La batalla de Waterloo (V de XV)

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15 DE JUNIO. WELLINGTON SE PONE A SUDAR.

Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, las tropas de Napo ya estaban dando vueltas por Bélgica. Han cruzado el río Sambre utilizando puentes que los aliados deberían haber destruido (pero claro, probablemente pensaban usarlos ellos antes, en su invasión de Francia: no hay bracitos, no hay galletitas). La maniobra dista de ser perfecta, pues se produce una importante congestión de regimientos en el centro (algunos no lograrán ponerse en marcha hasta el día siguiente), pero en general cumple sus objetivos con creces y las columnas de l’Armee avanzan a toda mecha por las carreteras belgas. Los aliados lo flipan.

Por la tarde el Duque de Wellington (llamado popularmente “the beau”, o sea “el bonico”; es un dato absurdo pero me apetecía darlo) se entera de la verbena que acaba de empezar, mientras estaba moviendo el esqueleto en el baile de la Duquesa de Richmond en Bruselas (la fiesta se celebra en un granero al aire libre, no en el suntuoso palacete que aparecía en la peli Waterloo de Sergei Bondarchuk, que pese a ésta y otras inexactitudes históricas supone un chulísimo resumen de dos horas de lo que fue la campaña de 1815). Tras ser informado de que en la frontera han tenido lugar las primeras escaramuzas entre las tropas gabachas y un cuerpo de ejército prusiano (que ha salido corriendo tras llevarse una ensalada de hostias), y de que Bonaparte está en ese mismo instante dándose un baño caliente en Charleroi, apenas a 40 kilómetros de allí, Wellington pone ojos de huevo y exclama la frase “¡Por Dios que Napoleón se ha burlado de mí! ¡Me ha ganado 24 horas de marcha!”.

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Tras recuperarse del pasmo, el Duque les pide a los anfitriones de la fiesta que le dejen un mapa, y allí mismo se pone a cursar órdenes como un loco; y si anteayer excusábamos a Napo por sus errores a la hora de elegir generales para la campaña, haciendo encaje de bolillos entre las decisiones militares y las políticas (el nombramiento de Ney puede contarse entre las segundas), hoy no queda más remedio que ser igualmente benévolos con Wellington, que se enfrenta a la pesadilla organizativa de comandar una fuerza compuesta por sopotocientas leches distintas (ingleses, escoceses, alemanes, belgas, holandeses, hannoverianos…), al tiempo que intenta coordinarse con un ejército prusiano que ni siquiera sabe por donde anda exactamente, y cuyo comandante en jefe (Blücher) es un tipo difícil de tratar y un estratega bastante tosco (aparte de un borracho y un putero del copón).

Pese a las habituales confusiones, maniobras contradictorias y demostraciones de estulticia logística por ambos bandos (en el lado francés, el ala de Grouchy avanzaba con tanta pachorra que Napoleón se ha visto obligado a cabalgar hasta allí para soltarle a su mariscal el equivalente decimonónico de la expresión “macho, espabila joder”), al final de la jornada todo el mundo está más o menos en su sitio: los anglo-aliados de Wellington fortificados en el vital cruce de caminos de Quatre Bras, los prusianos de Blücher concentrados unos 10 kilómetros al sureste en torno al arroyo de Ligny, y los franceses justo en medio (recordemos: la estrategia de la posición central), con el ala izquierda de Ney encarada hacia Quatre Bras, y el ala derecha de Grouchy mas la reserva al mando del propio Emperador mirando a Ligny.

Cuenta la leyenda que esa noche, repasando los mapas en su cuartel general, Wellington informa a sus subalternos de que, pese a todo, Quatre Bras y Ligny solo son posiciones previas en las que retrasar al enemigo y dar a los aliados más oxígeno para organizarse como Dios manda. “La verdadera batalla, caballeros, la libraremos aquí”, dice, y señala con su dedo índice una pequeña zona unos kilómetros más al norte de donde están. Se trata de un lugar por el que Wellington ya había paseado un año antes. En aquella ocasión les había comentado a sus acompañantes que “éste sería un excelente campo de batalla”. Es una estrecha franja de explanadas, acotada por una línea de colinas y un par de granjas, cercana a un pueblito llamado… Waterloo. (coletilla dramática).

Nota: las guerras napoleónicas están plagadas de este tipo de anécdotas peliculeras, que los historiadores no han podido confirmar y que probablemente son meros embellecimientos o propaganda hagiográfica para aumentar la épica de los hechos acaecidos. ¿Y qué más da? Al menos a mí (que me planteo la historia como un buen tebeo), me ponen palote. Quiero creérmelas.

(continuará)

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