Elogio de los juegos viejos

El Warrior Knights de Corey Koniecza, editado en 2006 por Fantasy Flight Games, es un juego superior en casi todos los aspectos al clásico de Games Workshop diseñado por Derek Carver tres décadas antes: mucho más equilibrado, elegante, divertido y sobre todo… jugable. Sigue resultando una experiencia larga, quizás demasiado (a 5 o 6 participantes, no bajas de las cinco horas), pero nada comparable a la puñetera agonía que suponía el original, lo que se conoce como un “juego de club”, porque realmente sólo era asumible si podías dejar la partida montada en una mesa durante varios días y jugarlo en dos o tres sesiones (a razón de 4-5 horas por sesión). Fellowship of the Ring, editado por I.C.E. a principios de los años 80, es otro ejemplo similar. Aunque el semi-moderno Guerra del Anillo no sea un remake directo de aquel, ambos títulos coinciden en intentar narrar las aventuras de Frodo Bolsón y el resto de la Compañía del Anillo cruzando la Tierra Media sin que Sauron les dé matarile, en una suerte de juego del gato y el ratón. Guerra del Anillo transmite sensaciones muy parecidas a Fellowship of the Ring pero lo hace con reglas bastante más prácticas e intuitivas, y con una narrativa menos delirante (en Fellowship of the Ring a la Compañía le pasaba de todo, incluyendo tener que pegarse con vampiros o dragones). Por no decir que Guerra del Anillo cuenta la trilogía de Tolkien completa, mientras que Fellowship of the Ring, por algún motivo que me elude, sólo llegaba hasta el final del primer libro (la partida acababa en cuanto la Compañía se disolvía).

Así pues queda claro que tanto el Fellowship of the Ring de I.C.E. como el Warrior Knights de Derek Carver son dos títulos ampliamente superados, a nivel mecánico, por 30 años de sacarle brillo al diseño de juegos; y sin embargo, cuando tengo que listar las diez partidas de tablero más míticas que he jugado en mi vida, cae como mínimo una de ambos (en el antiguo club Maquetismo y Simulación, donde a mediados de los ochenta, colegas como Antonio Catalán, Jordi Fernandez o Antonio Aroca me lo enseñaron TODO). En cambio, en ese tipo de listas nunca me acuerdo ni del Warrior Knights de Koniecza ni de Guerra del Anillo. ¿Esto tiene que ver con la nostalgia y el efecto de fascinación que producen “esas primeras partidas”, cuando acabas de descubrir que existe un universo lúdico más allá del Monopoly y el Trivial Pursuit? Posiblemente sí, del mismo modo que todos los roleros veteranos intentamos en realidad revivir esa anaconda que se nos formó en el estómago la primera vez que jugamos a D&D (y por eso una serie como Stranger Things nos hace tantísima pupa; porque pega justo donde duele). Pero hay también un factor intangible que pocas veces se tiene en cuenta, y es que los juegos de antaño gozaban de un componente arcano que los hacía extrañamente atractivos. Jugarlos era complejo y extenuante, era como descifrar un jeroglífico. Tenía mérito (si eras capaz de entender el funcionamiento de Magic Realm, te sentías listo). Requerían un estado mental concreto, un punto de concentración introspectiva que te premiaba de vuelta haciéndote disfrutar de una sensación de inmersión apabullante. Era como si hubiese una especie de “verdad oculta” en todo aquel proceso; hasta el punto de que, a donde no llegaban los componentes físicos del juego (que la mayoría de veces dejaban bastante que desear o eran directamente inexistentes), llegaba la imaginación de los jugadores. Que no tuvieras un troll de plástico para representar al troll que había sobre el tablero no lo convertía en menos troll, sino justamente en MÁS troll (no sé si se me ha entendido; sospecho que los lectores mayores de 40 años sí lo habrán hecho).

Cuando empecé a hacer videotochos se me ocurrió una idea que seguramente no llegaré a concretar nunca, porque tras darle varias vueltas me pareció que tenía un interés marginal, pero que me viene muy bien comentar aquí y ahora: X-Wing (Fantasy Flight, 2012) y Star Warriors (West End Games, 1987), los dos grandes juegos de duelos de cazas en el universo de Star Wars, llegan al mismo punto (meterte en la carlinga de una nave espacial de combate) por derroteros completamente distintos. X-Wing es un juego moderno en el que prima lo adrenalítico (decisiones rápidas y suerte con los dados), y eso es pura simulación de lo que es un combate de naves de La guerra de las galaxias, es Han Solo y Chewbacca gritando alborozados tras haber hecho estallar un Tie Fighter de un disparo. Star Warriors, por su parte, es un juego antiguo en el que prima lo metódico (planificar el turno llenando de contadores de acción tu hoja de nave), y eso también es pura simulación de lo que es un combate de naves de La guerra de las galaxias, es Luke Skywalker apretando botones de su cuadro de mandos, dando órdenes a R2-D2 y decidiendo si pasa o no a disparo manual.

En el presente videotocho comparo los juegos de tablero Star Wars Rebellion y Guerra del Anillo, dos joyas modernas difíciles de mejorar. Pero eso no significa que otros juegos más viejunos que tratan los mismos temas sean peores simplemente por eso, por ser viejunos. Diría más bien que son juegos que utilizan otro lenguaje. Es del todo lícito que a la mayoría de nosotros nos interese más (o nos interese de manera exclusiva) el lenguaje moderno. Pero denostar a quien en su día diseñó Fellowship of the Ring sin red (o sea, mirando hacia atrás, no encontrando ningún referente anterior del que sacar ideas y teniendo que inventarse, DE LA NADA, un sistema tan jodidamente brillante como el de los dados de rumores que utiliza ese juego), es como denostar Los siete samurais de Kurosawa diciendo que Los 7 magníficos de Antoine Fuqua es en color. Pues no. No lo hagáis.

Aun siendo un firme defensor de que los juegos de tablero nunca habían vivido un periodo de creatividad más chulo que el actual (pese a que ahora se haya puesto de moda relativizar el asunto, con argumentos tan pardos como que “cantidad no es lo mismo que calidad”), me he dado cuenta de que, en estos artículos de complemento a los videotochos, casi siempre acabo defendiendo los juegos del año de la conga. Creo que lo hago porque no veo que lo haga casi nadie más, y los considero un poso cultural que merece ser valorado y debería ser estudiado. Porque del mismo modo que a un crítico de cine se le exige que haya visto Rashomon antes de entrar a analizar la deconstrucción narrativa de las pelis de Tarantino, o que a un crítico literario se le exige que haya leído a Alejandro Dumas antes de ponerse a juzgar la estructura de las novelas de Alatriste, o que a un crítico de tebeos se le exige que conozca el Spider-Man de Jerry Conway antes de ensalzar o poner a parir el de Strackynski, cualquier crítico de juegos tiene la misma obligación de HACER LOS DEBERES y, si piensa reseñar por ejemplo la última edición de Civilización, debería por lo menos preocuparse en googlear quien fue Francis Tresham. Porque todos sabemos lo que significa el término “eurogame”, sí, pero mucha menos gente sabe que se lo debemos a pioneros como él.

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La mazmorra perfecta

Hace poco, hablando con un colega acerca de diversos juegos de tablero, variante dungeon-crawling (lo que aquí llamamos “mazmorreo”), el tío me soltó de pronto una de esas perlas de sabiduría Jedi que te hacen recalibrar tu visión de las cosas. La frase vino a ser (transcripción libre): “Todos los pesados que se quejan siempre de que a Shadows of Brimstone le falta un sistema de campaña, o de que a Descent le falta nivel de detalle en los combates, deberían ponerse a jugar a D&D 4ª edición como si fuera un juego de tablero y listos. ¿Quieres nivel de detalle? Pues toma nivel de detalle.” El comentario me llevó a revisar bajo una luz nueva mi opinión sobre la tan denostada cuarta edición de D&D; y tras darle algunas vueltas al asunto, concluí que mi amigo tenía razón. D&D 4ª me sigue pareciendo un ñordo de tamaño ciclópeo como sistema rolero, pero no se puede negar que es un juego de microgestión táctica extremadamente pulido. Si pretendes montar la tangana mazmorrera definitiva, con miniaturas y sobre un tablero cuadriculado, te va a costar encontrar otro producto que represente de manera más exhaustiva el combate, la magia, las campañas, la experiencia y demás elementos icónicos del género. O sea, que si quieres que Descent o Shadows of Brimstone funcionen como un juego de rol quizás deberías plantearte que, en realidad, lo que quieres es jugar a rol.

Digo todo lo anterior porque, en los últimos tiempos, he venido observando cierto nivel de obsesión por encontrar “el juego que lo tenga todo” entre los fans de los dungeon-crawlers de tablero. Esta actitud se aprecia sobre todo en ciertos ex-roleros, personajes un tanto fantasmagóricos que suelen poblar las convenciones y las tiendas de juegos como si fueran encuentros aleatorios y que, a la que te despistas, te pillan por banda y te ponen la cabeza como un timbal soltando sentencias del estilo de “Mansiones de la Locura es como La llamada de Cthulhu pero sin las partes aburridas” (una meme-chorrada que, si la sometes al polígrafo, en realidad lo que significa es algo así como: “Ya no tengo tiempo ni energías para jugar a rol y me dan envidia todos los que lo siguen haciendo, así que prefiero decir que las uvas están verdes”).

“El juego que lo tenga todo” es como el Conejo de Pascua, la chica de la curva o el extraterrestre de Roswell: no existe. Así de sencillo. Su búsqueda suele llevar a un estado de frustración constante, a la aparición de proyectos-mostrenco tan delirantes como Dungeon Crusade (no es que a su creador le falte perspectiva, es que yo creo que directamente ha perdido la cordura), y a la repetición ad nauseam de la secuencia “Me compro un juego = lo pruebo una vez = lo vendo. Me compro otro juego = lo pruebo una vez = lo vendo. Me compro otro juego…”. A mí me parece que es mucho más sano juzgar a cada juego por lo que es y por lo que ofrece (y si nos gusta, bien; y si no, también), en lugar de juzgarlo de manera distorsionada por su supuesto parecido con el unicornio rosa que estamos intentando cazar.

Los dos juegos protagonistas del videotocho que podéis ver bajo esta párrafada sirven como claros ejemplos de lo que estoy contando. Warhammer Quest: el juego de cartas es un colaborativo al que casi todas las reseñas aplauden por el intenso nivel de interacción que genera cuando lo juegas con cuatro participantes… y sin embargo he escuchado ponerlo a parir a gente que lo ha jugado de forma exclusiva en solitario o a dos jugadores (culpa de ellos por infrautilizarlo, no culpa del juego). Catacombs es uno de los títulos con los que más he visto disfrutar a un grupo de jugadores en torno a mi mesa en los últimos tiempos (aullidos de euforia incluidos, cuando los aventureros logran liquidar a un monstruo particularmente peludo)… y sin embargo, al acabar la partida, varios de esos mismos jugadores me han dicho que les había parecido “como jugar a las chapitas; no es serio” (ojo al dato: hablo de individuos que luego son capaces de estarse tres horas seguidas echando partidas de futbolín en un bareto).

Valorados sin prejuicios, por sus propios méritos y por la experiencia lúdica que aportan, Warhammer Quest: el juego de cartas y Catacombs son dos auténticas perlas (el segundo, en concreto, me parece lo mejor que he probado en lo que va de año). En cambio, si nos empeñamos en compararlos con ese legendario e ilusorio “Juego que lo tenga todo” van a salir perdiendo siempre, claro. Posiblemente, si algún día se llega a publicar de verdad el juego de mazmorreo perfecto, también pasará desapercibido ante la propia idea abstracta del “Juego que lo tenga todo”, que habrá crecido ya hasta alcanzar unas dimensiones mitológicas que superen su propia plasmación física. Al fin y al cabo ya sabéis lo que le pasó a Charles Chaplin en cierta ocasión: se presentó de incógnito a participar en un concurso de imitadores de Charlot… y quedó eliminado en la primera ronda. Le dijeron que su imitación era mediocre. Los miembros de aquel jurado también estaban tan obsesionados en encontrar al Charlot perfecto, que ni siquiera supieron ver al auténtico cuando lo tuvieron ante sus narices. Ganó el concurso un tal Milton Berle.

CRÓNICA DEL PRIMAVERA SOUND 2016 (2 de 2)

Cohet

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Viernes
El único espacio de conciertos del Parc del Forum que aún no había visitado en ninguna edición del Primavera Sound era el Auditori Rockdelux, así que al llegar al recinto me dejo arrastrar por unos amigos que quieren ver allí a Robert Forster (mientras caminamos, se oyen de fondo los desgañitamientos post-punk de la cantante de Savages, que originalmente eran mi primera opción para este hueco horario). No se puede negar que al Auditori Rockdelux le pega bien lo de “marco incomparable”: buena sonoridad, escenario cuco, oscuridad limpia, butacones comodísimos… el entorno ideal para disfrutar del cancionero del que fuera líder de The Go-Betweens, banda seminal del indie rock ochentero que es uno de mis lunares más flagrantes: sólo la conozco a través de singles en CDs recopilatorios de cuando me compraba la Rockdelux. He de decir que jamás escuché tampoco una canción suya que no me pareciese especial, y esta vez no es una excepción. Forster y su banda repasan el ayer y el hoy con una ejecución exquisita, de terciopelo. Acabamos todos de pie aplaudiendo a rabiar. Alguien me comenta “Todas las canciones del mundo mejoran con un violín”, y yo sólo puedo darle la razón. Salgo con la firme promesa mental de bucear más a fondo en la música de Forster (lo estoy haciendo mientras escribo esto). El PS también sirve para hacerle a uno menos ignorante.

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Robert Forster. La vida después de The Go-Betweens.

En otra de esas decisiones que le hacen a uno sangrar por los oídos, opto por picarme a Radiohead en favor de un sitio de privilegio para The Last Shadow Puppets. ¿Por qué? Pues porque Alex Turner me cae muy bien y porque a Radiohead los he visto ya tres veces, y en las tres ocasiones me han parecido una de esas bandas que no tocan para el público sino para sí mismas. Fijo que desde la primera línea debe de ser un concierto para vibrarlo muy fuerte, con “himnos bajoneros” del nivelazo de Karma Police, Paranoid Android o The National Anthem. En cambio, sentado a un centenar de metros de la pantalla gigante mientras me zampo unos noodles (ay, los noodles de tenderete: uno de mis rituales del Primavera Sound), las evoluciones sonoras de los autores de OK Computer y Kid A me llegan apagadas, como si fueran versiones indie de cantos gregorianos. Aún así, cuando cierran el espectáculo con la inesperada Creep (ya casi nunca la tocan en vivo) y todo quisque hasta donde alcanza la vista, incluyendo a los que hacen cola en las barras para pillar bebida, se pone a corear eso de “What the hell I’m doing here? I don’t belong here”, a mí también se me ponen los pelos de punta y me queda clarinete que acabo de asistir a la que seguramente vaya a ser la instantánea más mitificada por todas las crónicas del festival.

The Last Shadow Puppets: quien más quien menos entiende a esta banda como el proyecto secundario de Alex Turner, el divertimento con el que se quita de encima el estrés por ser el líder de los Arctic Monkeys. Desde luego, la calidad de ambos cancioneros no es comparable, pero si hablamos de cuál de las dos formaciones tiene mejores tablas, cuidado. The Last Shadow Puppets trocan el concepto de stadium band en una cosa mucho más gamberra, espontánea y… sí, divertida. La complicidad entre Turner y su colega de correrías Miles Kane es total, hasta incluso convertirse en tensión sexual descarada (gritos de “¡Iros a un hotel!” entre el público, cada vez que el uno se contornea enfrente del otro o que ambos pegan frente contra frente mientras cantan mirándose libidinosamente). Kane es el sostén musical, el que mantiene en marcha la energía y la cadencia del concierto. Turner es el provocador apayasado y divo (posturitas de kárate, bailes espasmódicos, intentos de hablar español que se quedan en un psicotrónico “Buenas noches Primavera grasies porfavor”…). Ambos son necesarios, la combinación funciona de perlas y el show se convierte en una lección de rock sudoroso la mar de vitamínica, que maquilla sus composiciones más pedestres (Everything You’ve Come to Expect, Bad Habits) y convierte en momentazos insuperables las más inspiradas (The Age of the Understatement, Aviation). Estos dos pájaros deben de follar mucho, y viéndoles desde luego dan ganas de follárselos.

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The Last Shadow Puppets: Alex and Miles in love.

A media hora de que empiece el concierto de The Avalanches no hay mucha gente en esa especie de cuenco/anfiteatro que se abre ante el escenario Ray-Ban, lo cuál me permite colarme hasta casi la primera fila, oye qué bien. En cambio, sólo diez minutos más tarde ya estamos a reventar (supongo que van llegando todos los que estaban viendo a Kiasmos y Beach House). Ya me extrañaba a mí tanta tranquilidad: el concierto de The Avalanches (o sea, Tony Di Blasi y Robbie Chatter) pasa por ser uno de los que más pone los dientes largos de todo el cartel. Los australianos sólo han publicado un disco en dos décadas de existencia (Since I Left You), pero se trata de una obra tan seminal del electropop bizarre y robaperas (incluye más de 3000 sampleos, según cuenta la leyenda), que les ha bastado para mantener su carrera a flote. Se rumorea que en el concierto van a estrenar temas de su “difficult second album”, que llevan grabando y regrabando desde hace cinco años (los Stone Roses de la electrónica, sí). O sea, las expectativas están imposiblemente altas. Quizás por eso el sopapo de realidad que todos nos llevamos es tan desconcertante. ¿Decepción? Bueno, no exactamente, porque en lo musical el asunto raya a buen nivel y no paramos de bailar en una hora, pero lo que ocurre ante nuestros ojos tiene mucho más de sesión de DJ con la electro-hormigonera en piloto automático (algunas transiciones un poco a machete, algunos mixes que funcionan sólo a medias…) que del conciertazo que esperábamos los fans. Un descomunal error de cálculo, vamos. A los dos músicos tampoco les ayuda a ganar amigos su actitud en plan “¿Cuánto nos van a pagar por esto?”, un pasotismo teatral que nadie acaba de entender: Di Blasi aún parece implicado en que aquello funcione, pero Chatter se limita a darle al play y se tira toda la actuación paseándose, contándole chistecitos al oído a su compinche y bebiendo a morro de una botella de champán. En cuanto a los temas nuevos, que efectivamente pinchan… pues eso, pinchan. Sinceramente, cuando saquen el disco que me avisen. Hasta entonces, que se acuesten.

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The Avalanches. Freud on the dance floor.

Sábado
La jornada de cierre del PS 2016 se presenta como la más peliaguda para mí, con un toma y daca bastante killer entre los dos escenarios principales. Básicamente se trata de decidir entre la opción “A”, que consiste en ver a Manel + Deerhunter en buena posición y a Brian Wilson + PJ Harvey de lejos, o la opción “B”, que es justo la contraria. Como no tengo claro por dónde tirar, acabo optando por una tercera vía, que consiste en empezar con U.S. Girls en la otra punta del recinto (escenario Adidas Originals) y a partir de ahí improvisar. Meghan Remy me parece una compositora con un ángel especial para crear perlas de retro-pop electrónico que a la vez funcionan como soflamas feministas cargadas de vitriolo (sobre todo en Half Free, su trabajo más reciente). Sin embargo, el concierto reduce todo eso a una caricatura. Acompañada únicamente por una “esbirra” que le hace los coros y las segundas voces, la tía se limita a poner una cinta con sus canciones y nos castiga con un karaoke sin la menor garra ni carisma, llevando la actitud desdeñosa hasta un punto en el que deja de ser divertida y cae en lo cargante (canta mirando a la nada y con permanente cara de “que os follen”). El público parece captar la indirecta, porque a mi alrededor todo el mundo está hablando o mirando el móvil. El nivel de atención sólo aumenta un poco cuando ataca el single Damn that Valley, algo que por suerte ocurre durante el primer tercio de su actuación. Le aguanto 20 minutos que me parecen bastante representativos de lo que les espera a quienes se queden hasta el final, y me piro a ver a Manel, que en apenas media hora y gracias a temazos como Teresa Rampell o Sabotatge me hacen olvidar por completo el desaguisado de U.S. Girls. Estos cuatro barceloneses son tan buenos en lo suyo (y lo suyo es un pop-folk impecable, fresco y lúdico) que ni siquiera les hace falta esforzarse bajo un sol de justicia para dejar encandilado a su público.

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Pst, Manel, que ve l’amor!

El haberme quedado a ver a Manel significa que me va a tocar seguir a Brian Wilson en el escenario de enfrente desde el quinto pino. No me preocupa mucho porque a sus 73 añazos llenos de achaques dudo que al líder de los Beach Boys le dé por ponerse a hacer el pogo. Más bien hará lo de siempre en esta etapa final de su carrera: quedarse pegado al piano e intentar no desafinar demasiado. El concierto se centra en celebrar el quincuagésimo aniversario de la publicación de Pet Sounds, una de las más maravillosas obras de orfebre que dio la música pop del siglo XX, así que nadie duda de que el setlist va a ser portentoso. Lo que sí genera dudas, y muchas, es el desempeño del que será capaz Wilson, si le quedarán voz y energía suficientes como para sostener un concierto entero por sí mismo. En efecto, el arranque con un Wouldn’t It Be Nice estridente y desangelado hace presagiar que voy a pasarlo mal. Al final de la canción Wilson ya se está excusando con un “intentaré cantar lo mejor que pueda”. A los tres temas la cosa ya ha alcanzado tal nivel de autoparodia involuntaria que se me está empezando a escapar la risa, y tampoco es plan de quedarme allí descojonándome rodeado de unos fans entregados, que bailan y sonríen ante unos coros dignos de show de los Muppets, en un ejercicio de negación de la realidad que yo sencillamente no soy capaz de hacer. Por tanto, me voy a pillar buen sitio para Deerhunter y oigo la restante hora de maullidos desde la distancia y en actitud de facepalm. En sus mejores momentos aquello tiene el aroma de un concierto de crucero para jubilados. En sus peores momentos… bueno, Brian Wilson ha sido un gigante y Pet Sounds es uno de los discos de mi vida, así que no tengo ganas de hacer más sangre. El tiempo pasa para todo el mundo, y a Wilson parece haberle pasado por encima. Hagamos ver como que esto sencillamente no ha ocurrido nunca.

Deerhunter. Les he visto unas cuantas veces antes de esta y nunca me canso. Porque aunque en disco no hayan vuelto a dejarme patitieso desde Halcyon Days (2010), su carrera en general sigue siendo de lo más sólida, y además en vivo nunca bajan del excelente. Hoy tampoco lo harán. De hecho, como concierto de Deerhunter es una carta a los Reyes Magos, con una selección de canciones redonda, una ejecución técnica impepinable y emocionante, y un Bradford Cox mucho menos enganchado al micro y mucho más frontman que nunca, destilando empatía e hipnotizándonos con su presencia y sus movimientos de mantis religiosa (o cómo convertir el síndrome de Marfan que le aqueja en una cualidad escénica acojonante). La banda inunda el Parc del Forum con una hora de hechizantes desarrollos de guitarra que no querrías que se acabaran nunca. Revival, Helicopter y Desire Lines son las cúspides de una actuación casi perfecta. “Casi”, porque aunque las comparaciones son siempre odiosas, unos diez minutos después de que terminen va a pisar el escenario Heineken (el más grande del recinto) la inconmensurable Polly Jean Harvey. La cosa se pone seria.

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Deerhunter. Caza mayor.

En las horas y días posteriores al concierto de PJ Harvey, me encontraré con varios amigos que curiosamente me lo definirán con variantes diversas de la misma frase: “Esto ha estado a otro nivel”; y la verdad es que no se me ocurre mejor manera de explicarlo. Resultaría menos exagerado de lo que parece decir que Polly Jean es genéticamente incapaz de facturar un mal álbum, pero del mismo modo hay que reconocer que a lo largo de su tremebunda carrera ha grabado cosas mejores que The Hope Six Demolition Project, un disco de denuncia sociopolítica algo difuso (lo compuso como parte de una instalación artística abierta al público, y aunque la idea es buenísima el resultado final se resiente un tanto, con tres o cuatro canciones que parecen demos a medio cocer). Me daba un poco de cosica que ello diese lugar a un directo irregular, a una diva en horas bajas. Madre de Dios, qué tonto soy y qué equivocado estaba: PJ aparece en escena vestida de negro, con plumas en la cabeza, mezcla de ninfa y Diamanda Galas, escoltada por su excelente banda de músicos en lo que parece uno de esos desfiles funerarios de Nueva Orleans. Tras esta entrada dramática, que ya predispone positivamente, se entrega a un espectáculo conceptual oscuro, opresivo e intenso (las pantallas lo retransmiten en un apelmazado blanco y negro), teñido de blues, que da razón de ser a sus nuevas composiciones (toca casi el disco entero) e integra sus hits clásicos en un todo orgánico fascinante. Mientras que la mayoría de artistas optan por adaptar sus actuaciones al formato festivalero, más ligero y complaciente con la galería (verbigracia: lo de Radiohead ayer tocando Creep), ella hace al revés, hace lo difícil: arrastrar al público a un show exigente, mucho más elaborado, alimenticio y lleno de matices que todo lo demás que hemos visto en estos cuatro días, en el que cada canción ha sido cuidada para suponer un pequeño acontecimiento. 50ft. Queenie son posiblemente los dos minutos y medio más poderosos y auténticos de todo el festival, y To Bring You My Love los cinco más escalofriantes. Hipnótica. Soberbia. Triunfante. Inapelable. Entrega y vozarrón. El Primavera Sound 2016 será recordado sin la menor duda como “el de PJ Harvey”.

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PJ Harvey: palabras que matan.

Y hasta aquí mi crónica. Quedan en el tintero algunos conciertos que vi de reojo (me gustó la potencia seca de Battles, el afilado rock viejoven de Parquet Courts y el gamberrismo de repetidor de instituto de Ty Segall, pero en los tres casos estaba ya tan derrengado que me veo incapaz de analizarlos haciéndoles justicia), otros que me dejaron a medias (Sheer Mag tienen buenísima actitud punk y una cantante que es un ciclón vocal, pero con sólo dos o tres EPs en el mercado, lo que aún no tienen son canciones suficientes para llenar más de media hora), y alguno que no me aportó nada sobre lo que merezca la pena extenderse (en la clausura, el techno alemán de Pantha Du Prince aburrió soberanamente a un público que pedía la hora para que saliera a escena el sempiterno DJ Coco).

Mi Top Tres de mejores actuaciones estaría encabezado por John Carpenter (ni puedo ni me da la gana ser objetivo al respecto), seguido por el apabulle de PJ Harvey y por la masterclass de tablas, empatía y estribillos de los eternos Suede. Respecto a los pestiños, la única actuación en la que me sentí estafado contra pronóstico fue la de U.S. Girls. Hubo otros conciertos menores, claro, pero en esos casos ya sabía lo que iba a ver. La nota media ha sido alta y la sensación general, lo dije al principio, es que este Primavera Sound ha gozado de un cartel tan potente como en los dos o tres años anteriores, que no obstante ha quedado un tanto ensombrecido por unos solapes especialmente criminales.

En lo personal, noto que voy entrando lentamente en la misma deriva que a mediados de los 2000 me llevó a tomarme un descanso de casi diez años sin asistir a este tipo de eventos: me da pereza arrancar el primer día, alcanzo antes el punto de saturación (sólo cuatro conciertos el viernes), y a veces me da igual perderme a tal o cual artista a cambio de pasar media hora sentado en la zona de tenderetes, descansando las piernas y charlando de lo que sea con un grupo de amigos que me he encontrado (“¿Habéis leído los artículos de Nando Cruz?”). Ya he visto de nuevo a casi todo mi circuito favorito de bandas indies, y empiezo a tener que hacer auténticas piruetas para no repetirlas (¿Dinosaur Jr. vienen cada año o qué cojones pasa aquí?).

Por supuesto, otro de los tópicos de cualquier asiduo a los festivales es quejarse de que en realidad son una mierda (las aglomeraciones, las actuaciones de duración reducida, el público al que se la pela lo que está viendo…); y yo ahí no fallo, me quejo todo el rato. Me gusta tanto quejarme, de hecho, que ya me he comprado el abono a precio reducido para el PS 2017, sin darle ni una consulta de almohada. Así podré seguirme quejando con conocimiento de causa. Además, en mis cuentas mentales el año que viene les toca volver a Mogwai, y a los Fuck Buttons, y a (por favor por favor por favor) The National; y luego están esos boles de noodles con crema de cacahuete a las tres de la madrugada entre conciertos, que saben tan jodidamente ricos…

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Tradicional fin de fiesta con DJ Coco. Exit Planet Primavera.

PLAYLIST DE SPOTIFY PAMUNDI’S PRIMAVERA 2016:

CRÓNICA DEL PRIMAVERA SOUND 2016 (1 de 2)

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Voy a empezar este texto citando, como no, a Carl Wilson, autor del libro Música de mierda (vergonzosa traducción-busca polémicas del título original Let’s Talk About Love: A journey to the end of taste), un ensayo bastante aplaudido entre el hipsterismo ilustrado sobre los mecanismos que definen nuestro gusto artístico (el libro, ya que estamos, me parece tan entretenido como hueco, e innegablemente condescendiente; y además desde una supuesta reevaluación del concepto mismo de condescendencia que, lo siento, no cuela). Pues bueno, que Carl Wilson, entre una pedantería por aquí y un análisis tergiversado por allá, dice alguna que otra cosa con la que puedo estar de acuerdo. Por ejemplo, lo siguiente: “A veces hay gente que me pregunta si la vida no es demasiado corta para malgastarla con arte que no te gusta. Últimamente, sin embargo, tengo la sensación de que la vida es demasiado corta precisamente como para no hacerlo.”

Esta curiosa afirmación resume bien uno de los aspectos colaterales que a mí personalmente me resultan más interesantes de un evento como el Primavera Sound: escuchar cosas que me gustan y otras que no (las que no, generalmente de fondo mientras hago cola para comprar un frankfurt o espero frente a otro escenario a que salga un artista que sí me hace tilín). Compararlas, analizar los porqués y a veces incluso sorprenderme matizando mi opinión sobre un artista al que había hecho cruz y raya o por el que profesaba un “fanboyismo” acrítico. No sé cuántos de los asistentes harán este ejercicio (porque a priori todos vamos a estos eventos para ver reforzados nuestros gustos y tararear canciones que ya conocemos), pero yo no puedo evitarlo.

Este año, además, me ha sido imposible no entregarme a ello, porque aunque el cartel prometía ser la releche, a la hora de la verdad quedó relativizado por una parrilla de lo más caprichosa: la mayoría de los conciertos que esperaba con más ganas se concentraron el jueves, incluso propiciando un triple solapamiento que parecía haber sido diseñado expresamente para orinarse en mis cuencas: John Carpenter, Tame Impala y Protomartyr tocando a la misma hora. Menuda puntería. En cambio, el resto de días acabé viendo alguna actuación que en otras circunstancias quizás me habría saltado. Pero vamos, que no me quejo. Como ya he dicho, casi todo me parece interesante. Incluso lo que no me lo parece (vamos, una manera elegante de decirme a mí mismo “Has pagado 120 euros por la puta pulserita: jódete y baila”).

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Miercoles por la tarde. El Primavera Sound se despereza y pilla velocidad.

Aparte de lo anterior, el Primavera Sound 2016 se desarrolló en medio de cierto follón mediático: una serie de artículos de salsa rosa disfrazados de investigación + denuncia escritos por Nando Cruz (periodista musical al que hace años leía con gusto en revistas como Rockdelux, hasta que llegué a la conclusión de que en realidad no le gustaba la música, sino lucir su prosa con la música como excusa) y publicados en el diario El Confidencial, en los que el plumilla utilizaba quince mil caracteres más de los necesarios para “sacar a la luz” la presunta mafia que domina a la organización del certamen. Sin embargo, leídos desde fuera y sin tener ni zorra idea del intramundo y las puñaladas traperas del Primavera Sound, aquellos textos me parecieron más un ajuste de viejas cuentas que otra cosa.

Ya no era sólo que el fondo de lo que Nando Cruz explicaba tuviese una relevancia discutible (¿Un empresario que levanta un imperio a base de joder a la competencia? Hostias, ¡El notición!), sino que en los comentarios de los artículos de marras la cosa degeneraba en un aburrido rifi-rafe entre gente del medio: que si tal me insultó una vez, que si cuál no pagaba las cenas; o sea, Sálvame de Luxe, edición indie. Hasta Josep Pedrerol, en el programa futbolero El Chiringuito, suele cortar a sus contertulios diciendo que las broncas entre periodistas no interesan a los espectadores. Sin embargo, se conoce que el tinglado del pop-rock tiene un listón de exigencia más bajo que el del deporte rey, porque lo cierto es que durante los tres días de festival la pregunta “¿Has leído lo de Nando Cruz?” fue una de las maneras más socorridas de iniciar conversaciones entre concierto y concierto.

En fin, una polémica efervescente que, una vez echado el telón del PS 2016, irá quedando relegada a un eco lejano al que nadie volverá a prestar mucha atención; porque a la clientela mayoritaria del Primavera Sound lo único que nos interesa es que el abono no se dispare de precio, que a nivel organizativo se cumplan unos mínimos, y que los conciertos molen; tres frentes en los que la cosa lleva ya unos cuantos años rozando lo impecable.

Miércoles
Cuando uno ha encadenado tres o cuatro ediciones seguidas de cualquier festival de música, es normal que las bandas empiecen a repetirse (“Si esto es el 2016, toca que vengan Animal Collective”, y tal). Con lo cuál, al menos a mí el chip me cambia: ya no se trata de ver cuantas más actuaciones mejor sino de ver, las que sean, en las menores condiciones posibles. Ya sé lo que es cascarme a Deerhunter sentado a 50 metros de distancia (porque tras seis o siete conciertos ese día no tenía el coño para farolillos), así que este año me toca verlos pegadito al escenario. Eso, por supuesto, significa pillar buen sitio con antelación, es decir perderse un buen montón de actuaciones de relleno que en años anteriores hubiese intentado ir a ver. También significa gestionar mejor el esfuerzo físico, porque un festival de música es todo un fin de semana de tralla salpicado de breves pausas para dormir, comer, evacuar, re-planificar la parrilla de actuaciones y beber Red Bull.

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Pillado in fraganti haciendo el fanboy.

Con eso en mente, en la sesión gratuita del miércoles en el Parc del Forum decido saltarme a El último vecino y Sr. Chinarro. Aparezco a las ocho de la tarde, con la calma, para que me pongan la pulserita que me acredita como “Primaverer” (el apelativo me lo acabo de sacar del gorro, pero si a los asistentes al FIB les llaman “fibers”…), y ver únicamente dos conciertos ese día. O sea, me salto los entremeses y me voy directo al jabalí asado: Goat y Suede.

La banda sueca Goat, cuyas dos cantantes aparecen disfrazadas con espectaculares máscaras y túnicas, a medio camino entre figurantes del carnaval de Río y cultistas lovecraftianas, descargan su frenético rock psicodélico-étnico-experimental como un aluvión. No paran. Encadenan las canciones sin apenas descanso y casi se diría que, más que cantarlas, es como si nos estuvieran arengando a la luz de una fogata para cargar a la batalla o para ponernos a bailar la danza de la lluvia. Si este es el nivel de energía que despliegan en todas sus actuaciones, desde luego ser Goat durante una gira entera debe de resultar agotador. En disco me parecen… interesantes, pero tras verlas durante una hora me queda claro que es en el directo donde encuentran su razón de ser, donde su música transmite verdadera electricidad.

Nada de lo que Goat hagan ante los micros, no obstante, puede rivalizar en potencia con siquiera los cinco primeros minutos del show de Suede (“I want the style of a woman, the kiss of a man… Introducing the band”; es difícil encontrar mejor canción de apertura para un concierto). Que, bueno, en realidad podría considerarse el show de “Brett Anderson and friends”, porque aunque la formación siga manteniendo a tres de sus miembros originales (además de Anderson, Mat Osman al bajo y Simon Gilbert a la batería), está bastante claro quién de ellos es la auténtica bestia escénica, el que tira del carro, la “rockstar total”. Simple y llanamente, el mejor frontman en sentido clásico que vamos a ver a lo largo de todo el Primavera Sound 2016.

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Suede. Puro nitrato animal.

Brett Anderson se entrega con una profesionalidad y un carisma que te aniquilan, como si hubieran pasado apenas 20 días desde el lanzamiento de su disco de debut, y no más de 20 años. Igual de desgarrador y carismático que siempre cuando grita estribillos como “He was a fucking animal” o “We’re trash, me and you” (nudo en la garganta), cuando se mezcla con el público y se deja romper la camisa sin desafinar una sola nota, o cuando adorna los pasajes instrumentales con esos bailecitos jodidamente sexys (zapateando y dando palmas o agarrando el micro por el cable y haciéndolo girar como si fuera un yo-yo). Actualmente Suede parecen estar viviendo una segunda juventud, habiendo editado en los últimos tres años un par de álbumes de una inmediatez contagiosa, que conecta directamente con lo mejor de su catálogo saltándose limpiamente los patinazos de Head Music y A New Morning. Sin embargo, eso es casi lo de menos, porque pese a sus altibajos discográficos, lo que jamás ha perdido Suede es la infalibilidad en directo. Tocan todas las buenas y las tocan como Dios. Están más arrugados, sí, pero siguen siendo The Beautiful Ones.

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Suede: Now he has gone.

Jueves
Arranco el primer “día oficial” de festival con el pop-R&B-bailable-experimental de Empress Of, una artista que en general ha pasado más desapercibida de lo que merecería su fantástico álbum de debut Me. El concierto apunta a marrón para Lorely Rodriguez, la mujer orquesta que se esconde tras este proyecto, pues no parece fácil trasplantar con éxito las envolventes texturas de sus canciones a un entorno de directo a las siete de la tarde del jueves, en un escenario pequeño y ante un público aún remolón, menos pendiente de ella que de consultar el cuadre de actuaciones para el día y localizar los puestos de cerveza. Lorely salva la papeleta con una actuación que va creciendo en soltura escénica y vocal a medida que caen temones como Water Water, Kitty Kat y sobre todo How Do You Do It, mi primer estribillo memorable de la jornada. De momento Lorely apunta maneras. Va camino de ser emperatriz.

Tirando ya de bocata casero en papel de aluminio, pillo sitio para ver la mitad del concierto de Explosions in the Sky, que es lo único que me va a dar tiempo si luego quiero llegar al escenario Primavera con margen suficiente para disfrutar desde primera fila de John Carpenter (MI concierto del PS 2016). Mientras me zampo la mortadela con pan con tomate miro de reojo por las pantallas el final de la actuación de Air en el escenario H&M. Por los franceses no parece haber pasado el tiempo, siguen igual que hace veinte años: desganados, faltos de argumentos musicales/escénicos y sobreviviendo gracias a los hits de su primer álbum, el ya lejanísimo Moon Safari (“¡Se-xy booo-oooy!”), que fue el único chispazo de su carrera en el que no parecieron absolutamente mediocres. Es difícil determinar si se están aburriendo más ellos o el público.

Lo de Explosions in the Sky, en cambio, eleva la temperatura desde el primer guitarrazo. Apoyados en unos juegos de luces que quitan el hipo y trayendo debajo del brazo The Wilderness, posiblemente su mejor obra en más de una década, los tejanos llenan la noche barcelonesa con una burbujeante cortina sónica (calma-tormenta-calma) que justifica por sí sola la existencia de todo el subgénero post-rock. Hacen gala de un nivel de compenetración técnica que hipnotiza, y de un dominio perfecto del “tempo” para mantener al público en permanente estado de gravedad cero. Me quedo hasta que tocan mi canción favorita de todo su catálogo, la preciosa Your Hand in Mine, y me voy a regañadientes, convencido de que su fin de fiesta será aún más apabullante. Pero es que tengo una cita con la historia…

Explosions in the Sky: el post-rock implosiona.

Explosions in the Sky: el post-rock implosiona.

En la explanada de los dos escenarios principales ya se agolpa la legión de fans de Tame Impala, uno de los highlights del festival. En el escenario Primavera, mientras tanto, se agolpa otra legión: camisetas de Halloween, de The Thing, de Big Trouble in Little China… Muchas caras conocidas de acreditados del festival de Sitges. O sea, los de siempre. Estamos ahí para ver no un concierto, sino casi un rito religioso. Porque si al director de cine John Carpenter le quitas su estatus de “John Ford del fantástico de serie B”, ¿qué te queda? Pues uno de los compositores de bandas sonoras más influyentes de los últimos 30 años. Alguien que ha sido capaz de enseñarle cosas lo mismo a Ennio Morricone que a Daft Punk es que sin duda sabe algo que los demás ignoramos. Por primera vez desde que asisto a festivales de música, estoy nervioso. Carpenter es parte sustancial de mi formación en las cosas que molan de la vida: por él me enganché al cine de terror y por él empecé a escuchar música electrónica (ambas cosas siendo yo aún un crío). Cuando hace algunos meses me enteré de que había publicado su primer disco de estudio (el a ratos excelente Lost Themes), y que estaba dando conciertos, empecé a cruzar los dedos para que algún festival lo trajera por aquí; y mira, acabé cantando bingo. Carpenter sale a escena vestido de negro, con coleta y esa cara de cabreo tan suya. Saluda levantando la mano, se mete un caramelo en la boca, empieza a tocar los primeros acordes de teclado del tema principal de 1997… rescate en Nueva York y de pronto la definición coloquial de “puto amo” cobra una nueva dimensión.

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John Carpenter, Príncipe de las Tinieblas.

Está en su salsa, sabedor de que le comemos de la mano, y pleno de mojo sin apenas hacer nada salvo señalarnos con el dedo de vez en cuando, leer unos textos pautados entre canción y canción (apoteósicamente kitsch: “Cuando volváis a casa, conducid con cuidado… porque Christine está ahí fuera”, dice con una entonación estilo Scooby Doo), y cascarse algún que otro guiño menor como ponerse gafas de sol para tocar el tema de Están vivos. Dos únicas concesiones para tocar los singles de Lost Themes y Lost Themes II (las excelentes Vortex y Distant Dream), y el resto bistecs: Asalto a la comisaría del distrito, La niebla, Golpe en la pequeña China, La cosa (único tema ajeno, porque la BSO es de Morricone aunque la compusiera “al estilo Carpenter”)… y con cada canción retroproyecciones de escenas de la película correspondiente, resumida de manera tan milimétrica que incluso evita los spoilers (se salta el plano final de El príncipe de las tinieblas, por ejemplo). La traslación de los temas al directo, a un concepto de banda de rock con guitarra, bajo, batería y teclados, es sencillamente perfecta. Lo que se dice un conciertazo. Una maravilla que no creí que fuera a ver jamás. Pienso que he tenido mucha suerte, y me emociono.

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John Carpenter da el gran golpe en el escenario Primavera.

En el 2011, James Murphy anunció que LCD Soundsystem se desbandaban para siempre, certificándolo mediante una macrogira mundial de despedida. A la hora de la verdad han aguantado apenas un lustro separados, y viendo conciertos tan impecables como éste uno no puede por menos que celebrar la falta de palabra de Murphy. LCD Soundsystem es una de esas bandas que no enamora sino que convence arrollando. Todo parece haberse calculado al detalle para que funcione, incluso los chistes, la desenvoltura escénica y los momentos presuntamente espontáneos/desmelenados de James Murphy (le gusta irles a tocar las narices a sus músicos durante los pasajes instrumentales, y da la sensación de que a ellos no les viene de nuevo). Lo de LCD Soundsystem es sobre todo pop inteligente, más cerebral que pasional. El resultado es una tromba de hits incontestable (Daft Punk Is Playing at My House, Tribulations, All My Friends… el único que echo en falta es Drunk Girls), pero que tiene quizás un punto demasiado liofilizado, demasiado perfecto, como una reconstrucción de su concierto-documental Shut Up and Play the Hits. Me gustan muchísimo LCD Soundsystem, me parecen una de las bandas definitivas de electro-rock de la pasada década, pero sigo sin ver demasiada diferencia entre verles en directo o bailarlos en alta definición en el salón de mi casa. Un muy buen show, pero que no me hace saltar los rulos. Me voy a dormir pensando que, como sea, con lo de John Carpenter yo ya he llenado mi festival. Todo lo que caiga de bueno en las dos jornadas que faltan será un extra. Pues caramba con los extras…

FIN DE LA PRIMERA PARTE (PARA LEER LA SEGUNDA PARTE DE ESTA CRÓNICA PINCHA AQUÍ)

PLAYLIST DE SPOTIFY PAMUNDI’S PRIMAVERA 2016:

Juegazos a pesar de ellos mismos

Vídeo

El panorama de los juegos de mesa ha mutado de manera radical en la última década, con una oferta de títulos que se ha disparado casi de manera exponencial; y lo más curioso es que ya empieza a haber bastante gente vinculada al mundillo (desde diseñadores hasta blogueros) que no han vivido la etapa previa a este cambio de paradigma. No conocen nada anterior a Dixit y Aventureros al tren (salvo por las reediciones, claro). Les hablas de Avalon Hill, Victory Games, GDW y demás editoriales antediluvianas (que es el equivalente a decir “antes todo esto era campo”) y les suenan a klingon. Pero sin embargo probablemente hayan probado muchos más juegos distintos en los últimos cinco años que yo en mis primeros quince como jugón (a mediados de los 80 me compré el Russian Campaign y lo rejugué hasta que se le destiñeron las fichas).

Por fuerza, el hecho de que te hayas aficionado a los juegos de tablero antes o después de la avalancha que vivimos en la actualidad (digamos pre o post-2008, por marcar la frontera con la aparición de dos “game-changers” como Dominion y Agricola), tiene que haber moldeado el tipo de jugador en el que te has acabado convirtiendo. Generalizando muy a lo bruto (Demagogue Mode ON), podría decirse que los jugadores nuevos tienen mayor flexibilidad mental y probablemente mayor capacidad de abstracción, pero los jugadores viejunos somos más pacientes y más constantes. No me refiero en este caso a que seamos capaces de enchufarnos reglamentos más complejos o de jugar a juegos más largos, que también (la verdad es que no me imagino a nadie menor de 30 años con arrestos suficientes para ponerse a tontear con un Freedom in the Galaxy o un Pacific War por ejemplo), sino a que somos más proclives a relativizar los defectos de diseño de un juego… y seguir jugándolo (y divirtiéndonos) pese a ellos. No es por falta de espíritu crítico, de hecho las más de las veces somos bien conscientes de que lo que estamos jugando no hay por dónde cogerlo. Pero si la temática y el formato nos motivan, tenemos unas tragaderas descomunales. Sobre todo si salen nazis. O, en mi caso, si sale Napoleón.

Verbigracia: Napoleón in Europe, un precioso wargame multijugador de la editorial Eagle Games (experta en publicar juegos tan bonitos como mal testeados), que cubría todas las guerras napoleónicas por campañas, con trescientos soldaditos de plástico y un tablero de tres pistas. Una especie de Axis & Allies cebado para la matanza. Me lo regalaron por mi cumpleaños en el 2002. Aparte de tener una duración interminable, el reglamento estaba claramente descompensado, tenía tantos agujeros que era más fácil volver a escribirlo que recopilar una fe de erratas; y eso justamente fue lo que hice, cascarme mi propia versión de las reglas, reescrita de arriba a abajo, completamente maquetada y encuadernada. Cuando me meto en estas cosas, me meto a fondo.

Lo redacté mezclando varias fuentes: mantuve lo poco que me gustaba del manual original, le añadí bastante matraca de un reglamento alternativo cojonudo (Charge the Guns!) creado por otro fan, y salpimenté el mejunje resultante con unas cuantas reglas caseras que vi en los foros de BGG y que me hicieron gracia. Total, sesenta páginas de faena. Cada vez que lo jugaba ponía a prueba nuevas reglas caseras para ver si funcionaban, en cuyo caso las redactaba en limpio y las añadía al “vademecum”. Ni siquiera colgué en internet todo ese currazo, me limité a imprimir copias para los cinco o seis amigos con los que solía jugarlo por aquel entonces (con los años y las migraciones informáticas los archivos digitales se han perdido y ya sólo me queda mi propio ejemplar en papel). Fue un simple proyecto por amor al arte, para intentar salvar un juego cuya temática, presentación y formato me ponían palotísimo, pero cuyas reglas dejaban bastante que desear. Desde el 2010 no he vuelto a convencer a nadie para volver a jugar a Napoleon in Europe y, sinceramente, ya no creo que lo consiga nunca. Me gustaría poder decir que lo que hice fue excepcional, pero no es así ni de lejos. Casi todos los que empezamos a jugar hace más de 30 años hemos cometido alguna chaladura de estas (conozco a un tipo que lleva desde 1987 actualizando y puliendo su propia versión consolidada de las reglas de Magic Realm; doscientas y pico páginas).

Lo que sí es cierto es que hoy en día ese nivel de obsesión y de esfuerzo por mantener vivo un juego que “ni fu ni fa” como Napoleon in Europe sería impensable. Hoy en día a un juego le das tres partidas y, si no demuestra ser un potencial “Spiel des Jahres”, lo chutas fuera de casa y te pillas otro. Hoy apenas hay manga ancha para los juegos de “clase media”. Todo lo que no sea una experiencia mariana, un título de 11 sobre 10, no interesa. Sólo queremos jugar a Robinson Crusoe: Aventuras en la isla maldita Dead of Winter. Si juegos como Circus Maximus o Illuminati (por citar dos ejemplos de clásicazos cuyas reglas simplemente “están bien”) se hubieran publicado por vez primera en 2016 en lugar de a principios de los 80, no aguantarían ni seis meses en una tienda antes de pasar a la sección de saldos (por supuesto, el día que alguien se casque un Kickstarter de Circus Maximus yo me tiraré en plancha a comprarlo).

En el videotocho de hoy reseño Time of Soccer y Fortune and Glory (sobre el que ya escribí cosas en esta entrada del blog), dos de esos juegos que a nivel de reglas no son nada del otro mundo, pero que aún así me siguen proporcionando sesiones de juego antológicas cada vez que los saco a la mesa, gracias principalmente a contar con una temática super-molona, evocadora y excelentemente implementada. Son juegos de puta madre no gracias a sus mecánicas, sino casi diría que a pesar de ellas. Porque para muchos jugones “old school”, un buen juego de tablero no es simplemente un conjunto de permutaciones estadísticas que funcionen. A veces un juego de tablero es bueno porque, aunque sea demasiado largo, demasiado complejo, demasiado duro o demasiado descompensado, tiene alma. Time of Soccer y Fortune and Glory tienen alma.

Vivir para jugar

Cuando me mudé a mi actual Batcueva en el barrio barcelonés de Gràcia, hace ya un par de años, lo primero que tuve claro tras firmar el contrato y recoger las llaves fue que quería disponer de una “sala de juegos”. Una habitación confortable, espaciosa, bien iluminada y con una mesa robusta y enorme sobre la que poder montar partidas de lo que me diera la santa gana, dejándolas ahí desplegadas durante días enteros si era necesario. Un lugar que, además, pudiese llenar de estanterías en las que guardar mi colección de juegos de manera que luciesen, en vez de tener que apilarlos dentro del canapé de la cama como si fuera un traficante de armas escondiendo sus Kalashnikovs. Me importaba tres pepinos no tener comedor y verme obligado a desayunar, comer y cenar en la cocina, pero quería tener una sala de juegos. No, rectifico, NECESITABA tener una sala de juegos.

Tras algunos birli-birloques a la hora de repartir el espacio del piso logré mi objetivo, cosechando un nivel de éxito incluso superior al que esperaba: con el tiempo, mi sala de juegos se ha acabado convirtiendo en una especie de improvisado club social en el que se juega a todo. Mis amigos se pasan por aquí prácticamente sin avisar, a que les monte partidas de lo que sea; y yo, claro, encantado. Nunca he jugado más que ahora, y sobre todo nunca he jugado mejor. Estas paredes han visto épicas campañas de rol, batallas tochísimas de Warhammer 40,000, sesiones de Sherlock Holmes Detective Asesor tan intensas como descacharrantes, macropartidas de Space Hulk para ocho personas y combates masivos de X-Wing a 500 puntos por bando. Sin embargo, los juegos en sí han sido lo de menos. Lo realmente importante, lo insustituible, han sido los jugadores. Porque incluso el juego más buñolero (el puto Risk, pongamos por caso) puede llegar a convertirse en una experiencia lúdica legendaria si tiene detrás un buen grupo de gente, que le eche película e intensidad a la partida. En cambio, ni el título mejor puntuado en Boardgame Geek resistiría un mal grupo de jugadores. Por lo tanto, me considero un tipo con bastante suerte, y sólo tengo palabras de agradecimiento para los amigos con los que juego de manera habitual. Sois un regalo.

De eso van los primeros cinco minutos de este videotocho, que son los relevantes de verdad. Los veinticinco minutos restantes, aunque parezcan el auténtico contenido, en el fondo son una excusa para justificar esa “introducción/homenaje” a mis compinches de tiradas de dado. Aún así, puestos a tener que llenar 25 putos minutos dándole a la sinhueso lo he hecho lo mejor que he podido: hablo sobre juegos que merecerían más atención de la que reciben, en un panorama saturado de novedades estrella que atraen la atención de casi todo el mundo. Los juegos son un artículo de lujo cada vez más grande y más caro. Los 70 euros de media empiezan a ser un precio normal para cualquier temático que incluya miniaturas (y si eres coleccionista de Star Wars Armada, de verdad que te compadezco…). Ello nos obliga a tener que afinar bastante en las compras, ya que cada vez que nos decidimos por un nuevo juego estamos renunciando (quizás para siempre) a otros tres. Hola Shadows of Brimstone, adios Heroes of Normandie (o al revés).

Por eso, en muchos casos acabamos yendo al tiro seguro, al valor contrastado por el boca-oreja y la reseña “tom-vaseliana” de turno. La mayoría de nosotros acabamos llevándonos a casa el Pandemic Legacy, el Imperial Assault o el Twilight Struggle… y pasando por alto otros títulos que, aunque tienen pinta de ser como mínimo igual de buenos, brillan bastante menos. En el presente videotocho reivindico tres de esos juegos a los que les falta brillo pero les sobra calidad y que siguen ahí, en la estantería de la tienda, esperando que te atrevas a apostar por ellos; además, piensa que cuando alguien te pregunta si juegas a Star Realms no hay nada más cool que contestarle “Pse, no está mal, pero Valley of the Kings le da cien vueltas…”

Diumenge de Rams

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En el verano de 1978 yo tenía 9 años (a punto de cumplir 10), y en los cines de toda España se estrenaba la comedia dirigida y protagonizada por Warren Beatty El cielo puede esperar, remake de la muy entretenida El difunto protesta (Alexander Hall, 1941). Por aquel entonces Warren Beatty era una estrellaza de Hollywood cuyo anterior filme, Shampoo, había reventado la taquilla y le había valido una nominación a los Oscar (como guionista) y otra a los Globos de Oro (como actor de comedia). El cielo puede esperar suponía, además, su debut tras la cámara.

Por tanto, la película se estrenó a todo trapo en Barcelona, en el cine Coliseum (uno de los más grandes de la ciudad), con un cartel gigantesco presidiendo la fachada. Era una ilustración extraordinariamente detallada (obra de Birney Lettick, autor de muchas portadas para la revista Time), en la que se veía al protagonista vestido con chandal y zapatillas de deporte, mirando en actitud casual un reloj de mano, mientras ignoraba las luces celestiales que se anunciaban a su espalda. Lo que llamaba más la atención, no obstante, lo que le daba toda su fuerza visual y tenía capacidad para disparar la imaginación de un niño, eran las gigantescas alas de ángel con las que estaba equipado el personaje. En conjunto, parecía un superhéroe en su día libre. Es una ilustración de otra época, de una escuela que hoy apenas existe, de cuando los posters de cine eran pequeñas obras de arte que decían algo, que te intrigaban y te arrastraban a comprar una entrada. Hoy todo son putas fotos de cabezas flotantes.

Yo pasaba a menudo por delante del Coliseum y siempre se me quedaban los ojos clavados en el cartel, como si fuera un perro viendo una ristra de salchichas. Aquella imagen me generaba una fascinación y una curiosidad tremendas, y no me la quité de la cabeza hasta que por fin conseguí ver la película (al año siguiente, en un cine de verano en Tossa de Mar). Para ser una comedia romántica, me folló la mente más allá de toda lógica. Por algún motivo que ignoro se fijó en mi subconsciente hasta el punto de que aún hoy, cuatro décadas más tarde, se me hace un nudo en la garganta sólo con escuchar el estupendo tema musical de Dave Grusin.

De todos modos, más allá de la calidad de El cielo puede esperar como comedia con toques de género fantástico (a mí me parece que es estupenda y que le da sopas con honda a la original), lo que más me llamó la atención fue su trasfondo de fútbol americano: en principio el personaje central debía haber sido un boxeador, al igual que en la película de 1941, pero la negativa de Muhammad Ali a protagonizarla llevó a Beatty a asumir él mismo el papel, modificando la trama para que fuese el quarterback titular del equipo de fútbol americano Los Angeles Rams. Aunque en los años 70, en España, el fútbol americano era tan desconocido como el sánscrito, a mí eso me dio igual; con lo que yo me quedé prendado de inmediato fue con el equipamiento de los Rams y en especial con su casco, de un llamativo color azul y decorado por unos espectaculares cuernos amarillos. Me hice fan de los Rams antes incluso de hacerme aficionado al fútbol americano. Fue, simple y llanamente, un puñetero flechazo.

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A día de hoy los Rams siguen siendo mi primer equipo deportivo, por delante incluso del F.C. Barcelona. Cambiaría sin pensarlo un instante todas las Champion Leagues blaugrana por otros tantos trofeos Vince Lombardi para los carneros. Tengo tres sudaderas oficiales del equipo, además de una camiseta de Los Angeles Rams que me regalaron hace más de dos décadas y que ya apenas se tiene en pie pero que jamás tiraré a la basura (y menos ahora que vuelve a estar actualizada: en el 95 se mudaron a St. Louis, Missouri, y 20 años más tarde han vuelto a Los Angeles, donde han sido recibidos con los brazos abiertos y con un proyecto de estadio nuevo que quita el hipo). En el 2012 los Rams jugaron un partido oficial de temporada regular en Londres y allí estuve, puliéndome los ahorros que no tenía para poder verles palmar en directo en el estadio de Wembley (un 45-7 la mar de salao contra los New England Patriots). Este año repiten visita a la capital inglesa, para enfrentarse en el Twickenham Stadium a los New York Giants (probablemente mi segundo equipo preferido) y huelga decir que, a menos que antes me parta un rayo o me atropelle un trolebús, para allá que me iré otra vez. Mis amigos me dicen que estoy chalao. Yo les respondo que tenía 9 años.

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Uno se engancha a un club deportivo por razones muy diversas, aunque casi todas tienen que ver con vínculos emocionales y/o familiares. En el caso de los equipos de tu ciudad o tu país natal la conexión es evidente, pero en cuanto a las franquicias de ligas americanas que difícilmente has mamado desde pequeño, acostumbran a establecerse nexos singulares, y suelen tener que ver con la admiración que despiertan los ganadores. Así, quienes descubrimos la NBA en los 70 y principios de los 80 nos hicimos de los L.A. Lakers (Magic Johnson, Kareem Abdul Jabbar…) o de los Boston Celtics (Larry Bird, Kevin McHale…), mientras que quienes la descubrieron una década más tarde se hicieron de los Chicago Bulls (Michael Jordan y otros cuatro tíos que jugaban a su lado). De manera similar y hablando ya de fútbol americano, en España hay mucho aficionado veterano de los San Francisco 49ers y de los Cincinatti Bengals, porque fueron los dos rivales que se enfrentaron en la primera Superbowl que se televisó por estos lares, a finales de los 80 (recuerdo haber visto la emisión por TV3); y quienes empezaron a ver dicho deporte a principios de los 2000 se hicieron mayoritariamente de los New England Patriots, que en aquel entonces eran la fiebre a seguir.

Kurt WarnerLo de los Rams es, si cabe, más curioso. A lo largo de mi existencia, a base de charlar sobre la NFL aquí y allá, me he ido encontrando con un puñado de tipos de más o menos mi edad que también son seguidores del equipo, con un nivel de fanatismo parecido al mío (no diré que igual, porque yo rozo lo psicótico); y casi todos se convirtieron a la fe verdadera tras haber visto El cielo puede esperar a una edad en la que aquello tenía capacidad para afectarles profundamente. Somos de los Rams porque les vimos en una película, cuando ni sabíamos a qué deporte jugaban. Nos hicimos fans muchos años antes de tener la posibilidad de verles en acción, sin saber si eran buenos o malos; sin saber, de hecho, que se trataba de un equipo básicamente perdedor. No conozco muchos casos similares, y creo que el hacernos conscientes de este detalle nos llevó a encariñarnos con ellos mucho más de lo que sería razonable. Los Rams solo han ganado una Superbowl en sus 79 años de historia. Fue en 1999, contra los Tennessee Titans, y yo no puedo volver a ver los dos últimos minutos de aquel partido sin que se me humedezcan los ojos por las lágrimas. ¿Otro ejemplo? Uno de los momentos de mi vida en los que he sentido más orgullo, genuino y honesto orgullo, fue en abril del 2012, cuando Torry Holt, ex-jugador mítico de aquellos Rams campeones y que en ese momento militaba ya en otro equipo, decidió dejar definitivamente el deporte en activo. El día antes de anunciarlo en rueda de prensa firmó un contrato de 24 horas de duración con los Rams, para poder retirarse como jugador del club de sus amores. Si algún día Torry Holt necesita un trasplante de riñón, solo tiene que ponerse en contacto conmigo.

temp460102684--nfl_mezz_1280_1024¿Y cuál es exactamente el motivo de esta entrada de blog, aparte de explicar una colección de batallitas que van de lo irrelevante a lo directamente moñas? Pues que estamos en vísperas de Semana Santa y hoy en Catalunya es Diumenge de Rams, una festividad que lógicamente, como fan fatal de dicho equipo, observo con especial fervor, y que me impele a hacer públicos unos versículos en recordatorio de aquella única Superbowl que nos llevamos a las vitrinas, hace ya demasiados años…

PADRE NUESTRO DE LOS RAMS
Nick Foles que estás en el huddle,
santificadas sean tus estadísticas,
vengan a nosotros tus touchdowns,
hágase tu voluntad,
Así en los partidos de casa como en campo ajeno.

Las trescientas yardas de pase en cada partido,
dánoslas hoy,
y perdona nuestros insultos,
así como nosotros perdonamos tus intercepciones.

No nos dejes caer en el partido de wild card,
y líbranos del fumble,
Amen.



HECHOS DE LOS RAMS 2, 14-15

Entonces Kurt Warner, puesto de pie en medio de los once, levantó la voz y se expresó así: 4-21-13, formación en shot gun, play action hacía la derecha. ¡Hut-hut-hut!

Y he aquí que cuando Warner recibió el snap, un jugador de los Titans rebasó la linea en acción de blitz, y ya abalanzábase sobre Warner, presto a lograr el sack, cuando del cielo surgió un rayo de luz por entre las nubes, y escuchó Warner una voz que le decía así:

Y sucederá en los últimos tiempos,
que derramaré mi espíritu sobre todos los hombres.
Y obraré prodigios arriba en el cielo,
y milagros abajo en la tierra:
sangre, y fuego, y nubes de humo.
El sol se convertirá en tinieblas,
y la luna en sangre,
cuando llegue el día del Señor,
día grande y preclaro.
Y sucederá,
que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
Y por cierto, Warner,
cambia la jugada a carrera,
que te van a placar con la pelota y vas a perder doce yardas,
y no en vano estáis ya en tercera y siete,
oh imbécil.

Y ocurrió que Warner, así inspirado, cambió la jugada sobre la marcha y cedió el balón a la mano a Marshal Faulk; y dícese que Faulk, en recibiendo el balón, corrió muchas yardas antes de caer placado. Y que aun en cayendo, viose que había superado la línea de anotación, y que por ello a los Rams les fue concedido el touchdown. Y prodújose mucho alborozo en Saint Louis, y mucha zozobra y crujir de dientes en Tennessee. Y así ocurrió, que los Rams ganaron aquella Superbowl a los Titans.

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Blood Rage es uno de esos juegos de tablero al que reventar de éxito en un Kickstarter lo ha convertido en mejor producto, pero probablemente peor juego, de lo que sería si Cool Mini Or Not (empresa a la que no le falta precisamente la panoja como para tener que andar tirando de mecenazgos) lo hubiera editado a la manera tradicional. Pero claro, entonces probablemente Blood Rage tampoco habría alcanzado el eco mediático que lo ha colocado, de manera exageradísima, en el puesto número 4 de mejores temáticos de la historia según la web de referencia Boardgame Geek, cuyos rankings se han desnaturalizado en los últimos años hasta llegar a convertirse, como le escuché decir hace poco a un colega jugón, en “Los 40 Principales” de los juegos.

Blood Rage es un buen temático, probablemente esté a tiro de piedra de ser un gran temático, pero desde luego no es el cuarto mejor temático jamás publicado por el ser humano. No nos volvamos locos. Respiremos hondo. Tomémonos la molestia de jugar a Caos en el Viejo Mundo para descubrir una versión anterior y mucho más jugosa de Blood Rage, o de jugar a Cyclades y a Kemet para descubrir dos juegos de espíritu similar (esa mezcla entre ameritrash y eurogame a la que ahora se conoce como “eurotrash“) con un modelo de producto bastante más honesto, que te vende de salida un juego completo en lugar de una caja capada a la que tienes que completarle los componentes mediante la compra de micro-expansiones (llevamos toda la vida quejándonos del sistema de edición de Fantasy Flight, pero esto es aún peor).

De todo ello hablo en mayor o menor medida en el siguiente videotocho. También hago publicidad gratis de una novedosa marca de ginebra que me ha proporcionado numerosas noches de alegría, y me casco algunas ironías a costa de Código Secreto, el hipster-juego que, al parecer, ha vuelto a convertir en cool a los party games de adivinar palabras que llevamos jugando toda la puñetera vida:

Pamundi Music Awards/2015, Los 20 discazos (del 10 al 1)

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Los PAMUNDI MUSIC AWARDS/2015 tocan a su fin. Tras el primer post con Las 70 Tonadas y el segundo con Los 20 discazos (puestos 20 al 11), completo el asunto con este nuevo videotocho, en el que desvelo Los 20 mejores discazos del 2015, puestos 10 al 1. Igual pensábais que ya me lo habíais visto hacer todo en You Tube, pero desde mi perspectiva os aseguro que la cosa es aún peor, porque YO PENSABA QUE YA LO HABÍA HECHO TODO. Obviamente, me faltaba ponerme a bailar ante la cámara en calzoncillos…

Lo único que quisiera añadir a lo que ya digo en el videotocho es que me alegra especialmente que mis listas de este año, tanto la de discazos como la de tonadas, incluyan mucha más “música nueva” que las del 2014. Más de la mitad de mis veinte álbumes favoritos han sido firmados por artistas debutantes o a los que no había escuchado en mi puñetera vida. O sea, una eclosión de talentos que hasta ahora me eran ignotos. Esperemos que no se trate de un simple amago sino de un auténtico relevo generacional, que ya va tocando para superar ese “día de la marmota” en el que los carteles de los festivales de música se repiten de manera casi calcada cada dos ediciones. En el Primavera Sound de este año, por ejemplo, tienen tanda Tame Impala, Beach House y Animal Collective, y el que viene fijo que les vuelve a tocar la rifa a Arcade Fire, Panda Bear o Sharon Van Etten. Vas tres años seguidos y ya has visto a todo dios dos veces.

Pues eso, que hasta aquí he llegado, espero que el currele haya merecido la pena. Nos vemos (supongo) en los PAMUNDI MUSIC AWARDS 2016.

Adenda: para quien no tenga paciencia ni le importen los spoilers, aquí está la lista completa de los 20 mejores discazos. Eso sí, miraos igualmente el vídeo porque mis explicaciones no tienen preciorl…

20.  Hot DadTV
19.  Dominique AÉléor
18.  Hazte lapónNo son tu marido
17.  Chelsea WolfeAbyss
16.  EskimeauxOK
15.  ProtomartyrThe Agent Intellect
14.  Courtney BarnettSometimes I Sit And Think, And Sometimes I Just Sit
13.  BaronessPurple
12.  Jeff RosenstockWe Cool?
11.  Alabama ShakesSound & Color
10.  MiguelWildheart
  9.  Jazmine SullivanReality Show
  8.  Everything EverythingGet To Heaven
  7.  Viet CongViet Cong
  6.  Father John Misty I Love You, Honeybear
  5.  U.S. GirlsHalf Free
  4.  Kendrick LamarTo Pimp A Buterfly
  3.  Tobias Jesso Jr.Goon
  2.  Sufjan StevensCarrie & Lowell
  1.  Tame ImpalaCurrents

Pamundi Music Awards/2015, Los 20 discazos (del 20 al 11)

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Empieza lo bueno: el primero de los dos videotochos que van a componer el grueso de los PAMUNDI MUSIC AWARDS/2015. Tras un par de ediciones cascándome un resumen genérico de lo que me había parecido el año a nivel musical, en esta ocasión he preferido volver al viejo formato de mini-reseñar por separado cada uno de los 20 discazos de la lista. Vamos, la típica mierda en la que me meto pensando “esto te lo pules en un par de sentadas” y acabo completamente enterrado durante dos semanas, reescuchando decenas de veces cada álbum finalista para decidir en qué posición lo coloco (y lo mismo con la lista de Las 70 Tonadas, que he reordenado un número absurdo de veces), escribiendo un guión lo más coherente y conciso posible con lo que quiero decir (aunque luego, plantado ante la cámara, improvise a saco), grabando cachitos de vídeo a deshoras y dedicando más tiempo a montar todo el material acumulado (incluyendo meterle musiquillas, subtítulos y efectitos) que Coppola con Apocalypse Now

Mis medios de referencia a la hora de confeccionar estas listas y descubrir artistas/discos/temas nuevos han seguido siendo los habituales: las webs de Pitchfork, Consequence of Sound, Tiny Mix Tapes, Popmatters, Stereogum, Any Decent Music, Hipersónica o Jenesaispop, y las reseñas del “youtuber” Anthony Fantano en su fenomenal canal The Needle Drop. Este año he sudado bastante tanto de Rockdelux como de Mondo Sonoro. La verdad es que, con tanta y tan buena prensa musical como tenemos a distancia de una simple búsqueda de Google, da mucha pereza bajar al quiosco.

Y nada más por hoy. Os dejo con el vídeotocho correspondiente a Los mejores discazos del 2015, puestos 20 al 11. Veinticuatro minutos de CRITERIO, LOL y música altamente cojonuda: