La batalla de Waterloo (II de XV)

Napoleon_friedland

12 DE JUNIO. BONAPARTE Y NEY.

Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, el Mariscal Louis Nicolas Davout, Ministro de Guerra de Francia, recibía una nota de puño y letra del Emperador Napoleón Bonaparte, que venía a decir “Envíe a buscar al Mariscal Ney y dígale que, si quiere llegar a tiempo para presenciar las primeras batallas de la campaña, deberá presentarse en Avesnes entre hoy y mañana. Pasaré la noche allí, y el 14 como muy tarde estaré en Beaumont”. Davout lo flipa, porque no esperaba que Napo se plantease perdonar a su ex-amigo, pero evidentemente chapa la boca y le hace llegar la nota a Ney.

El Mariscal Michel NeyMichel Ney, Marshall of the French Empire, Duc of Elchingen, Prince of Moscow  *oil on canvas  *65 x 55 cm  *1812, primer Duque de Elchingen y Príncipe de la Moskowa, es en junio de 1815 un tipo de 44 años cansado y deprimido, presa de la melancolía y la angustia al saberse marginado. Se va enterando del desarrollo de la campaña por rumores y contactos, y está consternado al comprobar que, según todos los indicios, el Emperador no piensa contar con él para esta nueva aventura. Cada pocos días se pasa por las Tullerías como quien no quiere la cosa, para ver si alguien del estado mayor ha dejado algún mensaje para él. Pero nada. Ney está convencido de que ha caído en desgracia a los ojos del hombre por el que una vez lo dio todo.

Lo dio todo, sí… hasta que dejó de darlo. Un año antes, en 1814, Ney fue uno de los cabecillas de la “revuelta de los Mariscales” que propició la abdicación de Napoleón y su destierro a la isla de Elba. Ney incluso llegó a enfrentarse a Bonaparte cara a cara, en una durísima discusión en la que le negó el control de sus propias tropas (Napoleón: “¡El ejército me obedecerá!”, Ney: “No, Sire, el ejército obedecerá a sus mandos”). Tras aquello, la monarquía fue reimplantada en Francia y Ney se vio ascendido y condecorado por el rey Luis XVIII. Cuando Napoleón escapó de Elba y pisó de nuevo suelo gabacho, en marzo de 1815, Ney fue a detenerlo, haciendo al rey la promesa de traerlo “en una jaula de hierro”. Sin embargo, a la hora de la verdad no tuvo estómago para apresar a Bonaparte, que logró convencerle de ponerse una vez más de su lado (y obligó a Luis XVIII a largarse zumbando del país).

Aún así, Napoleón no sabe qué pensar de Michel Ney. Por un lado le cuesta olvidar su traición de un año atrás, que le costó el Imperio y el exilio, pero por el otro tiene que agradecerle que, cuando escapó de dicho exilio, Ney desobedeciera las órdenes de apresarlo y se postrara de nuevo a sus pies. Napoleón considera a Ney un hombre con escasa iniciativa estratégica, pero también sabe que es un líder aguerrido como pocos y un héroe muy popular en Francia, principalmente por su brillante desempeño en España y en la retirada de Rusia, en donde sus decisiones salvaron miles de vidas francesas. Le llaman “el héroe de la Moskowa” y “le Brave des Braves” (el valiente entre los valientes). Napoleón duda de si Ney estará a la altura de lo que exige la campaña de Bélgica; pero a última hora antes de salir de París, tirando de instinto, le ha pasado a Davout la nota para que envíen a buscarlo. Le concederá audiencia, hablará con él, y entonces decidirá si lo envía de vuelta para casa o le otorga un puesto de mando en su Armee Du Nord.

Tras recibir la noticia de que el Emperador le quiere ver, la cara de Ney se ilumina y sus ojos se humedecen por la emoción. Vuelve a estar en la pomada. Su humor sombrío y taciturno se torna de pronto euforia y nervios, mientras se apresura en hacer los preparativos para partir cuanto antes. No tiene caballo propio ni ayudantes, y desde luego no tiene tiempo para conseguir una cosa ni otra, así que se limita a alquilar un carruaje, improvisar un equipaje ligero y salir a toda mecha hacia Avesnes, con la única compañía del Coronel Heym, un viejo amigo que en el pasado le había servido en más de una campaña, y que ahora se ofrece como su “aide-de-camp”. Durante el viaje, Ney ha recuperado ya su habitual jovialidad. Si la entrevista sale bien (y está seguro de que saldrá bien), quizás Napoleón le entregue de nuevo el mando de tropas. Eso significaría que Ney volvería a enfrentarse al fuego enemigo, volvería a sentir el olor de la sangre y la pólvora, volvería a experimentar ese subidón de adrenalina al que no puede igualar ninguna droga. Y si muriese, no moriría en la cama como un paria olvidado, sino en el campo de batalla, en defensa de la patria y de su Emperador. Para Ney no hay mejor manera que esa de abandonar este mundo.

Al caer la tarde Ney llega a Avesnes, una mezcla de pueblillo y fortaleza del norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica, y se reuné con Napo para una cena informal. La conversación es desenfadada y más amistosa de lo que Ney preveía, pero el Emperador no le ofrece ningún puesto de responsabilidad, y él no se atreve a pedirlo. Da la sensación de que Bonaparte le está tanteando, a ver cómo reacciona, como si esperase un gesto de fidelidad por su parte. El Mariscal recoge el guante y le anuncia que acompañará a las tropas en su entrada en Bélgica, aunque sea como mero espectador. Napoleón contiene una sonrisa de aprobación. Sí, después de todo puede que Ney se merezca volver a la acción…

(continuará)

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