PAMUNDI MUSIC AWARDS 2013, parte 1

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INTRO
¡Aaaaaay que te cojooooooo… hoooola hermosuras! Si esto es febrero del 2014, significa que ya toca ir celebrando la VII edición de los PAMUNDI MUSIC AWARDS, ese faro de CRITERIO que os alumbra el camino hacia la arcadia del buen gusto musical, liberándoos de la tiranía de la radiofórmula, el papanatismo hipster (“A mí me gusta lo que dice Pitchfork”) y el inmovilismo trogloditarl (“Yo me quedé en el Sultans of Swing de Dire Straits”). Desde el otro lado del teclado, puedo notar vuestro alivio.

 Como ya sabéis de sobra, los PAMUNDI MUSIC AWARDS son mis listas particulares de los que considero mejores álbumes y tonadas del año recien acabado. La lista de álbumes incluye 20 entradas, mientras que la de tonadas es de 70. ¿Por qué 20 y 70? Joder, cada año estamos igual. Preguntádselo al de al lado.

Mis fuentes musicales, igual que siempre, han sido páginas web como Popmatters, Consequence of Sound, Tiny Mix Tapes, The Wild Honey Pie, Stereogum, Pitchfork, Uncut, Any Decent Music, NME, Spin, Paste, Mojo, Hipersónica, Jenesaispop o The Needle Drop, además de revistas en papel como Mondo Sonoro o Rockdelux. En este 2013 he batido una vez más el record del año pasado y, frente a los 180 álbumes que escuché entonces, esta vez he llegado a los 230 (casi tres cuartas partes de ellos entre los meses de octubre y diciembre).

Pues eso, chiquillería, que empiezan los PAMUNDI MUSIC AWARDS 2013. Abro fuego con un post a modo de resumen de lo que me ha parecido el año musical. Enjoy!

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Dejémonos de zarandajas y discursos gastados sobre la fertilidad creativa en tiempos de crisis y sobre el poder reivindicativo del pop: a un nivel puramente musical, a mí el 2013 me ha parecido un año más bien tontito. Como de costumbre, en 365 días se edita mucha matraca, y la cosecha siempre da de sí lo suficiente como para confeccionar una lista de 20 discos cojonudos; pero si esta vez me he cascado tantísimos álbumes más que el año pasado, sospecho que también ha sido porque me he visto obligado a tener que escarbar más en busca de las trufas. Pocas cosas me han sorprendido o entusiasmado (Fuck Buttons, The Knife…), unas cuantas me han decepcionado profundamente (Arcade Fire volviendo a su versión más plomiza, Kanye West convirtiendo en un chiste su gusto por las distorsiones de voz…), y la mayoría me han producido indiferencia o tedio (no entiendo qué tienen de especial Chvrches o Sky Ferreira, más allá de dos o tres canciones pegadizas).

TENGO UNA NOTICIA BUENA Y UNA MALA.
LA BUENA NOTICIA ES QUE…



Quizás, entre lo positivo que ha deparado el año, lo más vistoso haya sido la publicación por sorpresa del disco homónimo de Beyoncé. Apareció en diciembre sin ninguna promoción más allá del boca a boca de los fans, logrando un descomunal efecto bola de nieve en las redes sociales y descolocando durante unos días al resto del negocio musical. Una jugada de “anti-márqueting” viral tan inesperada como magistral. Lady Gaga, a quien nadie hizo demasiado caso pese a la llamativa promoción de su nuevo álbum Art Pop (aburrido y hortera en el mal sentido), debía de estar en casa royéndose los sostenes de envidia. El hecho de que, además, Beyoncé sea el trabajo musicalmente más maduro de toda la carrera de la Knowles, la distancia ya de manera definitiva de cualquier competencia posible. Aquí manda ella. Bueno, manda ella… con permiso de Janelle Monáe, la única que no solo la iguala en carisma y dominio escénico, sino que la supera a nivel de ambición musical. Su The Electric Lady es la secuela casi perfecta al The Archandroid con el que debutó hace dos años, y la confirma (si es que hacía falta) como lo mejor que le ha pasado al pop mainstream desde que Michael Jackson cambió de plano de existencia.

Hablando en términos generales, la música electrónica le ha pasado la mano por la cara al rock y al pop de guitarras (solo hay que ver los primeros puestos de la mayoría de listas de mejores del año), gracias a obras mayores como el Slow Focus de los Fuck Buttons (menos abrasivos pero igual de demoledores e intensos que siempre), el eclécticismo sonoro bien asimilado del Shaking the Habitual de The Knife, los ambientes fantasmagóricos del Virgins de Tim Hecker o el buen gusto bailable de unos Daft Punk que con Random Access Memories han sido recuperados para la causa, firmando además la que sin duda es la canción del año, Get Lucky (un clásico instantáneo, en una época en la que casi todo se mastica, se traga y se olvida a los diez minutos).

Aparte de esto, el 2013 ha visto un inusitado nivel de buena música por parte de artistas veteranos de los que no se esperaban noticias. Al menos a mí me ha dejado de piedra (nunca mejor dicho) que Queens of the Stone Age facturasen con …Like Clockwork no solo su mejor disco, sino el mejor disco de hard rock del año. Igualmente notable ha sido el estado de forma demostrado por Pet Shop Boys (Electric son posiblemente los 49 minutos de música más pegadizos que han compuesto en una década), Suede (que con Bloodsports han vuelto a lo que saben hacer mejor), David Bowie (aunque su voz ya no es lo que era, a nivel compositivo The Next Day es un “quien tuvo, retuvo” bastante notable), o My Bloody Valentine, que han cruzado el túnel del tiempo para firmar mbv, una continuación tan coherente de Loveless que nadie diría que ambos han sido grabados con 20 añazos de diferencia.



…Y LA MALA NOTICIA ES QUE…

Hasta los fans irredentos deberían reconocer que algunos de los álbumes más esperados del año no han estado a la altura de las expectativas. Esto ocurre siempre, sí, pero en el 2013 el debate al respecto ha sido especialmente animado. Que Phoenix han patinado con su Bankrupt!, que MGMT han confirmado que no volverán a componer temas de la redondez de Time to Pretend o Kids, o que Autechre y Boards of Canada se han cascado dos de los discos más soporíferos de sus respectivos catálogos, es algo que poca gente discute. Más divergencia de opiniones han generado The National (personalmente Trouble will Find Me me gusta, pero creo que está lejos de la excelencia de High Violet), o los ya mencionados Arcade Fire (Reflektor es un disco en general muy autocomplaciente, por parte de una banda que cuando es buena es muy buena, pero que cuando se cree por encima de su música suele caer en el “overacting and underwriting”; al menos el single que da título al álbum es fantástico).



Mención aparte merece Yeezus, el CD publicado por Kanye West en 2013, del que me gustaría decir cuatro cosas (literalmente): 1) Estoy harto de sus gorgoritos con el auto-tune, me parece un recurso cansinísimo ya, que me arruina por completo algunas canciones (Hold my Liquor, Blood on the Leaves…); 2) Estoy harto de las letras en las que, básicamente, se dedica a airear su vida privada rollo “Sálvame de Luxe” versión hip-hopera (cuando se pone así me aburre); 3) Estoy MUY harto de que utilice la palabra “bitches” de manera genérica para referirse a las tías, y de que haya tanto fan tontolaba que se lo aplauda (cuando se pone así me cabrea); y 4) Valoro la voluntad experimental que West ha demostrado en Yeezus, pero la experimentación por la experimentación no basta, y su disco, con algunas excepciones (Black Skinhead, Bound 2…) me parece machacón, demasiado largo y por momentos ridículo.

Hale, eso es todo lo que os quería explicar. En el siguiente post empezamos con la primera parte de la lista de los 20 DISCAZOS (puestos 20 al 11), luego seguiremos con la segunda parte (puestos 10 al 1), y finiquitaremos el asunto con la lista de las 70 TONADAS. Empiezan los PAMUNDI MUSIC AWARDS 2MIL13: disfrutadlos, compartidlos, comentadlos…



“Avanza el disco y parece que va a pasar algo, pero no. No ocurre nada y lo único que queda es un recetario de melodías subyugadas por el melodrama y parches de pop y folk que deberían llevar impresa esa leyenda de ‘dramatización’ que aparece en los anuncios de lavavajillas. Las canciones al servicio del estilo, y no a la inversa, que es como debería ser.” – David Moran, en su reseña para Rockdelux del álbum Let’s be Still de The Head and the Heart.

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