La batalla de Waterloo (VI de XV)

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16 DE JUNIO (PRIMERA PARTE). LA BATALLA DE QUATRE BRAS.

Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, a pocos kilómetros del cruce de caminos de Quatre Bras, el mariscal Ney observaba las posiciones inglesas y notaba cierto olor a chamusquina. Por el catalejo solo alcanza a ver a unos 8.000 aliados y le parecen pocos, pues ha estudiado a Wellington y sabe que siempre le gusta tratar de engañar al enemigo manteniendo a buena parte de sus tropas ocultas fuera de la vista (tumbadas en maizales, agachadas detrás de colinas, y cosas así). Sin embargo, en esa ocasión no es que Wellington le esté tomando el pelo: es que realmente no tiene nada más que lo que se ve. Sin embargo Ney no se fía, no se atreve. El mariscal de Francia decide esperar.

mapLa vital encrucijada de Quatre Bras señala la unión entre la carretera Charleroi-Bruselas y la carretera Nivelles-Namur,
y está al ladico de la pequeñísima aldea de
Baisy-Thy (lo que se dice cuatro casas). Tiene un bosquecillo al sudoeste, y dos o tres granjas esparcidas aquí y allá. El terreno al sur del cruce es más elevado, y al norte cae de manera un tanto pronunciada. Es un buen punto defensivo, que en general dificulta el avance de los atacantes y facilita a los defensores el recibir refuerzos. Sin embargo, los anglo-aliados se han visto obligados a ocuparlo de manera un tanto precipitada (tan solo 48 horas antes no imaginaban que fuera a tener lugar allí una batalla), sin poder sacarle todo el partido estratégico que hubiera sido posible con un despliegue más ordenado.

La mañana transcurre tan plácida que a Wellington incluso le da tiempo de trincar el caballo e irse a ver a los prusianos de Blücher en Ligny, donde tampoco han empezado aún las tortas (Wellington: “Ey ¿qué pasa tío? ¿Cómo va?”; Blücher: “Pues ya ves, esperando a que el enano ataque.”; Wellington: “¿Ya sabes que, tal como habéis desplegado el flanco derecho, os van a dar una tunda del copón?”; Blücher: “No hombre, no. No empieces ya, joder.”; Wellington: “Desde luego no se te puede decir nada, macho. No se te puede decir nada”; Blücher: “Pesaos sois los ingleses, hostias. Siempre enmendando la plana. ¿Te he criticado yo a ti?”; Wellington: “Vale vale, tú mismo. Paso de discutir. Me vuelvo a Quatre Bras”; Blücher: “Eso eso, desfila.”).

A mediodía, consciente de que ya no puede esperar más, Ney ataca, lanzando contra Wellington a sus 18.000 soldados (cuyas filas se irán engrosando a lo largo de la jornada hasta totalizar unos 24.000) apoyados por 32 cañones. Sin embargo, como el muy huevón se ha pasado toda la mañana tocándose los cascabeles, los aliados ya han logrado desplegar a más gente y tienen en camino un constante goteo de refuerzos (las apenas 8.000 tropas iniciales llegarán a ser 36.000 en el momento de mayor intensidad de la batalla).

La cosa empieza con el habitual bombardeo de artillería, seguido por un buen montón de escaramuzas en la vanguardia. Los aliados ceden terreno a cara de perro, retirándose poco a poco de los bosques y aldeas colindantes a Quatre Bras. Hacia las dos de la tarde, Ney por fin está en posición para asaltar el cruce de caminos con “armas combinadas” (o sea, infantería, caballería y artillería a la vez, que es la combo ideal en cualquier batalla napoleónica). La presión sobre las posiciones aliadas se hace casi insoportable, pero en torno a las tres de la tarde reciben más refuerzos ingleses, hannoverianos y holandeses, que les permiten reagruparse y adecentar sus líneas. Pese a la increíble confusión reinante en ciertos momentos del combate (una brigada de caballería holandesa es fulminada por fusileros escoceses, que los han confundido con coraceros gabachos), los aliados aprietan los dientes y aguantan, como el boxeador al que están dando de hostias pero se agarra a las cuerdas del ring para no caer al suelo.

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Más o menos a las 16 horas, Ney recibe órdenes de Napoleón de que finiquite el asunto DE UNA PUTA VEZ, así que aumenta la presión “up to eleven”, mandando al mogollón todo lo que tiene, incluida la bella caballería pesada de Kellerman, que despedaza por completo a tres regimientos ingleses de infantería. Aún así, los franceses empiezan a estar agotados, hasta el punto de que a media tarde los aliados contraatacan y los hacen retroceder casi hasta sus posiciones de salida. Ahí, la batalla se estanca definitivamente. Tras unas ocho horas de crudísimos enfrentamientos, en los que el propio Wellington ha estado a punto de ser capturado dos o tres veces, cae la noche. Los anglo-aliados han perdido unos 4.800 soldados, frente a 4.300 muertos y desaparecidos franceses.

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Contra pronóstico, Wellington ha logrado forzar el empate técnico gracias a una mezcla de cataplines, sentido común y chamba (las tropas de infantería holandesas, a las que el Duque había dado orden de replegarse hacia Nivelles, no le han hecho ni puñetero caso y se han quedado a luchar, demostrándose a la postre como fundamentales para mantener el cruce de caminos protegido). A los aliados dicho empate ya les va bien (solo aspiraban a ganar tiempo y empantanar al enemigo), pero para los franceses es un contratiempo importante. Ney necesitaba esa victoria, necesitaba controlar el enclave, no solo a fin de desarbolar a Wellington (que también), sino para poder enviar refuerzos hacia Ligny, la otra refriega que se está librando ese mismo día, a unos diez kilómetros al sureste de allí. No ha sido así, y Napo ha tenido que librar esa batalla por sí solo. ¿Qué tal le habrá ido al Emperador, por cierto? Montado sobre su caballo, Michel Ney suda y resopla de nervios.

(continuará)

La batalla de Waterloo (V de XV)

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15 DE JUNIO. WELLINGTON SE PONE A SUDAR.

Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, las tropas de Napo ya estaban dando vueltas por Bélgica. Han cruzado el río Sambre utilizando puentes que los aliados deberían haber destruido (pero claro, probablemente pensaban usarlos ellos antes, en su invasión de Francia: no hay bracitos, no hay galletitas). La maniobra dista de ser perfecta, pues se produce una importante congestión de regimientos en el centro (algunos no lograrán ponerse en marcha hasta el día siguiente), pero en general cumple sus objetivos con creces y las columnas de l’Armee avanzan a toda mecha por las carreteras belgas. Los aliados lo flipan.

Por la tarde el Duque de Wellington (llamado popularmente “the beau”, o sea “el bonico”; es un dato absurdo pero me apetecía darlo) se entera de la verbena que acaba de empezar, mientras estaba moviendo el esqueleto en el baile de la Duquesa de Richmond en Bruselas (la fiesta se celebra en un granero al aire libre, no en el suntuoso palacete que aparecía en la peli Waterloo de Sergei Bondarchuk, que pese a ésta y otras inexactitudes históricas supone un chulísimo resumen de dos horas de lo que fue la campaña de 1815). Tras ser informado de que en la frontera han tenido lugar las primeras escaramuzas entre las tropas gabachas y un cuerpo de ejército prusiano (que ha salido corriendo tras llevarse una ensalada de hostias), y de que Bonaparte está en ese mismo instante dándose un baño caliente en Charleroi, apenas a 40 kilómetros de allí, Wellington pone ojos de huevo y exclama la frase “¡Por Dios que Napoleón se ha burlado de mí! ¡Me ha ganado 24 horas de marcha!”.

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Tras recuperarse del pasmo, el Duque les pide a los anfitriones de la fiesta que le dejen un mapa, y allí mismo se pone a cursar órdenes como un loco; y si anteayer excusábamos a Napo por sus errores a la hora de elegir generales para la campaña, haciendo encaje de bolillos entre las decisiones militares y las políticas (el nombramiento de Ney puede contarse entre las segundas), hoy no queda más remedio que ser igualmente benévolos con Wellington, que se enfrenta a la pesadilla organizativa de comandar una fuerza compuesta por sopotocientas leches distintas (ingleses, escoceses, alemanes, belgas, holandeses, hannoverianos…), al tiempo que intenta coordinarse con un ejército prusiano que ni siquiera sabe por donde anda exactamente, y cuyo comandante en jefe (Blücher) es un tipo difícil de tratar y un estratega bastante tosco (aparte de un borracho y un putero del copón).

Pese a las habituales confusiones, maniobras contradictorias y demostraciones de estulticia logística por ambos bandos (en el lado francés, el ala de Grouchy avanzaba con tanta pachorra que Napoleón se ha visto obligado a cabalgar hasta allí para soltarle a su mariscal el equivalente decimonónico de la expresión “macho, espabila joder”), al final de la jornada todo el mundo está más o menos en su sitio: los anglo-aliados de Wellington fortificados en el vital cruce de caminos de Quatre Bras, los prusianos de Blücher concentrados unos 10 kilómetros al sureste en torno al arroyo de Ligny, y los franceses justo en medio (recordemos: la estrategia de la posición central), con el ala izquierda de Ney encarada hacia Quatre Bras, y el ala derecha de Grouchy mas la reserva al mando del propio Emperador mirando a Ligny.

Cuenta la leyenda que esa noche, repasando los mapas en su cuartel general, Wellington informa a sus subalternos de que, pese a todo, Quatre Bras y Ligny solo son posiciones previas en las que retrasar al enemigo y dar a los aliados más oxígeno para organizarse como Dios manda. “La verdadera batalla, caballeros, la libraremos aquí”, dice, y señala con su dedo índice una pequeña zona unos kilómetros más al norte de donde están. Se trata de un lugar por el que Wellington ya había paseado un año antes. En aquella ocasión les había comentado a sus acompañantes que “éste sería un excelente campo de batalla”. Es una estrecha franja de explanadas, acotada por una línea de colinas y un par de granjas, cercana a un pueblito llamado… Waterloo. (coletilla dramática).

Nota: las guerras napoleónicas están plagadas de este tipo de anécdotas peliculeras, que los historiadores no han podido confirmar y que probablemente son meros embellecimientos o propaganda hagiográfica para aumentar la épica de los hechos acaecidos. ¿Y qué más da? Al menos a mí (que me planteo la historia como un buen tebeo), me ponen palote. Quiero creérmelas.

(continuará)

La batalla de Waterloo (IV de XV)

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14 DE JUNIO. LA ESTRATEGIA DE LA POSICIÓN CENTRAL.

Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, Napoleón tenía ya su estado mayor fijado y el plan de batalla más o menos decidido, con lo que todo estaba listo para empezar a rular. El desplazamiento hasta la frontera belga de ciento y pico mil hombres (una verdadera ciudad en movimiento) sin que los aliados se enteren, figurará en los anales de la historia como otro más de los prodigios logísticos del corso, acaso el último verdadero golpe de genialidad de su carrera militar. La noche del 13, varias patrullas de centinelas prusianos han llegado a ver cierta concentración de fogatas de campamento que se extienden a lo largo del horizonte, pero ni se les ha pasado por la cabeza que los franceses, cercados como están, hayan planeado pasar a la ofensiva. Ni de coña Hans, no hagas caso, que deben de ser campesinos de la zona…

¿Y cuál es el plan de ataque de los franceses? En su cuartel general de campaña en Beaumont, el Emperador tiene dificultades para dormir (como siempre le pasa), así que se incorpora, enciende una lumbre y lo repasa todo mentalmente una vez más: él no quería luchar, al menos no de momento, pero en cuanto escapó de su destierro en Elba y volvió al poder, a primeros de marzo, las potencias aliadas le declararon la guerra (no a Francia, ojo, sino a él; ¡A ÉL en persona!), y empezaron a amasar una gran fuerza multinacional (Rusia, Prusia, Inglaterra, Austria, Bélgica…). Un macro-ejército que cuando logre reunirse invadirá Francia con cerca de setecientos mil hombres, llegando sin oposición hasta París y capturándole de nuevo. Por tanto, si Bonaparte quiere impedir esa catástrofe, no le queda más remedio que arremangarse y atacar mientras sus enemigos aún no están organizados del todo. De momento los aliados “sólo” cuentan con dos fuerzas en disposición de combatir: una prusiana de unos 130,000 efectivos al mando del veterano mariscal de campo von Blücher, y otra anglo-aliada de 105,000 dirigida por el Duque de Wellington.

Los objetivos de Napoleón: llegar cuanto antes hasta Bruselas dándoles una palera contundente a los aliados, infligiéndoles una derrota que de una tacada ponga a los Países Bajos de su lado, lleve a los ingleses a desentenderse del continente y aislarse en su isla, y obligue a prusianos y rusos a negociar la paz con Francia cada uno por su cuenta. Sin embargo, ¿cómo lograr dicha victoria? Los 128,000 hombres que finalmente seguirán al Emperador son bastantes menos que la combo de los anglo-aliados de Wellington más los prusianos de Blücher. Por tanto, la única posibilidad de Napo pasa por recuperar la estrategia de la “posición central”, que ya utilizase en la campaña de 1813, en la que un ejército francés agotado y sin caballería estuvo repartiendo sopas con honda a todas las potencias europeas a la vez (un poco como aquel número de las Secret Wars de Marvel, en el que Spider-Man le daba de hostias a toda la Patrulla-X en pleno) hasta que, ya derrengado, acabó por ser vencido en Leipzig.

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Esta estrategia de la posición central es exactamente lo que parece: los franceses se meterán como una cuña entre los prusianos y los anglo-aliados, atacando por separado primero a los unos, y luego a los otros. De ese modo, en vez de una sola batalla en desventaja numérica Napoleón librará dos, pero ambas en superioridad. Si ejecuta bien el plan (y tiene serias posibilidades de lograrlo), ninguno de los dos ejércitos enemigos podrá reaccionar a tiempo para auxiliar al otro. Es más, dada la tendencia natural de toda fuerza militar a retirarse siguiendo sus propias líneas de suministros (las de los anglo-aliados llevan hacia el norte, a los puertos del canal, y las de los prusianos al este, hacia Namur y Lieja), si el primer ataque es lo bastante demoledor y pone en fuga al oponente, Wellington y Blücher quedarán todavía más separados entre ellos.

El Emperador imagina la situación y sonríe para sí. Todo lo que necesita es rapidez, sorpresa y suerte. Los dos primeros factores no le preocupan, pues corren de su cuenta; y del tercero, la diosa Fortuna le ha proveído en generosas cantidades a lo largo de toda su vida. ¿Por qué tendría que ser diferente ahora, en su momento de mayor necesidad?

(continuará)

La batalla de Waterloo (III de XV)

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13 DE JUNIO. L’EMPEREUR CANTA LA ALINEACIÓN.

Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, Napo partía de Avesnes y se unía por fin a su Armee du Nord en Beaumont, ya tocando Bélgica. Por el camino entre ambas poblaciones ha podido comprobar que, en efecto, Ney es una baza a la que no puede permitirse el lujo de renunciar. A lo largo del día le han ido llegando todo tipo de noticias de que, al paso del Mariscal entre las filas de soldados apostados bajo un sol de justicia, éstos le saludan, le vitorean, le presentan sus respetos, pese a que ahora mismo no tiene ningún rango sobre ellos. Pero lo que sí que sigue teniendo “le Rougeaud” (“cara roja”, que es el apodo que la soldadesca gabacha le ha dado a Ney) es su prestigio intacto. Las tropas sencillamente le adoran, y eso es algo que no pasa desapercibido para un líder militar tan cuidadoso con los detalles como Napoleón Bonaparte, que de hecho ha forjado su leyenda en buena medida gracias al carisma popular que siempre ha despertado. Ese mismo carisma que hizo que los soldados que marchaban a detenerle
a su vuelta de Elba acabasen arrodillados ante él, como si estuviesen contemplando a un dios viviente  Sí, ese tipo de entrega incondicional por parte de sus tropas es lo que l’Empereur necesita para imponerse en una empresa tan complicada como la que ahora afronta; y si el Mariscal Ney puede sumar algo en ese aspecto, pues oye tú, de puta madre, ¿no?

A las tres de la tarde Napo y Ney se encuentran de nuevo, junto a una posada en una colina desde la que puede verse el río Sambre, su orilla sur punteada por un constante hormigueo de tropas francesas acampadas hasta donde alcanza la vista. Napo está sentado junto a su mesilla de campaña, consultando mapas y papeles, rodeado de sus oficiales. Ney desmonta de su caballo (ha podido por fin hacerse con uno), y se presenta ante el Emperador, que casi sin mirarle le espeta algo parecido a esto: “Buenos días, Ney, me alegro de verle. Le voy a poner al mando del 1º y el 2º Cuerpo de Ejército, así como de la caballería ligera de mi Guardia. Mañana se le unirán los Coraceros de Kellerman. Sus órdenes son hacer retroceder al enemigo a lo largo de la carretera que lleva a Bruselas y tomar posiciones en Quatre Bras. Bienvenido.” Ney toma el sobre con las órdenes, saluda marcialmente, da media vuelta y monta de nuevo en su caballo. Mientras se aleja para reunirse con sus tropas, el corazón le late a mil por hora. Vuelve a ser un soldado. Se siente, quizás, como el protagonista del poema Los Granaderos, de Heinrich Heinze, que en sus rimas finales glosa de manera certera el sentimiento de un militar napoleónico profesional:

Así a punto y siempre en vela,
estaré cual centinela
fijo siempre en su lugar;
hasta que oiga en feliz día
rechinar la artillería
y los caballos trotar.

Y el Emperador, al frente
de su ejército impaciente
cabalgará, y al clamor,
armado saldré de la tierra,
y otra vez iré a la guerra,
detrás del Emperador.

Así pues, de repente Ney ha pasado de ser un don nadie a tener a su cargo toda el ala izquierda del ejército francés. El ala derecha quedará para Grouchy (ya hablaremos de él, porque lo suyo tiene mucha tela), mientras que el Emperador “in person” dirigirá a las fuerzas de la reserva (incluida, por supuesto, la Guardia Imperial). Ney está encantadísimo de la vida con este giro de los acontecimientos, pero hay que reconocer que al pobre le ha caído encima un marronazo del quince, porque el ejército se va a poner en marcha de forma inminente (esa misma madrugada, o como muy tarde la siguiente), y él aún no tiene claro cual va a ser el plan de ataque, más allá de las escuetas palabras que le ha dedicado el Emperador (“Hacer retroceder al enemigo a lo largo de la carretera que lleva a Bruselas y tomar posiciones en Quatre Bras”; ya ves tú, como si la cosa fuera jauja).

Todos esperaban que el mando de ese ala izquierda fuera para Davout, que es de largo el mariscal francés vivo con más talento estratégico. Sin embargo, Napo piensa dirigir la campaña con mano de hierro, en plan “hombre orquesta”. Por tanto cree que le bastará con generales valerosos y obedientes como Ney y Grouchy, mientras que Davout, un hombre con mayor capacidad de iniciativa propia, queda encargado de la defensa de París por si las moscas (Bonaparte no tiene certeza de lo que van a hacer los aliados, y no quiere dejarles la puerta de casa abierta mientras él se va de campaña con el grueso de las tropas francesas). Personalmente siempre me ha parecido un tanto ventajista, con lo que sabemos hoy en día, criticar las decisiones de Napoleón respecto a su staff de mando para la campaña de 1815: decisiones tomadas hace dos siglos, con unos recursos de inteligencia militar muy limitados y sin apenas tiempo para darles vueltas. No obstante, al mismo tiempo no hay más tu tía que reconocer que esas decisiones tendrán funestas consecuencias para el resultado de la batalla de Waterloo, y por ende para el destino de Europa.

(continuará)

La batalla de Waterloo (II de XV)

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12 DE JUNIO. BONAPARTE Y NEY.

Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, el Mariscal Louis Nicolas Davout, Ministro de Guerra de Francia, recibía una nota de puño y letra del Emperador Napoleón Bonaparte, que venía a decir “Envíe a buscar al Mariscal Ney y dígale que, si quiere llegar a tiempo para presenciar las primeras batallas de la campaña, deberá presentarse en Avesnes entre hoy y mañana. Pasaré la noche allí, y el 14 como muy tarde estaré en Beaumont”. Davout lo flipa, porque no esperaba que Napo se plantease perdonar a su ex-amigo, pero evidentemente chapa la boca y le hace llegar la nota a Ney.

El Mariscal Michel NeyMichel Ney, Marshall of the French Empire, Duc of Elchingen, Prince of Moscow  *oil on canvas  *65 x 55 cm  *1812, primer Duque de Elchingen y Príncipe de la Moskowa, es en junio de 1815 un tipo de 44 años cansado y deprimido, presa de la melancolía y la angustia al saberse marginado. Se va enterando del desarrollo de la campaña por rumores y contactos, y está consternado al comprobar que, según todos los indicios, el Emperador no piensa contar con él para esta nueva aventura. Cada pocos días se pasa por las Tullerías como quien no quiere la cosa, para ver si alguien del estado mayor ha dejado algún mensaje para él. Pero nada. Ney está convencido de que ha caído en desgracia a los ojos del hombre por el que una vez lo dio todo.

Lo dio todo, sí… hasta que dejó de darlo. Un año antes, en 1814, Ney fue uno de los cabecillas de la “revuelta de los Mariscales” que propició la abdicación de Napoleón y su destierro a la isla de Elba. Ney incluso llegó a enfrentarse a Bonaparte cara a cara, en una durísima discusión en la que le negó el control de sus propias tropas (Napoleón: “¡El ejército me obedecerá!”, Ney: “No, Sire, el ejército obedecerá a sus mandos”). Tras aquello, la monarquía fue reimplantada en Francia y Ney se vio ascendido y condecorado por el rey Luis XVIII. Cuando Napoleón escapó de Elba y pisó de nuevo suelo gabacho, en marzo de 1815, Ney fue a detenerlo, haciendo al rey la promesa de traerlo “en una jaula de hierro”. Sin embargo, a la hora de la verdad no tuvo estómago para apresar a Bonaparte, que logró convencerle de ponerse una vez más de su lado (y obligó a Luis XVIII a largarse zumbando del país).

Aún así, Napoleón no sabe qué pensar de Michel Ney. Por un lado le cuesta olvidar su traición de un año atrás, que le costó el Imperio y el exilio, pero por el otro tiene que agradecerle que, cuando escapó de dicho exilio, Ney desobedeciera las órdenes de apresarlo y se postrara de nuevo a sus pies. Napoleón considera a Ney un hombre con escasa iniciativa estratégica, pero también sabe que es un líder aguerrido como pocos y un héroe muy popular en Francia, principalmente por su brillante desempeño en España y en la retirada de Rusia, en donde sus decisiones salvaron miles de vidas francesas. Le llaman “el héroe de la Moskowa” y “le Brave des Braves” (el valiente entre los valientes). Napoleón duda de si Ney estará a la altura de lo que exige la campaña de Bélgica; pero a última hora antes de salir de París, tirando de instinto, le ha pasado a Davout la nota para que envíen a buscarlo. Le concederá audiencia, hablará con él, y entonces decidirá si lo envía de vuelta para casa o le otorga un puesto de mando en su Armee Du Nord.

Tras recibir la noticia de que el Emperador le quiere ver, la cara de Ney se ilumina y sus ojos se humedecen por la emoción. Vuelve a estar en la pomada. Su humor sombrío y taciturno se torna de pronto euforia y nervios, mientras se apresura en hacer los preparativos para partir cuanto antes. No tiene caballo propio ni ayudantes, y desde luego no tiene tiempo para conseguir una cosa ni otra, así que se limita a alquilar un carruaje, improvisar un equipaje ligero y salir a toda mecha hacia Avesnes, con la única compañía del Coronel Heym, un viejo amigo que en el pasado le había servido en más de una campaña, y que ahora se ofrece como su “aide-de-camp”. Durante el viaje, Ney ha recuperado ya su habitual jovialidad. Si la entrevista sale bien (y está seguro de que saldrá bien), quizás Napoleón le entregue de nuevo el mando de tropas. Eso significaría que Ney volvería a enfrentarse al fuego enemigo, volvería a sentir el olor de la sangre y la pólvora, volvería a experimentar ese subidón de adrenalina al que no puede igualar ninguna droga. Y si muriese, no moriría en la cama como un paria olvidado, sino en el campo de batalla, en defensa de la patria y de su Emperador. Para Ney no hay mejor manera que esa de abandonar este mundo.

Al caer la tarde Ney llega a Avesnes, una mezcla de pueblillo y fortaleza del norte de Francia, cerca de la frontera con Bélgica, y se reuné con Napo para una cena informal. La conversación es desenfadada y más amistosa de lo que Ney preveía, pero el Emperador no le ofrece ningún puesto de responsabilidad, y él no se atreve a pedirlo. Da la sensación de que Bonaparte le está tanteando, a ver cómo reacciona, como si esperase un gesto de fidelidad por su parte. El Mariscal recoge el guante y le anuncia que acompañará a las tropas en su entrada en Bélgica, aunque sea como mero espectador. Napoleón contiene una sonrisa de aprobación. Sí, después de todo puede que Ney se merezca volver a la acción…

(continuará)

La batalla de Waterloo (I de XV)

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Tal día como hoy, hace exactamente 202 años, estaba en ciernes de dar comienzo la campaña militar de Waterloo, que en apenas una semana estremecería a toda Europa hasta culminar con la derrota del mejor de los hombres, Napoleon Bonaparte, Emperador de Francia. Lo que sigue es un relato día a día y por entregas (concretamente quince) de aquellos hechos, en el que he intentado aunar lo riguroso con lo cinematográfico. Probablemente me habré quedado corto en lo primero y habré exagerado en lo segundo, pero en todo caso me lo he pasado bomba intentándolo. Si os interesa el asunto, retroceded conmigo un par de siglos y sed testigos de uno de los episodios más espectaculares de la historia…

11 DE JUNIO. LOS PREPARATIVOS.

Tras varias semanas de revisar docenas de mapas de Bélgica y de diseñar en su mente la logística que necesitará la campaña, Napo ha pasado unos cuantos días enviando despachos por todo el país, con órdenes de que se silencie cualquier comunicación con la frontera, y de que se empiece a retirar de allí a todas las guarniciones de soldados franceses (los necesitará en el campo de batalla), reemplazándolos por guardia nacional, figurantes disfrazados y hasta muñecos de paja, a fin de que el enemigo no sospeche la fiesta que está a punto de liar el corso.

Una vez completadas sus obligaciones epistolares, Napoleón parte de París en su carruaje, en ruta hacia la frontera con Bélgica. Allí, l’Armee du Nord, el “auténtico” ejército francés con el que el Emperador se batirá frente a sus enemigos, está ya al completo, esperándole. Cerca de 150.000 BELLOS, incluyendo unos 30.000 de caballería (sí amigos, 30.000 que se dice pronto; aunque después del desastre de la campaña de Rusia, quizás llamar “caballos” a los jamelgos que montaban los regimientos de línea franceses en 1815 sea un rapto de romanticismo épico por mi parte), 25.000 hombres de la Guardia Imperial y más de 350 piezas de artillería.

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Son 150.000 gabachos dispuestos a partirse el pecho por su Emperador una vez más. Napoleón ha tenido que reclutarlos contra reloj, y la mezcla resultante es una fuerza de combate poderosísima, pero difícil de comandar. En palabras de Alessandro Barbero en su brutal libro La batalla: Historia de Waterloo: “Impresionable, siempre dispuesto a discutir, sin disciplina, receloso de sus jefes, turbado por el miedo a la traición y por eso susceptible al pánico, pero aguerrido y amante de la guerra, sediento de venganza, capaz de esfuerzos heróicos y de lances furiosos, y más fogoso, más exaltado, más vehemente que cualquier otro ejército republicano o imperial, así era el ejército de 1815. Napoleón nunca había tenido en sus manos un instrumento de guerra tan temible, ni tan frágil.”

A medida que transcurren las horas sin que pase nada, la tensión va creciendo en los diversos vivaques de campaña. Todo el mundo aguarda nervioso la llegada de l’Empereur y la orden de avanzar, cruzando el río Sambre, entrando en Bélgica y con ello declarando una vez más la guerra al resto del continente europeo. Es el domingo 11 de junio de 1815. El primer día de la campaña de Waterloo… (continuará)