Crónica del Primavera Sound 2015, segunda parte (de 3)

BARCELONA, SPAIN - MAY 29:  Public leaving the third day of Primavera Sound 2015 on May 29, 2015 in Barcelona, Spain.  (Photo by Xavi Torrent/WireImage)

VIERNES 29 (día 2)

Mi segunda jornada de festival (tercera si contamos la previa del miércoles con Albert Hammond Jr. y la OMD) empieza con The New Pornographers a las 19:30 en el ATP (aunque ellos tendrían reclamo de sobras como para llenar el escenario principal a una hora más estelar). Ya de antemano es un concierto que huele a victoria, principalmente porque la marabunta de fans que nos agolpamos en las primeras filas tenemos tantas ganas de verles que muy mal lo tendrían que hacer para no dejarnos contentos. Cuando salen por fin a tocar se crea cierto run-run de estupefacción al comprobar que les falta Neko Case, quizás ocupada en una gira propia o algo así (aunque en el backstage alcanzo a ver bailando y tarareando el concierto entero a una pelirroja que, si no es ella, es un puñetero clon; igual es que sencillamente estaba mal de voz y ha causado baja de última hora).

Sin embargo, no hay de que preocuparse, pues la ausencia de una de las tres vocalistas del grupo no afectará lo más mínimo a la famosa intensidad de sus coros ni a la calidad general del concierto, un auténtico fiestón desde el minuto uno. Los canadienses cuentan con un catálogo de temarros de pop bailable como para llenar dos setlists distintas sin demasiado esfuerzo (ya sólo con que tocasen la mitad de Twin Cinema, su álbum más completo, tendrían el concierto solucionado), y de hecho van tan sobrados que al primer cuarto de hora ya se han desprendido de un par de bombazos como Sing Me Spanish Techno y Dancehall Domine, dos canciones que a muchas otras bandas ya les gustaría tener como closer de un directo. En vivo, The New Pornographers logran calcar casi sin esfuerzo esa sensación de “quiero bailar este puto estribillo para siempre” que tan bien han transmitido siempre en estudio (hasta sus álbumes más irregulares tienen algún que otro tema descomunal), y completan la catarsis con una The Bleeding Heart Show redonda, de crescendo infinito (A. C. Newman repitiendo “We have arrived too late to play” al crepúsculo barcelonés como si fuera el último show de su vida). Efectivamente, salimos todos encantados.

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Tras recuperar el aliento me pongo a consultar el cuadre del día, dudando entre qué hacer para matar el tiempo hasta la actuación de Perfume Genius: las posibilidades basculan entre The Julie Ruin (el nuevo riot-grrrl act de Kathleen Hannah, ex-frontman de Bikini Kill y de Le Tigre; o sea, historia viva del punk-rock), y Tobias Jesso Jr., un pianista indie al que no he escuchado aún, pero que al parecer ha publicado uno de los presuntos mejores álbumes del 2015. En esas que me encuentro con unos hamijos y se me resuelve el problema, pues pasamos la siguiente media hora charlando y comparando actuaciones. A ellos les aburrieron Spiritualized, les encantaron Panda Bear, y me confirman que los Black Keys fueron la gran decepción del jueves noche (algo que ya se intuía, más que nada por el goteo de peña que se iba dejando caer todo el rato hasta la actuación de Los Punsetes). Dejo a mis amigos buscando sitio para ver a Belle and Sebastian (me encantaría acompañarles, porque ya he visto al combo de Stuart Murdoch un par de veces y siempre ha sido la leche), y me voy a lo mío.

Perfume Genius, o sea Mike Hadreas. El chorbo sale al escenario como si fuera un dios andrógino: mono negro, piel blanquísima, labios y uñas pintados de rojo y zapatos de charol y purpurina. Le falta el pelo verde para parecerse al Joker del tebeo La broma asesina. Timidísimo, sin apenas mirar al público y contoneándose como una serpiente, Perfume Genius procede a hurgarnos el alma con sus hechizantes historias sobre amores, desamores y miedos homosexuales, dejando patente la ejemplar evolución musical que ha experimentado en tres discos a cuál mejor, desde sus inicios en 2010 llenos de temas minimalistas al piano, con bastante poso de Antony and the Johnsons, hasta sus actuales composiciones, mucho más complejas y amenazadoras (latigazos electrónicos, guitarras, bruscos cambios de ritmo… se nota la producción de Adrian Utley, de Portishead) pero que siguen manteniendo el tono de confesión-pop susurrada al oído. La mezcla entre su turbadora fragilidad física y la absoluta seguridad con la que canta conforman una actuación arrebatadoramente sexy, colofoneada con una apoteósica Queen que deja al público tiritando. Dios salve a la reina.

BARCELONA, SPAIN - MAY 29:  Perfume Genius performs at Primavera Sound Festival on May 29, 2015 in Barcelona, Spain.  (Photo by Burak Cingi/Redferns via Getty Images)

Me paso a toda velocidad por el escenario Adidas Originals para asistir aunque sea a las dos últimas canciones de la actuación de los excelentes The Hotelier (que ahora mismo son la gran esperanza de un género tan moribundo como el emo-rock americano), y al ver la energía que transmiten me sabe mal no haberles podido disfrutar durante más rato (además, me temo que a estos sí que no va a haber manera de engancharlos por Europa fuera del formato de festival). En cuanto acaban me dirijo al escenario Primavera, el mayor del recinto, a prepararme para uno de mis momentos cumbre del PS 2015: Ride. Con tal de verlos voy a perderme a Ariel Pink (quizás el solape más sangrante de esta edición), y es más, con tal de verlos de cerca incluso voy a saltarme a las Sleater-Kinney, que una hora antes tocan justo enfrente, en el Heineken (el otro macro-escenario). Pero es que lo de Ride es para mí algo muy serio.

El shoegazing es uno de mis géneros favoritos del rock de las últimas tres décadas, y Ride son posiblemente mi banda favorita dentro de dicho género. Objetivamente hablando no tuvieron una carrera tan coherente como Slowdive (a partir del tercer disco, el decepcionante Carnival of Light, su magia se disolvió de repente), ni llegaron a firmar una obra seminal como el Loveless de My Bloody Valentine, pero antes de ser devorados por la auto-indulgencia tuvieron tiempo de firmar un listado de canciones bastante impresionante, en un corte más clásico y con mayor sentido de la melodía y de la diversión que sus compañeros de género. En cierto modo fueron “los Beatles del Shoegazing”. Entre 1991 y 1993 los tuve en un pedestal, y nunca pude verlos en directo. Por eso, me tomé como un acontecimiento solemne su reciente reunión, casi dos décadas después de haberse separado, y su inclusión en el line-up del festival (de hecho, el año pasado por estas fechas tuve una epifanía y vaticiné que reaparecerían y vendrían a tocar a Barcelona).

De todo lo anterior es fácil deducir que me cuesta horrores juzgar con objetividad un concierto que se abre con Leave Them All Behind, posiblemente una de las diez canciones de mi vida. Así que ni siquiera voy a intentarlo: lo que hacen Ride sobre el escenario Primavera me parece sencillamente magia. Tocan como dios (técnicamente son unos músicos fenomenales), generando sus inabarcables murallas de sonido igual que si estuviésemos en la primavera de 1992. Es un carnaval de luz. Se les ve implicados y felices de tener, por fin, el reconocimiento histórico que siempre merecieron. Están sobre el escenario algo más de 90 minutos y tocan casi todas las buenas, bordando maravillas como Time of Her Time, Vapour Trail o Drive Blind (meten muchísimo ruido pero con muchísimo criterio). Escucho a Andy Bell cantar las frases finales de OX4 (“Some fantasy you’ve been, Pick up the pieces in my mind, I’m going home…”), antes de esos dos preciosos minutos instrumentales que cierran la canción envolviéndote como un edredón sónico, y me acuerdo de alguien muy concreto; y como estoy acompañado tengo que aguantarme un poco para no llorar, pero lo consigo, y pienso que me siento a la vez triste y feliz. La música te hace estas cosas cuando es importante.

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Recupero fuerzas y presencia de espíritu con un Red Bull (sólo es la 1:30 de la madrugada y The Soft Moon tocan a las 4:00), mientras me tumbo en la hierba frente al ATP para ver al electro-gurú Jon Hopkins, que se trabaja una sesión cumplidora pero un tanto plana. Sí, consigue hacerme bailar con los brazos casi todo el rato, y hay que reconocer que lleva un montaje escénico-lumínico que es el recopetín, pero no llega a hincharme el pecho igual que lo han hecho sus últimos álbumes de estudio. En un festival en el que me está gustando todo, de momento esto es lo más cercano que he experimentado al gatillazo.

Para rellenar la siguiente hora muerta me monto un improvisado “quince minutos por banda”, paseándome por diversos escenarios a ver qué se cuece. Ratatat me recuerdan a unos franceses de los 90 que se llamaban Big Soul. Igual que aquellos, me parecen inocuos pero divertidos durante dos canciones, que es lo que tardo en bajar las atestadas escaleras del escenario Ray-Ban. A partir de ahí ya empiezan a hacérseme repetitivos, así que ni siquiera llego a pararme y vuelvo a salir por las escaleras de al lado, como si estuviera en una cinta transportadora. En otro rincón del recinto están Movement, que no suenan mal pero a los que alguien tendría que advertirles que el día anterior tocó James Blake, y que si no disimulan un poco mejor la gente se va a acabar dando cuenta de que le copian las canciones. Finalmente, Pallbearer me parecen sensiblemente mejores que las dos anteriores bandas, aunque a estas horas y como diría el poeta “ya no tengo el coño para farolillos doom metal”, así que opto por mirármelos sentado a cierta distancia, prestando casi la misma atención a los músicos que a los varios centenares de fans que hacen headbanging frente a ellos.

Finalmente, a las cuatro y poco de la madrugada salen a escena The Soft Moon, mi concierto final del viernes. Los de Oakland demuestran que pese a actuar en un escenario pequeño quieren dejar impronta en el festival, y ofrecen un intensísimo set de post-punk industrial con un aroma a medio camino entre Joy Division, Suicide y Cabaret Voltaire, y una actitud que los hace dignos herederos de todos ellos. Mucha oscuridad, mucha mala hostia (Luis Vasquez usa un bidón de metal para generar efectos de percusión, y le arrea verdaderas palizas) y sobre todo mucha calidad. Nota mental: me los tengo que escuchar más a fondo en disco porque me están pareciendo buenísimos.

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En cierto momento se me va la vista al backstage y flipo con la colección de “suicide girls” que tienen como roadies, todas allí filmando el concierto con los móviles, bebiendo birra y bailando. Sí, parece que sigue siendo cierta esa máxima de que los tíos que tienen pinta de malos se acaban llevando a las tías que están más buenas. Ante una reflexión de tal profundidad, recuerdo una frase que suele decir mi madre: “cuando empiezas a pensar tonterías es que ya toca irse a dormir”. Decido hacer lo propio. Mañana, fin de fiesta.

Canción del día:

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