara de recién levantado de la cama. En uno de los laterales de la tostadora puede leerse la palabra “Orbegozo”.

Dependienta: ¿Siguiente?
Chema: Sí, yo.
Dependienta: Dígame.
Chema: Vengo a que me cambieis la tostadora, que se ha estropeado.
Dependienta (sonriendo en tono condescendiente): ¿Cambiarla? No, cambiarla no te la vamos a cambiar…
Chema: Pues cambiarla o arreglarla, yo qué sé. Está en garantía.
Dependienta: La mirarán en el servicio técnico y si la avería no ha sido por mal uso se la repararán.
Chema: Es una tostadora. ¿Qué entendéis por mal uso? ¿Tostar un hámster?
Dependienta (resopla): Mal uso es darle golpes, pegarle fuego…
Chema: A ver, no sé qué perfil de psicópatas soléis tener como clientes, pero yo me la compré para tostar pan, mayormente.
Dependienta: ¿Y qué le pasa?
Chema: Pues que no tuesta.
Dependienta (resopla de nuevo): A ver, démela; y el ticket, y la hoja de garantía.
Chema: Toma.
Dependienta: Uf, Orbegozo…
Chema: ¿Qué?
Dependienta: Nada, que tardará más.
Chema: ¿Y eso?
Dependienta: Por las piezas de recambio.
Chema: ¿Son de algún material que no se fabrica en la Tierra?
Dependienta: Mire, ¿se la arreglamos o no?
Chema: ¿Cuánto vais a tardar?
Dependienta: De mes y medio a dos meses.
Chema: Ah, muy bien… ¿Y el mando de radiocontrol me lo cobraréis aparte?
Dependienta: ¿El mando…?
Chema: Coño, si vais a tardar dos meses en reparar una tostadora a la que le falla la palanquita de bajar el pan, supongo que es porque ya de paso le vais a instalar un sistema de vuelo guiado o algo así, ¿no?
Dependienta:
Chema: No me hagas caso. Es igual. Cuando esté arreglada me llamáis y me paso a recogerla, ¿vale?
Dependienta: Eso mismo.
Chema: Pues adeu.
Dependienta: Buenos días.

EPÍLOGO: JULIO DE 2015

Casi tres meses después de mi ordalía, tengo tostadora nueva. No porque me la haya comprado, sino porque al parecer el concepto de “servicio técnico” que tienen los muchachos de Orbegozo consiste en tirar a la basura el aparato que les mandas a reparar y sustituírtelo por otro nuevo. Teniendo en cuenta que ese es su procedimiento en 9 de cada 10 casos, resulta hilarante que necesiten doce semanas para gestionar dicho cambio. En ese periodo de supervivencia sin tostadora he aprendido que:

1. Desayunar biscotes acaba cansando.
2. Desayunar Krisprolls (una marca de panecillos suecos sobre la que ya estoy
preparando un informe exhaustivo) cansa algo menos que desayunar biscotes.
3. Las rebanadas de chusco congeladas no saben tan mal si las masticas a conciencia.
4. Los miembros del departamento de atención al cliente de electrodomésticos Miró son
impermeables al insulto telefónico.
5. Orbegozo es una marca sólo recomendable para cacharros de 20 euros o menos, que
puedas chutar directamente al río cuando se estropean y comprarte otro nuevo.
6. El Interceptor Tie es de largo el mejor caza del Imperio Galáctico, y su relación
calidad/precio supera con mucho la de una tostadora Orbegozo. La tostadora
Orbegozo no puede, por ejemplo, hacer giros de 180º a velocidad 4 y además carece de
cañones láser cuádruples.

Porque, en el fondo, la principal enseñanza zen de todo este asunto ya la sabíamos de sobra sin necesidad de un post de 13.000 caracteres que la justificase: para cualquier friki, comer caliente… o, bueno… simplemente comer, es casi siempre menos prioritario que aumentar su colección de tebeos, jueguecitos y moñecos. Al fin y al cabo, como dijo el maestro Qui-Gon Jinn, “tu enfoque determina tu realidad” (uno sabe que está más allá de todo comportamiento racional cuando cae en algo tan desesperado como citar una frase de La amenaza fantasma que le da la razón…).

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Me he comprado un exprimidor

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Reconozco que el de los exprimidores eléctricos es un territorio que nunca había hollado hasta ahora. Mis variopintas circunstancias vitales, además de una educación familiar basada en el ahorro y la cultura del esfuerzo, me llevaban siempre a acabar decantándome por el sacrificado pero fiable exprimidor manual. Desde hace cierto tiempo tengo uno de plástico en dos piezas, azul y transparente, que adquirí en un bazar oriental por el razonable precio de 1,5€, recomendación expresa del encargado del establecimiento, quien demostrando un conocimiento sobre el estrujado de cítricos sorprendente para alguien que regenta un negocio donde se venden mil artículos distintos (desde bombillas con la cara del Ratón Mickey hasta sombreros mejicanos), me desaconsejó el modelo de color verde del que yo me había encaprichado, usando un lenguaje acaso tosco pero que denotaba una mundología que me conquistó (“velde no… velde mal… asul eprime bien… asul putamadre”). Mi exprimidor de plástico azul/transparente es un artilugio austero pero que cumple correctamente la función para la que fue diseñado, y si mi consumo de zumo de frutas se hubiese mantenido dentro de los niveles habituales en mí, probablemente lo habría seguido usando sin ningún cargo de conciencia hasta el fin de mis días.

Pero ¡ay!, en tiempos recientes he descubierto diversas recetas de limonadas picantes y estoy completamente enganchado a ellas. De momento he probado dos versiones: la japonesa (con jengibre y wasabi) y la americana (con pomelo rojo y chile habanero). A la primera la llamo “limonada Hiroshima”, y a la segunda “limonada Alamogordo”, y cualquiera que las pruebe comprenderá el porqué. La respuesta más típica de mis comensales al degustar uno de estos brebajes atómicos es el estupor (“Ya no siento sed… solo dolor”, me dijo mi buen amigo Pere Clúa con los ojos zombificados), seguido por algún tipo de reacción estentórea como los gritos o el llanto. Sin embargo, al tercer trago aquello es como una droga que no puedes dejar (en la última cena que organicé en casa nos bajamos dos jarras de litro y medio entre tres personas). El caso es que, azuzado por los calores de agosto, estoy generando un volumen de limonada superior al que puedo asumir con mi exprimidor de 1,5€, pues al cabo de tres o cuatro minutos de trabajo me empieza a dejar dolorido el dedo central de la mano derecha y temo desarrollar una de esas lesiones típicas de los tenistas (que me reste soltura a la hora de dibujar o hacerme pajas); por lo tanto, he decidido abrazar la tecnología del siglo XXI comprándome un exprimidor eléctrico.

Como ya sabrán quienes me conocen, las soluciones fáciles en cuestión de adquisición de electrodomésticos no son mi fuerte, así que en vez de hacer lo que cualquier homo sapiens medio normal, que es irse a la tienda más cercana y adquirir el exprimidor que tengan de oferta, he llevado a cabo un concienzudo estudio de los pros y contras marca por marca y casi modelo por modelo, visitando páginas web y personándome en comercios diversos (El corte inglés, Kyoto, etc.) para asegurarme de hacer la elección correcta. Así, poco a poco he ido descartando toda la gama de Orbegozo (plástico demasiado frágil, asa incómoda…), Taurus (el modelo T-700 ofrece prestaciones interesantes, pero el depósito del zumo es opaco y la cabeza exprimidora parece complicada de limpiar), Bosch (su diseño me resulta demasiado inquietante), Ufesa (el EX 4935, además de tener poca potencia, parece la lámpara de Aladino) y Sogo (bastante caros por ser de metal, algo a lo que solo le veo utilidad si tuviera que ponerme a hacer limonada en la franja de Gaza), hasta que por fin he decidido convertirme en el satisfecho dueño de un Braun CJ 3000. Se trata de un exprimidor en plástico rígido blanco/transparente, perteneciente a la “Tribute Collection” de la marca alemana, que aúna calidad contrastada con un aspecto retro de corte setentero (ah, los 70… la edad dorada del electrodoméstico con enchufe de pared). Es pequeño, compacto, bonito (si ello es posible en un exprimidor), fácil de limpiar y guardar (cable enroscable), con un selector de pulpa de tres potencias y sin tapa, lo cual para mí era importante: no me gustan las tapas en los exprimidores, no quiero tocar plástico cuando exprimo, quiero mantener el contacto con la cáscara de la fruta, esa comunión íntima entre limón y ser humano que me retrotrae a épocas más inocentes y civilizadas, cuando todo (también las limonadas) era sencillo y puro.

Pues eso, gente, que me he comprado un exprimidor COJONUDO. 22,95€ en tiendas Miró.