Festival de Cine de Sitges 2015 – Día 2 (sábado 10)

Segunda jornada de festival. Tal como prometí, este vídeo es más corto. Concretamente, diez segundos más corto. Menos duración pero mismo LOL; y más decadente todo también. Mi degradación física y mental sigue su curso a buen ritmo. Para el sexto videoblog, calculo que ya habré logrado que tengan una duración manejable y como bonus no se entenderá nada de lo que digo. Aquí la crónica escrita, y aquí la crónica en movimiento:

Festival de Cine de Sitges 2015 – Día 1 (viernes 9)

Primer día de festival. ¿Cinco minutos por vídeo? LOL. Evidentemente, va a ser que no. Es lo que pasa cuando no tienes tiempo para ensayar ni prepararte un guión que lo sintetice todo un poco, y además te lo estás pasando bien contando cosas. Aquí la crónica escrita, y aquí el videoblog (os recuerdo que las paridas que cuento en ambos formatos tienen cosicas diferentes):

Festival de Cine de Sitges 2015 – Día 0 (jueves 8)

¡Chavalada!, os aviso de que voy a ir colgando por aquí (al ritmo que pueda y me apetezca) los enlaces a mis artículos y vídeos de cobertura del Sitges 2015, Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya. Los artículos aparecerán publicados en la web del Diario de Venusville (en la que escribo habitualmente), y los vídeos estarán disponibles en mi canal de You Tube (siempre y cuando me aclare con el iPhone a la hora de subirlos, porque es la primera vez que intento hacer este tipo de mierda y soy un tarugo tecnológico de primer orden). Para abrir fuego, aquí os dejo mi clásico articulín previo de pelis imprescindibles, y el primer vídeo. Como de costumbre sólo digo chorradas, pero salgo bonico (¡Mirad qué pelazo, por favor!) y las digo con un salero innegable:

The Dark Affleck

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¿Alguien se acuerda de cuándo empezamos a odiar colectivamente a Ben Affleck? ¿Y del por qué? Al menos para mí, es una bruma indefinida entre la empalagosa escena final de Persiguiendo a Amy (que, por lo demás, es lo más cerca que ha estado Kevin Smith de hacer una película redonda), y aquella lamentable secuencia de Armageddon en la que cantaba. En algún momento entre esos dos puntos, su pelo repeinado, su cara de buey y esas pequeñas orejillas rojas empezaron a hacérseme insoportables en pantalla. Su acartonado desempeño en títulos posteriores como Pearl Harbour, Pánico nuclear, Las fuerzas de la naturaleza u Operación Reno no hizo más que echar gasolina al fuego, y antes de darme cuenta me había unido sin remedio a la creciente legión de haters. La mera presencia de su jeto en el cartel de un nuevo estreno era motivo suficiente para no entrar al cine (hasta el punto de que no fui a ver Daredevil y me esperé a que la echaran por la tele, aún siendo un fan irredento del personaje de la Marvel). Su periodo de arrejunte con J.Lo, que hizo germinar una ristra de espantos fílmicos todavía más injustificables (Gigli o Jersey Girl) ya me pilló muy lejos de él. Simplemente, borré a Ben Affleck de mi cabeza. Conozco a un buen montón de gente a la que le pasó lo mismo.

aflecjsu2Pero entonces llegó el 2010, y Affleck se descolgó de pronto con la estupenda The Town, Ciudad de ladrones, una película de atracos seca y afilada como una mala cosa. La dirigió, escribió y protagonizó, y se las ingenió para brillar en los tres apartados. Poco antes ya había mostrado ciertos destellos de recuperación, bordando en la correcta Hollywoodland el papel secundario de George Reeves (el actor que hacía de Superman en la serie de TV de los 50), y debutando tras la cámara con Adios, pequeña adios, un thriller de inusitada solidez dramática. Todo aquello empezaba a apuntar a palabras mayores, a que quizás habíamos sido un tanto injustos con el muchacho y que, después de todo, no sólo era un actor competente sino un director/guionista con personalidad y buen ojo (es cierto que, en los inicios de su carrera, ya había ganado un premio de la academia por co-escribir junto a Matt Damon la algo sobrevalorada El indomable Will Hunting, pero aquello le pareció un simple golpe de suerte a casi todo el mundo). Dos años más tarde, en 2012, la multipremiada Argo fue una confirmación que desbordó incluso las previsiones más optimistas. Ben Affleck, convertido casi de la noche a la mañana en una de las voces más interesantes del nuevo cine americano. Tócate los cojones…

Sin embargo, cuesta eliminar los vicios adquiridos. Así que cuando saltó la noticia de que Affleck había sido el elegido para encarnar al hombre murciélago en ese combate de wrestling fílmico que promete ser el Superman vs. Batman de Zack Snyder (cualquier peli fantástica que incluya un “vs.” en el título ya está dejando clara su naturaleza de ejercicio circense un tanto menor, llámese Aliens vs. Predator, Freddy vs. Jason o Godzilla vs. Frankenstein), volví a sumarme a la turba enfervorizada que recorría internet agitando antorchas virtuales y cagándose en la estampa del actor de Boston. ¿Cómo que el tarambana ese iba a ser el sustituto de Christian Bale? ¿Se habían vuelto todos locos? ¿A quién se habría follado para lograr el papel? Así me pasé las primeras semanas, lanzando veneno dialéctico en toda red social a la que tuve acceso. Hasta que, un buen día, cierto amigo que contemporiza estas cosas bastante más que yo me soltó algo del estilo de “¿Ben Affleck hará de Batman? Pues ya ves tú qué cosa, ni que fuera interpretar a Enrique VIII…”. Al oír esa frase, tan precisa en su simplicidad, se me deshinchó la vena gorda… tomé aire… reflexioné sobre todo el puñetero asunto durante diez minutos… y llegué a la conclusión de que mi amigo tenía razón. Ben Affleck como Batman… ¿y qué? ¿Donde está el problema?

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Dejando de lado a los anecdóticos Lewis Wilson y Robert Lowery que dieron vida al personaje en seriales de los años 40, y la parodia semi-consciente de Adam West en la televisión sesentera (él parecía ser el único en no darse cuenta de que estaba protagonizando una serie de humor), el papel de Batman nunca ha estado exento de polémica. Salvo Christian Bale, todos los actores que se han enfundado la máscara negra con orejitas han recibido su buena ración de sopapos: Michael Keaton supo salvar el trago con mucho oficio (su intensidad interpretativa es lo mejor de las “timburtonianas” Batman y Batman Vuelve), pero no hay olvidemos que en un principio su elección levantó ampollas por ser un actor de comedia, de aspecto fofo y con una estatura que no llegaba al metro ochenta. Tras él, Val Kilmer interpretó en Batman Forever a una versión del héroe clavada a la de los tebeos en lo morfológico pero plana en lo dramático (quizás, de haber contado con un mejor guión estaríamos hablando de otra cosa…). Por último, George Clooney se creía tan poco lo que veía cuando se miraba al espejo enfundado en el puñetero traje con pezones, que en Batman y Robin (¿el peor filme de tipos con capa que nunca haya parido un gran estudio?) ni siquiera se esforzó por hacerlo bien. Así pues, repasando este historial, ¿de verdad es TAN terrible la apuesta por Affleck?

Si os dijese que el próximo actor en hacer de Bruce Wayne/Batman será una estrella de Hollywood, que además es un geek declarado de los tebeos de superhéroes (o sea, que respeta y comprende el material con el que tiene que trabajar), que atesora experiencia en casi todos los géneros cinematográficos (comedia, drama, acción, fantástico… sólo le falta una del oeste), que ha recibido diversos galardones como director, productor, guionista y actor (incluyendo dos Oscars), y que físicamente es un armario de 1,92 de estatura, con un cuerpo musculado de casi 100 kilos de peso y una mandíbula prominente (o sea, ES Batman), seguro que os pondríais a salivar de inmediato, ¿no? Entonces, si a continuación os dijese que ese tipo responde al nombre de Ben Affleck, ¿qué justificaría que de pronto arrugaseis la nariz? ¿Qué parte exacta de su currículum creéis que le invalida para interpretar a un tío que lucha contra el mal disfrazado de quiróptero? ¿Que hace DOCE PUTOS AÑOS protagonizó Daredevil, una mala peli de justicieros con cuero y licra? ¡Joder, superadlo ya! Ok, acepto que quizás no fue el Matt Murdock más carismático posible, pero os voy a contar un secreto: Affleck no escribió el ridículo guión de Daredevil, no diseñó el estúpido look del villano Bullseye, no decidió que Kingpin fuese negro, no redujo a un personajazo como Elektra a mero interés romántico y no tuvo nada que ver con todos los demás aspectos que no funcionaban en aquel bodrio. De hecho, el trabajo interpretativo de Ben Affleck fue bastante funcional, pasando casi desapercibido entre la debacle que estallaba a su alrededor (Colin Farrell y Michael Clarke Duncan estaban bastante peor que él, sin ir más lejos).

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De haber redactado este artículo hace sólo un mes, antes de la aparición del primer teaser-trailer de Superman vs. Batman, incluso podría haber esgrimido el argumento de que fichar a Affleck era un movimiento inteligente para aportar algo más de ligereza, colorido y espíritu pulp a las adaptaciones fílmicas de los tebeos de la editorial DC, un universo superheróico que tras el “tríptico murcielaguero” de Christopher Nolan (Batman Begins, El caballero oscuro y El caballero oscuro: la leyenda renace), más la indigesta Man of Steel, empieza a acumular ya demasiado siniestrismo y espesor narrativo. Por desgracia, el trailer en cuestión deja ver los mismos vicios de siempre: exceso de seriedad y drama, mucha noche y mucha lluvia y personajes con cara de pasarse el día cagando mármol. Con Affleck o sin él, esto tiene pinta de ladrillazo.

[Nota al margen, que daría para otro escrito: está la mar de bien que Batman sea un mega-fascista y se calce la exo-armadura para apalizar hijos de Krypton, pero que el tebeo de referencia sobre el justiciero de Gotham siga siendo el Dark Knight de Frank Miller, que tiene ya 30 años, revela de manera muy elocuente el problema de autoestima que tiene DC con su galería de personajes; parece que a la gente de Warner Brothers sigue sin entrarle en la mollera que los tebeos de superhéroes son sobre todo DI-VER-TI-DOS, algo que en cambio Marvel ha entendido de putísima madre; si en DC/Warner quieren tener alguna opción de hacerse nicho de mercado en este género, deberían virar cuanto antes hacia el espíritu festivo del Superman de Richard Donner; aunque fuese un poco].

Incluso, podría decirse que hay una coda tras la decisión de confiar el papel a Ben Affleck: aunque la cosa acabe siendo un desastre de proporciones bíblicas, apostaría a que será un desastre positivo. Porque después de lo alto que dejó el listón Christian Bale, estaba claro que cualquiera que viniese detrás nos iba a parecer peor por comparación, iba a tener que cargar con una pesada mochila de prejuicios. Tampoco hay demasiada gente que dé un chavo por Jared Leto como nuevo Joker, teniendo en cuenta lo alargadísima que es la sombra de Heath Ledger. Sin embargo, si Affleck y Leto fracasan, su sacrificio servirá al menos para liberar a los personajes del peso del mito, y los actores que vengan después de ellos lo tendrán mucho más fácil. Es algo comparable a lo que le ocurrió a Brandon Routh en Superman Returns (otro largometraje de superhéroes para pegarse un tiro): recoger el testigo de Christopher Reeve era una tarea imposiblemente compleja, pero la tunda de palos que se llevó, “inmolándose por la causa”, allanó el terreno para que el posterior Henry Cavill pudiese componer un acercamiento al personaje más limpio y libre de suspicacias.

Vamos, que sí, que Ben Affleck ha cometido muchos errores a lo largo de su carrera (por un momento pareció que eligiese proyectos utilizando una ruleta). Pero ha pagado con creces por ellos y ha conseguido salir vivo, reinventándose y puliéndose como actor hasta unos límites que parecían improbables no hace tanto (en sus dos últimos trabajos, To The Wonder y Desaparecida, estaba estupendo). Sigue teniendo una filmografía irregular, pero acordaros de lo que pensábamos sobre Robert Downey Jr. sólo uno o dos años antes de verlo metido en la armadura de Iron Man; o aún más extremo, lo que pensábamos de Matthew McConaughey antes de que, sin previo aviso, empezase a callarnos la boca con papeles descomunales como los de Killer Joe, El lobo de Wall Street, Interestelar o True Detective (ya, ahora va a resultar que siempre habéis sido fans de McConaughey; no me hagáis reír…). Pocas cosas hay más cerriles que el fandom, pero de verdad, haced el siguiente ejercicio: durante los próximos 30 segundos vaciad de prejuicios vuestra quijotera, mirad la imagen bajo estas líneas y decidme, con sinceridad, dónde están los ocho puñeteros errores. Porque por más que me fijo, no los veo por ninguna parte. Yo lo único que veo en esta foto… es a Batman.

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50 sombras de Grey: Sombra aquí y sombra allá

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El Superman que dirigió Richard Donner en 1978 sigue siendo, en líneas generales, la versión más satisfactoria del superhéroe estrella de DC Comics que jamás se haya visto en la gran pantalla. El motivo principal (aparte de la imagen icónica de Christopher Reeve, que pesa como una losa sobre cualquier actor posterior que intenta hacerse con dicho papel), es que esa película es la única que abraza sin complejos ni vergüenza la naturaleza del personaje: un supertipo volador que lleva una capa, un esquijama azul y unos calzoncillos rojos por fuera. Tanto en Superman Returns como en El hombre de acero, los guionistas decidieron oscurecer su personalidad y los colores de su uniforme, dándole un nivel adicional de “gravitas” dramática porque creían que, de lo contrario, el gran público lo encontraría desfasado y ridículo. O sea, en realidad eran ELLOS quienes encontraban desfasado y ridículo a Superman; y claro, si no crees en lo que estás haciendo, es difícil hacerlo bien.

¿A qué viene empezar una reseña de 50 sombras de Grey hablando sobre Superman? Pues a que Hollywood, salvo excepciones, parece tener la misma actitud hacia el hijo de Krypton que hacia cualquier forma de sexualidad alternativa. En una inmensa mayoría de títulos, todo personaje que “folle raro” necesita ser justificado mediante una personalidad peculiar, cuando no directamente mediante un cuadro de desorden mental. Incluso en títulos que reflejan con cierto rigor o conocimiento de causa el universo del BDSM (siglas de Bondage, Dominación, Sadismo y Masoquismo), como Portero de Noche o Secretary, los protagonistas siempre han sufrido algún tipo de abusos o maltratos psicológicos que los han convertido en poco menos que psicópatas o inadaptados sociales. 50 sombras de Grey no solo no elude dicho tópico sino que lo convierte en el motor principal de su trama. No habría ningún problema si ello diera lugar a una historia interesante, rica a nivel emocional o simplemente estimulante en el plano erótico (mira tú si tenía bajo mi nivel de exigencia), pero no estamos de suerte: 50 sombras de Grey mezcla un guión pobrísimo, una factura visual rutinaria, unas interpretaciones de culebrón y una visión del sexo de lo más ridícula. O sea, un gatillazo en toda regla.

Anastasia Steele (interpretada por una Dakota Johnson convincente, aún abusando de los tics y las mordeduras de labio) es una estudiante universitaria y dependienta a media jornada en una ferretería, que se ve metida en el brete de tener que entrevistar para el periódico universitario a Christian Grey (Jamie Dorman, justito tanto en carisma como en dotes interpretativas), un joven, apuesto, soltero y enigmático multimillonario que es el epítome del “hombre creado a sí mismo”. La muchacha, una auténtica pánfila en el sentido más amplio del término (incluyendo el típico “look patito feo”: sabemos que está buenorra aunque se vista como una nerd), se meará literalmente en las bragas ante el magnetismo cuasi animal del fulano (o eso le parece a ella, porque la imagen que transmite es la de un chulopiscinas con traje caro). A su vez, Christian se enchotará cosa mala con Anastasia y empezará a tirarle la caña. Con esa ecuación en marcha, está claro que ambos deberían ir de cabeza al catre más pronto que tarde, ¿no? Pues va a ser que agua, ya que Mr. Grey tiene unos gustos fuera de lo corriente a la hora de la coyunda: látigos, fustas, cuerdas, plugs anales y otros cachivaches no menos divertidos. Por lo tanto, ambos inician una relación que básicamente consiste en que Christian persigue a Anastasia para que le deje darle candela, y ella se arruga y sale corriendo, pero entonces él hace un truco de nuevo rico (le compra un coche o un ordenador, la pasea en helicóptero o en planeador…) y la vuelve a atraer hacia sí. Por el camino, de vez en cuando van follando (pero “follan atrevido”, ojo, que a veces él se arrebata y le ata las manos con una corbata o le da un cachetito en el pandero; una locura, vamos). En cierto modo el asunto es como Pretty Woman pero al revés: aquí el multimillonario no quiere retirar a la puta y convertirla en una mujer “decente”, sino que quiere ligarse a una mojigata virgen y hacer de ella un auténtico putón verbenero.

Y hay que decir que la historia que se nos narra, con todo lo vacía, postiza y tópica que es (un cuento de hadas picantón, y poco más), esconde cierta inteligencia como producto comercial, como largometraje BDSM dirigido al público “vainilla” (o sea, el que no folla raro). El uso de modelos y situaciones arquetípicas facilita que un amplio espectro de la audiencia femenina pueda identificarse con la protagonista y se pregunte qué haría en su situación. O sea, que es sencillo de entender el exitazo que han tenido los libros originales de E. L. James. Lo que ya resulta más incomprensible es que a todo eso no se le saque mayor partido en pantalla, que quede reducido a dos horas de sopor sin apenas chispa. Sorprende bastante que lo más criticable de 50 sombras de Grey no sean sus hipérboles dramáticas, sus personajes de una pieza ni sus clichés de novela rosa, sino el papanatismo del que hace gala a la hora de tratar sus temas troncales. Es una película de azotes en la que no asoma ni un culo rojo: tras una risible mini-sesión de spanking, la cámara se toma verdaderas molestias para que no veamos el trasero de Anastasia en ningún plano, un esfuerzo que recuerda a aquel gag de Austin Powers en el que se usaban todo tipo de implementos (un par de melones, unas jarritas de leche…) para impedir que las tetas de Liz Hurley salieran en pantalla. Se nos intenta calentar la bragueta con frases como “yo no hago el amor… yo follo duro” pero a la hora de la verdad la película carece de una sola imagen que pueda competir en torridez con, por ejemplo, Nueve semanas y media (por citar el icono más evidente del erotismo cinematográfico mainstream). La directora Sam Taylor-Johnson filma los polvos de manera aburrida y tópica (la pareja dándole al mete-saca reflejada en un espejo) y ni siquiera deja ver un solo orgasmo en pantalla. Es como si en Salvar al soldado Ryan todos los nazis muriesen fuera de cámara…

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50 sombras de Grey ni siquiera funciona como melodrama al uso, pues en realidad no muestra una historia romántica. Ni tan solo se interesa en reflexionar sobre los mecanismos de una relación malsana a nivel emocional y/o sexual, en el sentido en que lo hacen películas como Antichrist o La pianista. Esto tiene la profundidad de lo que es, un simple folletín, y su mensaje es el que es, una colección de lugares comunes retrógrados y miopes a cargo de una autora despistada, que parece haber aprendido lo que sabe de BDSM leyendo la revista Cosmopolitan (en teoría está todo: las dinámicas de poder de la relación, el concepto de entrega y de límites pactados, la ritualización del sexo visto como un juego de roles, etc; pero está todo malinterpretado o puesto fuera de sitio). Christian Grey es un prototipo de maltratador, en efecto, pero no porque le vayan los látigos y las cuerdas de cáñamo en el dormitorio (que ya ves tú qué cosa…), sino por cómo trata a Anastasia fuera de él. Sí, el sexo es consensuado, pero el resto de la relación no lo es: Mr. Grey pretende controlar con quién se relaciona Anastasia, cómo viste, qué come, qué coche conduce (le regala un deportivo de la hostia, no sin antes deshacerse sin su permiso del coche que ella ya tenía), e incluso llega al extremo de colarse en su casa cuando la chica decide tomarse un respiro en la relación. No voy a hacer “spoilers”, pero baste decir que en las dos entregas que aún faltan para completar esta trilogía, la cosa va a peor.

Christian Grey podría usarse sin problemas como ejemplo para una de esas campañas publicitarias que denuncian la violencia de género, si no fuera por el hecho de que Anastasia no es mucho mejor que él. Aparte de su comportamiento pasivo-agresivo y de que su única aspiración vital parezca ser encontrar a un chorbo que la cuide y la mantenga, siempre responde con los inputs emocionales equivocados: las ataduras y los fustazos le parecen una aberración (pese a ser de lo más inocentes; he visto mayor nivel de puteo físico en algunos concursos televisivos presentados por Ramón García), pero en cambio el hecho de ser acosada, espiada, manipulada y ninguneada la preocupa bastante menos. Grey es un troglodita que no da más de sí y confunde el BDSM con el maltrato psicológico y el abuso doméstico, pero en cierto modo es más honesto que ella: desde el primer momento le deja bien claras sus intenciones, incluyendo explicaciones detalladas, palabras de seguridad para cortar cualquier práctica que no le guste, e incluso un exhaustivo contrato de límites sexuales (cuya discusión cláusula por cláusula da lugar a la única escena de cierto voltaje y carisma del filme). Es comprensible que a ella no le vaya el mismo nivel de mambo que a él, pero los pollos y los arrebatos de llanto que le monta al respecto no proceden. ¿No te gusta? Pues puerta y que pase la siguiente (ya sé lo que me van a decir los fans: “es que ella está enamorada” y tal; mira, no me vengáis con rollos, si quiere que la traten como a una adulta, que madure un poco).

¿Es 50 sombras de Grey una película de influencia positiva o nociva? Ni una cosa ni otra. Por un lado, en una sociedad cateta que sigue considerando el sexo como algo vergonzante, tabú y banal, algo que es preferible mantener escondido en vez de celebrarlo, está bien que se reivindique un género de capa caída como la novela erótica. A mí al menos me hace gracia ver que las estanterías preferentes de las grandes superficies se llenan con trilogías sobre gente que se pasa el día de fornicio. El problema es que, como de costumbre con estas modas, la novela erótica que se está reivindicando no es Historia de O, La Venus de las pieles ni El amante de Lady Chatterley, sino subproductos de un valor literario dudoso y una vida editorial de lo más efímera (o sea, lo mismo que con la reciente fiebre por las novelas de zombis). También puede argumentarse que 50 sombras de Grey ha abonado algo de terreno a las causas feministas, aunque sólo sea por propiciar que muchas mujeres se hagan conscientes de su lado sexual, lo exploren y hablen de ello abiertamente con otras mujeres. Quizás sí, pero sería de agradecer que todo esto ocurriese a partir de planteamientos menos apolillados.

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Asimismo, es cierto que tanto los libros como la versión cinematográfica de esta historia están logrando convertir el BDSM (o más bien, su visión deformada, tontaina y un tanto folclórica del mismo) en trending topic, pero no estoy seguro de que al BDSM le haga falta tal cosa; siempre ha sido un estilo de vida privado y minoritario, practicado por quienes se lo creen de verdad. Es posible que necesite ser mejor explicado para normalizarse, pero desde luego lo que no necesita es exponerse a la luz ni convertirse en un nuevo sabor de helado. Por suerte, la fiebre pasará y todos volveremos a nuestras costumbres. El grueso de la población no se va a poner de pronto a practicar sadomaso light por las calles, del mismo modo que no se lanzó en tropel a visitar museos de arte tras leer El Código Da Vinci. Los policías de la moral y lo estándar pueden dormir tranquilos.

Por todo lo anterior, tomarse 50 sombras de Grey como una obra reivindicativa o metafórica, como una guía de iniciación carnal, un libelo o cualquier otra cosa que no sea una simple novela de ficción (no hay que olvidar que esta movida empezó como fan fiction de Crepúsculo), es perder el tiempo y la perspectiva. De hecho, lo único que cabría exigirle es que fuese un buen drama erótico; y ahí sí, no queda otra que reconocer que fracasa con estrépito. Decía Woody Allen que el sexo sólo es sucio cuando se hace bien. En 50 sombras de Grey todo está demasiado limpio, pulido y desinfectado.

Diario de Venusville: Tusk

Tusk-poster-WEB-READY1Se ha materializado mi última crítica cinematográfica para la web Diario de Venusville. Se trata de Tusk, la película con la que se supone que debemos recuperar la fe en Kevin Smith (ejem…). “Body horror” piscotrónico, humor grueso y mucha mala hostia, en una obra que podría ser mejor, sí, pero que también podría haber sido una absoluta catástrofe.

Para leerla, entrad en ESTE ENLACE.

Mirando a Steven Seagal con lupa

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Lunes noche: haciendo zapping suicida, casi a tumba abierta, entre el visionado de varios episodios de Life’s Too Short (serie cómica de Ricky Gervais que básicamente va de humillar a Warwick Davis y otros enanos; o sea, oro puro), me topo en Paramount Channel con Buscando Justicia, peli policiaca de cuando Steven Seagal bordeaba su plenitud interpretativa (si es que tal concepto puede llegar siquiera a formularse), mucho antes de convertirse en el actual señor mayor que se ha comido a Steven Seagal. Y claro, ¿qué puedo hacer yo, un hombre adulto, heterosexual y amante de las hostias como panes, ante tal regalo del destino? Pues en efecto: quedarme enganchado hasta los títulos de crédito finales con el cerebro en modo salvapantallas, incapaz de cambiar de canal, presa de una especie de síndrome de Stendhal invertido, que recuerda a lo que el filósofo Rafael Argullol definió en su día como “la atracción del abismo” (aunque creo recordar que no se refería a la filmografía de Steven Seagal sino a las pinturas románticas de Turner y Caspar David Friedrich; pero bueno, la idea es la misma).

Sin llegar a los niveles de excelencia de Glimmer Man (o cómo redecorar un restaurante chino más rápido que IKEA), ni de Alerta Máxima (dos horas luxando terroristas, culminadas con el brioso “uno-dos” de ensartar la quijotera de Tommy Lee Jones con un cuchillo en vertical hasta el mango y acto seguido enclastarlo contra un monitor de radar), hay que reconocer que Buscando Justicia también atesora su buen puñado de momentos merecedores de levantarse y aplaudir a la pantalla. Así pues, ya que no era capaz de apartar la vista del televisor decidí darle la vuelta a la situación y escrutar la película con toda mi atención, viéndola en grano fino. Ahí van algunos detalles que creo que merece la pena destacar:

– El personaje interpretado por Seagal es el inspector de policía Gino Felino, que en estos momentos me parece el mejor nombre jamás creado por el ser humano. Muy bien por el Sr. y la Sra. Felino, muy bien. Estuvieron ahí finos finos con el pareado, los Felino. El bautizo del pequeño Gino tuvo que ser un happening de lo más cachondo.

– El atuendo principal de Gino Felino cuando está de servicio consiste en: camisa negra bombacha abierta hasta el pecho, camiseta imperio negra, pantalón de pinzas negro y zapatos de puntera negros. Súmese a lo anterior el pelo engominado con coletita de torero, y da la impresión de que a nuestro héroe la investigación del caso le ha pillado a contrapelo, mientras bailaba en un concurso de salsa o tocaba las maracas en una orquesta latina, y ha tenido que salir corriendo a buscar justicia sin tiempo para cambiarse.

– Gino Felino acude a un bar de los bajos fondos a pedir información y, ante las pocas ganas de charla de los parroquianos, acaba midiéndoles el lomo a todos (se veía venir) con la ayuda de un palo de billar partido en dos. Entre la vestimenta antes descrita y la velocidad absurda a la que mueve ambos brazos repartiendo dolor en todas direcciones, parece el xilofonista de Locomía.

– La interpretación de Seagal, atención al dato, EMPEORA cuando le quitas el doblaje en español y lo escuchas en inglés, con su voz original de teleñeco.

– El malo de la función es un mafioso muy loco y muy cabrón interpretado por William Forsythe. Sin embargo, el encomiable esfuerzo del actor por componer un villano lo más despreciable posible queda totalmente anulado por su aspecto de contable regordete de mediana edad al que le compra la ropa su madre (Prueba nº 1 de la acusación). Forsythe solo consigue inspirar compasión en el espectador, que enseguida intuye la somanta de hostias que le va a llover al pobre diablo en cuanto Gino (Felino) entre en su espacio vital. Efectivamente, en la pelea culminante entre ambos, Felino lo hace volar contra todas las paredes de la casa, lo tira por una ventana, le ablanda la giba con un rodillo de amasar, le nivela el cráneo de un sartenazo y colofonea en nota alta abriéndole el sexto chakra en la puta frente con un sacacorchos. Parafraseando a mi buen amigo Xavi Garriga, “Lo más grande de Steven Seagal no es que zurre a los malosos, es que encima les humilla. Es el equivalente en artes marciales al matón de patio de colegio, que al grito de ‘¿Pero por qué te pegas?’ te daba bofetadas con tu propia mano.” (Prueba nº2 de la acusación).

Por supuesto, obra maestra absoluta y tal.