La mazmorra perfecta

Hace poco, hablando con un colega acerca de diversos juegos de tablero, variante dungeon-crawling (lo que aquí llamamos “mazmorreo”), el tío me soltó de pronto una de esas perlas de sabiduría Jedi que te hacen recalibrar tu visión de las cosas. La frase vino a ser (transcripción libre): “Todos los pesados que se quejan siempre de que a Shadows of Brimstone le falta un sistema de campaña, o de que a Descent le falta nivel de detalle en los combates, deberían ponerse a jugar a D&D 4ª edición como si fuera un juego de tablero y listos. ¿Quieres nivel de detalle? Pues toma nivel de detalle.” El comentario me llevó a revisar bajo una luz nueva mi opinión sobre la tan denostada cuarta edición de D&D; y tras darle algunas vueltas al asunto, concluí que mi amigo tenía razón. D&D 4ª me sigue pareciendo un ñordo de tamaño ciclópeo como sistema rolero, pero no se puede negar que es un juego de microgestión táctica extremadamente pulido. Si pretendes montar la tangana mazmorrera definitiva, con miniaturas y sobre un tablero cuadriculado, te va a costar encontrar otro producto que represente de manera más exhaustiva el combate, la magia, las campañas, la experiencia y demás elementos icónicos del género. O sea, que si quieres que Descent o Shadows of Brimstone funcionen como un juego de rol quizás deberías plantearte que, en realidad, lo que quieres es jugar a rol.

Digo todo lo anterior porque, en los últimos tiempos, he venido observando cierto nivel de obsesión por encontrar “el juego que lo tenga todo” entre los fans de los dungeon-crawlers de tablero. Esta actitud se aprecia sobre todo en ciertos ex-roleros, personajes un tanto fantasmagóricos que suelen poblar las convenciones y las tiendas de juegos como si fueran encuentros aleatorios y que, a la que te despistas, te pillan por banda y te ponen la cabeza como un timbal soltando sentencias del estilo de “Mansiones de la Locura es como La llamada de Cthulhu pero sin las partes aburridas” (una meme-chorrada que, si la sometes al polígrafo, en realidad lo que significa es algo así como: “Ya no tengo tiempo ni energías para jugar a rol y me dan envidia todos los que lo siguen haciendo, así que prefiero decir que las uvas están verdes”).

“El juego que lo tenga todo” es como el Conejo de Pascua, la chica de la curva o el extraterrestre de Roswell: no existe. Así de sencillo. Su búsqueda suele llevar a un estado de frustración constante, a la aparición de proyectos-mostrenco tan delirantes como Dungeon Crusade (no es que a su creador le falte perspectiva, es que yo creo que directamente ha perdido la cordura), y a la repetición ad nauseam de la secuencia “Me compro un juego = lo pruebo una vez = lo vendo. Me compro otro juego = lo pruebo una vez = lo vendo. Me compro otro juego…”. A mí me parece que es mucho más sano juzgar a cada juego por lo que es y por lo que ofrece (y si nos gusta, bien; y si no, también), en lugar de juzgarlo de manera distorsionada por su supuesto parecido con el unicornio rosa que estamos intentando cazar.

Los dos juegos protagonistas del videotocho que podéis ver bajo esta párrafada sirven como claros ejemplos de lo que estoy contando. Warhammer Quest: el juego de cartas es un colaborativo al que casi todas las reseñas aplauden por el intenso nivel de interacción que genera cuando lo juegas con cuatro participantes… y sin embargo he escuchado ponerlo a parir a gente que lo ha jugado de forma exclusiva en solitario o a dos jugadores (culpa de ellos por infrautilizarlo, no culpa del juego). Catacombs es uno de los títulos con los que más he visto disfrutar a un grupo de jugadores en torno a mi mesa en los últimos tiempos (aullidos de euforia incluidos, cuando los aventureros logran liquidar a un monstruo particularmente peludo)… y sin embargo, al acabar la partida, varios de esos mismos jugadores me han dicho que les había parecido “como jugar a las chapitas; no es serio” (ojo al dato: hablo de individuos que luego son capaces de estarse tres horas seguidas echando partidas de futbolín en un bareto).

Valorados sin prejuicios, por sus propios méritos y por la experiencia lúdica que aportan, Warhammer Quest: el juego de cartas y Catacombs son dos auténticas perlas (el segundo, en concreto, me parece lo mejor que he probado en lo que va de año). En cambio, si nos empeñamos en compararlos con ese legendario e ilusorio “Juego que lo tenga todo” van a salir perdiendo siempre, claro. Posiblemente, si algún día se llega a publicar de verdad el juego de mazmorreo perfecto, también pasará desapercibido ante la propia idea abstracta del “Juego que lo tenga todo”, que habrá crecido ya hasta alcanzar unas dimensiones mitológicas que superen su propia plasmación física. Al fin y al cabo ya sabéis lo que le pasó a Charles Chaplin en cierta ocasión: se presentó de incógnito a participar en un concurso de imitadores de Charlot… y quedó eliminado en la primera ronda. Le dijeron que su imitación era mediocre. Los miembros de aquel jurado también estaban tan obsesionados en encontrar al Charlot perfecto, que ni siquiera supieron ver al auténtico cuando lo tuvieron ante sus narices. Ganó el concurso un tal Milton Berle.

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4 pensamientos en “La mazmorra perfecta

    • No no, está probada. Hace poco acabaron encontrando en la hemeroteca del Chicago Herald una entrevista de 1915 en la que el propio Chaplin confirmaba la historia. Lo que es un bulo es la versión que se contaba mayoritariamente hasta ahora: que Chaplin había acabado segundo o tercero en el concurso. En realidad la cosa fue aún más humillante, porque le descalificaron en primera ronda (e incluso un miembro del jurado le soltó una reprimenda por lo flojo de su actuación, rollo “cómo viene usted así, a hacernos perder el tiempo”).

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  1. ¡Buenas reseñas! Catacombs me lo apunto para mi lista de futuribles, me parece que, además, será perfecto para jugar algún dia con los peques de la casa. Lástima que Warhammer Quest flojee a pocos jugadores, las pocas partidas que puedo hacer últimamente son así…

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