CRÓNICA DEL PRIMAVERA SOUND 2016 (1 de 2)

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Voy a empezar este texto citando, como no, a Carl Wilson, autor del libro Música de mierda (vergonzosa traducción-busca polémicas del título original Let’s Talk About Love: A journey to the end of taste), un ensayo bastante aplaudido entre el hipsterismo ilustrado sobre los mecanismos que definen nuestro gusto artístico (el libro, ya que estamos, me parece tan entretenido como hueco, e innegablemente condescendiente; y además desde una supuesta reevaluación del concepto mismo de condescendencia que, lo siento, no cuela). Pues bueno, que Carl Wilson, entre una pedantería por aquí y un análisis tergiversado por allá, dice alguna que otra cosa con la que puedo estar de acuerdo. Por ejemplo, lo siguiente: “A veces hay gente que me pregunta si la vida no es demasiado corta para malgastarla con arte que no te gusta. Últimamente, sin embargo, tengo la sensación de que la vida es demasiado corta precisamente como para no hacerlo.”

Esta curiosa afirmación resume bien uno de los aspectos colaterales que a mí personalmente me resultan más interesantes de un evento como el Primavera Sound: escuchar cosas que me gustan y otras que no (las que no, generalmente de fondo mientras hago cola para comprar un frankfurt o espero frente a otro escenario a que salga un artista que sí me hace tilín). Compararlas, analizar los porqués y a veces incluso sorprenderme matizando mi opinión sobre un artista al que había hecho cruz y raya o por el que profesaba un “fanboyismo” acrítico. No sé cuántos de los asistentes harán este ejercicio (porque a priori todos vamos a estos eventos para ver reforzados nuestros gustos y tararear canciones que ya conocemos), pero yo no puedo evitarlo.

Este año, además, me ha sido imposible no entregarme a ello, porque aunque el cartel prometía ser la releche, a la hora de la verdad quedó relativizado por una parrilla de lo más caprichosa: la mayoría de los conciertos que esperaba con más ganas se concentraron el jueves, incluso propiciando un triple solapamiento que parecía haber sido diseñado expresamente para orinarse en mis cuencas: John Carpenter, Tame Impala y Protomartyr tocando a la misma hora. Menuda puntería. En cambio, el resto de días acabé viendo alguna actuación que en otras circunstancias quizás me habría saltado. Pero vamos, que no me quejo. Como ya he dicho, casi todo me parece interesante. Incluso lo que no me lo parece (vamos, una manera elegante de decirme a mí mismo “Has pagado 120 euros por la puta pulserita: jódete y baila”).

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Miercoles por la tarde. El Primavera Sound se despereza y pilla velocidad.

Aparte de lo anterior, el Primavera Sound 2016 se desarrolló en medio de cierto follón mediático: una serie de artículos de salsa rosa disfrazados de investigación + denuncia escritos por Nando Cruz (periodista musical al que hace años leía con gusto en revistas como Rockdelux, hasta que llegué a la conclusión de que en realidad no le gustaba la música, sino lucir su prosa con la música como excusa) y publicados en el diario El Confidencial, en los que el plumilla utilizaba quince mil caracteres más de los necesarios para “sacar a la luz” la presunta mafia que domina a la organización del certamen. Sin embargo, leídos desde fuera y sin tener ni zorra idea del intramundo y las puñaladas traperas del Primavera Sound, aquellos textos me parecieron más un ajuste de viejas cuentas que otra cosa.

Ya no era sólo que el fondo de lo que Nando Cruz explicaba tuviese una relevancia discutible (¿Un empresario que levanta un imperio a base de joder a la competencia? Hostias, ¡El notición!), sino que en los comentarios de los artículos de marras la cosa degeneraba en un aburrido rifi-rafe entre gente del medio: que si tal me insultó una vez, que si cuál no pagaba las cenas; o sea, Sálvame de Luxe, edición indie. Hasta Josep Pedrerol, en el programa futbolero El Chiringuito, suele cortar a sus contertulios diciendo que las broncas entre periodistas no interesan a los espectadores. Sin embargo, se conoce que el tinglado del pop-rock tiene un listón de exigencia más bajo que el del deporte rey, porque lo cierto es que durante los tres días de festival la pregunta “¿Has leído lo de Nando Cruz?” fue una de las maneras más socorridas de iniciar conversaciones entre concierto y concierto.

En fin, una polémica efervescente que, una vez echado el telón del PS 2016, irá quedando relegada a un eco lejano al que nadie volverá a prestar mucha atención; porque a la clientela mayoritaria del Primavera Sound lo único que nos interesa es que el abono no se dispare de precio, que a nivel organizativo se cumplan unos mínimos, y que los conciertos molen; tres frentes en los que la cosa lleva ya unos cuantos años rozando lo impecable.

Miércoles
Cuando uno ha encadenado tres o cuatro ediciones seguidas de cualquier festival de música, es normal que las bandas empiecen a repetirse (“Si esto es el 2016, toca que vengan Animal Collective”, y tal). Con lo cuál, al menos a mí el chip me cambia: ya no se trata de ver cuantas más actuaciones mejor sino de ver, las que sean, en las menores condiciones posibles. Ya sé lo que es cascarme a Deerhunter sentado a 50 metros de distancia (porque tras seis o siete conciertos ese día no tenía el coño para farolillos), así que este año me toca verlos pegadito al escenario. Eso, por supuesto, significa pillar buen sitio con antelación, es decir perderse un buen montón de actuaciones de relleno que en años anteriores hubiese intentado ir a ver. También significa gestionar mejor el esfuerzo físico, porque un festival de música es todo un fin de semana de tralla salpicado de breves pausas para dormir, comer, evacuar, re-planificar la parrilla de actuaciones y beber Red Bull.

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Pillado in fraganti haciendo el fanboy.

Con eso en mente, en la sesión gratuita del miércoles en el Parc del Forum decido saltarme a El último vecino y Sr. Chinarro. Aparezco a las ocho de la tarde, con la calma, para que me pongan la pulserita que me acredita como “Primaverer” (el apelativo me lo acabo de sacar del gorro, pero si a los asistentes al FIB les llaman “fibers”…), y ver únicamente dos conciertos ese día. O sea, me salto los entremeses y me voy directo al jabalí asado: Goat y Suede.

La banda sueca Goat, cuyas dos cantantes aparecen disfrazadas con espectaculares máscaras y túnicas, a medio camino entre figurantes del carnaval de Río y cultistas lovecraftianas, descargan su frenético rock psicodélico-étnico-experimental como un aluvión. No paran. Encadenan las canciones sin apenas descanso y casi se diría que, más que cantarlas, es como si nos estuvieran arengando a la luz de una fogata para cargar a la batalla o para ponernos a bailar la danza de la lluvia. Si este es el nivel de energía que despliegan en todas sus actuaciones, desde luego ser Goat durante una gira entera debe de resultar agotador. En disco me parecen… interesantes, pero tras verlas durante una hora me queda claro que es en el directo donde encuentran su razón de ser, donde su música transmite verdadera electricidad.

Nada de lo que Goat hagan ante los micros, no obstante, puede rivalizar en potencia con siquiera los cinco primeros minutos del show de Suede (“I want the style of a woman, the kiss of a man… Introducing the band”; es difícil encontrar mejor canción de apertura para un concierto). Que, bueno, en realidad podría considerarse el show de “Brett Anderson and friends”, porque aunque la formación siga manteniendo a tres de sus miembros originales (además de Anderson, Mat Osman al bajo y Simon Gilbert a la batería), está bastante claro quién de ellos es la auténtica bestia escénica, el que tira del carro, la “rockstar total”. Simple y llanamente, el mejor frontman en sentido clásico que vamos a ver a lo largo de todo el Primavera Sound 2016.

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Suede. Puro nitrato animal.

Brett Anderson se entrega con una profesionalidad y un carisma que te aniquilan, como si hubieran pasado apenas 20 días desde el lanzamiento de su disco de debut, y no más de 20 años. Igual de desgarrador y carismático que siempre cuando grita estribillos como “He was a fucking animal” o “We’re trash, me and you” (nudo en la garganta), cuando se mezcla con el público y se deja romper la camisa sin desafinar una sola nota, o cuando adorna los pasajes instrumentales con esos bailecitos jodidamente sexys (zapateando y dando palmas o agarrando el micro por el cable y haciéndolo girar como si fuera un yo-yo). Actualmente Suede parecen estar viviendo una segunda juventud, habiendo editado en los últimos tres años un par de álbumes de una inmediatez contagiosa, que conecta directamente con lo mejor de su catálogo saltándose limpiamente los patinazos de Head Music y A New Morning. Sin embargo, eso es casi lo de menos, porque pese a sus altibajos discográficos, lo que jamás ha perdido Suede es la infalibilidad en directo. Tocan todas las buenas y las tocan como Dios. Están más arrugados, sí, pero siguen siendo The Beautiful Ones.

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Suede: Now he has gone.

Jueves
Arranco el primer “día oficial” de festival con el pop-R&B-bailable-experimental de Empress Of, una artista que en general ha pasado más desapercibida de lo que merecería su fantástico álbum de debut Me. El concierto apunta a marrón para Lorely Rodriguez, la mujer orquesta que se esconde tras este proyecto, pues no parece fácil trasplantar con éxito las envolventes texturas de sus canciones a un entorno de directo a las siete de la tarde del jueves, en un escenario pequeño y ante un público aún remolón, menos pendiente de ella que de consultar el cuadre de actuaciones para el día y localizar los puestos de cerveza. Lorely salva la papeleta con una actuación que va creciendo en soltura escénica y vocal a medida que caen temones como Water Water, Kitty Kat y sobre todo How Do You Do It, mi primer estribillo memorable de la jornada. De momento Lorely apunta maneras. Va camino de ser emperatriz.

Tirando ya de bocata casero en papel de aluminio, pillo sitio para ver la mitad del concierto de Explosions in the Sky, que es lo único que me va a dar tiempo si luego quiero llegar al escenario Primavera con margen suficiente para disfrutar desde primera fila de John Carpenter (MI concierto del PS 2016). Mientras me zampo la mortadela con pan con tomate miro de reojo por las pantallas el final de la actuación de Air en el escenario H&M. Por los franceses no parece haber pasado el tiempo, siguen igual que hace veinte años: desganados, faltos de argumentos musicales/escénicos y sobreviviendo gracias a los hits de su primer álbum, el ya lejanísimo Moon Safari (“¡Se-xy booo-oooy!”), que fue el único chispazo de su carrera en el que no parecieron absolutamente mediocres. Es difícil determinar si se están aburriendo más ellos o el público.

Lo de Explosions in the Sky, en cambio, eleva la temperatura desde el primer guitarrazo. Apoyados en unos juegos de luces que quitan el hipo y trayendo debajo del brazo The Wilderness, posiblemente su mejor obra en más de una década, los tejanos llenan la noche barcelonesa con una burbujeante cortina sónica (calma-tormenta-calma) que justifica por sí sola la existencia de todo el subgénero post-rock. Hacen gala de un nivel de compenetración técnica que hipnotiza, y de un dominio perfecto del “tempo” para mantener al público en permanente estado de gravedad cero. Me quedo hasta que tocan mi canción favorita de todo su catálogo, la preciosa Your Hand in Mine, y me voy a regañadientes, convencido de que su fin de fiesta será aún más apabullante. Pero es que tengo una cita con la historia…

Explosions in the Sky: el post-rock implosiona.

Explosions in the Sky: el post-rock implosiona.

En la explanada de los dos escenarios principales ya se agolpa la legión de fans de Tame Impala, uno de los highlights del festival. En el escenario Primavera, mientras tanto, se agolpa otra legión: camisetas de Halloween, de The Thing, de Big Trouble in Little China… Muchas caras conocidas de acreditados del festival de Sitges. O sea, los de siempre. Estamos ahí para ver no un concierto, sino casi un rito religioso. Porque si al director de cine John Carpenter le quitas su estatus de “John Ford del fantástico de serie B”, ¿qué te queda? Pues uno de los compositores de bandas sonoras más influyentes de los últimos 30 años. Alguien que ha sido capaz de enseñarle cosas lo mismo a Ennio Morricone que a Daft Punk es que sin duda sabe algo que los demás ignoramos. Por primera vez desde que asisto a festivales de música, estoy nervioso. Carpenter es parte sustancial de mi formación en las cosas que molan de la vida: por él me enganché al cine de terror y por él empecé a escuchar música electrónica (ambas cosas siendo yo aún un crío). Cuando hace algunos meses me enteré de que había publicado su primer disco de estudio (el a ratos excelente Lost Themes), y que estaba dando conciertos, empecé a cruzar los dedos para que algún festival lo trajera por aquí; y mira, acabé cantando bingo. Carpenter sale a escena vestido de negro, con coleta y esa cara de cabreo tan suya. Saluda levantando la mano, se mete un caramelo en la boca, empieza a tocar los primeros acordes de teclado del tema principal de 1997… rescate en Nueva York y de pronto la definición coloquial de “puto amo” cobra una nueva dimensión.

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John Carpenter, Príncipe de las Tinieblas.

Está en su salsa, sabedor de que le comemos de la mano, y pleno de mojo sin apenas hacer nada salvo señalarnos con el dedo de vez en cuando, leer unos textos pautados entre canción y canción (apoteósicamente kitsch: “Cuando volváis a casa, conducid con cuidado… porque Christine está ahí fuera”, dice con una entonación estilo Scooby Doo), y cascarse algún que otro guiño menor como ponerse gafas de sol para tocar el tema de Están vivos. Dos únicas concesiones para tocar los singles de Lost Themes y Lost Themes II (las excelentes Vortex y Distant Dream), y el resto bistecs: Asalto a la comisaría del distrito, La niebla, Golpe en la pequeña China, La cosa (único tema ajeno, porque la BSO es de Morricone aunque la compusiera “al estilo Carpenter”)… y con cada canción retroproyecciones de escenas de la película correspondiente, resumida de manera tan milimétrica que incluso evita los spoilers (se salta el plano final de El príncipe de las tinieblas, por ejemplo). La traslación de los temas al directo, a un concepto de banda de rock con guitarra, bajo, batería y teclados, es sencillamente perfecta. Lo que se dice un conciertazo. Una maravilla que no creí que fuera a ver jamás. Pienso que he tenido mucha suerte, y me emociono.

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John Carpenter da el gran golpe en el escenario Primavera.

En el 2011, James Murphy anunció que LCD Soundsystem se desbandaban para siempre, certificándolo mediante una macrogira mundial de despedida. A la hora de la verdad han aguantado apenas un lustro separados, y viendo conciertos tan impecables como éste uno no puede por menos que celebrar la falta de palabra de Murphy. LCD Soundsystem es una de esas bandas que no enamora sino que convence arrollando. Todo parece haberse calculado al detalle para que funcione, incluso los chistes, la desenvoltura escénica y los momentos presuntamente espontáneos/desmelenados de James Murphy (le gusta irles a tocar las narices a sus músicos durante los pasajes instrumentales, y da la sensación de que a ellos no les viene de nuevo). Lo de LCD Soundsystem es sobre todo pop inteligente, más cerebral que pasional. El resultado es una tromba de hits incontestable (Daft Punk Is Playing at My House, Tribulations, All My Friends… el único que echo en falta es Drunk Girls), pero que tiene quizás un punto demasiado liofilizado, demasiado perfecto, como una reconstrucción de su concierto-documental Shut Up and Play the Hits. Me gustan muchísimo LCD Soundsystem, me parecen una de las bandas definitivas de electro-rock de la pasada década, pero sigo sin ver demasiada diferencia entre verles en directo o bailarlos en alta definición en el salón de mi casa. Un muy buen show, pero que no me hace saltar los rulos. Me voy a dormir pensando que, como sea, con lo de John Carpenter yo ya he llenado mi festival. Todo lo que caiga de bueno en las dos jornadas que faltan será un extra. Pues caramba con los extras…

FIN DE LA PRIMERA PARTE (PARA LEER LA SEGUNDA PARTE DE ESTA CRÓNICA PINCHA AQUÍ)

PLAYLIST DE SPOTIFY PAMUNDI’S PRIMAVERA 2016:

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